NICEA, UNA REFERENCIA ESPERANZADA DE COMUNIÓN1

Vicente BOTELLA CUBELLS, O.P.

Facultad de Teología san Vicente Ferrer. UCV

El año 325 tiene un peso singular en la historia del cristianismo a causa de la celebración del primer concilio ecuménico. Fue un acontecimiento tan decisivo que, a pesar de que han transcurrido ya 1700 años, no solo ha de ser dignamente valorado, sino, también, reconocido como una referencia imprescindible para dar luz al presente.

La división entre cristianos es un drama doloroso que debilita la credibilidad del evangelio que los discípulos de Jesucristo hemos de comunicar. 1700 años después, Nicea continúa lanzando un inequívoco mensaje de unidad al mundo cristiano. Una unidad siempre difícil, pero posible. Una unidad que, desde luego, es don de Dios, pero que, al mismo tiempo, es responsabilidad de las diferentes confesiones cristianas, como lo fue, en el 325, de los Padres nicenos. Con esto queremos enfatizar, porque es relevante, que la causa del ecumenismo no solo es actual, sino necesaria. Nicea, pues, nos desafía. El reto es inquietante: ¿será posible un día superar las barreras que impiden vivir una comunión plena entre los que profesamos la misma fe que formulara de manera solemne Nicea?

Francisco ha convocado a la Iglesia Católico-Romana para que viva en el 2025 un año Jubilar. El tema de este Jubileo es la esperanza, su lema Peregrinos de esperanza. Entre las cuestiones que la Bula de convocatoria del Jubileo aborda se halla, precisamente, la del aniversario de Nicea. Lo hace en un epígrafe que se titula “Llamamientos a la esperanza”. La unidad ecuménica que resplandece en Nicea es, por consiguiente, un contenido especialmente señalado por el Papa para avanzar en la esperanza que promueve el Jubileo. Dice Francisco en el número 17 de la Bula de convocatoria Spes non confundit:

Durante el próximo Jubileo se conmemorará un aniversario muy significativo para todos los cristianos. Se cumplirán, en efecto, 1700 años de la celebración del primer gran Concilio ecuménico de Nicea. Conviene recordar que, desde los tiempos apostólicos, los pastores se han reunido en asambleas en diversas ocasiones con el fin de tratar temáticas doctrinales y cuestiones disciplinares. En los primeros siglos de la fe los sínodos se multiplicaron tanto en el Oriente como en el Occidente cristianos, mostrando cuánto fuese importante custodiar la unidad del Pueblo de Dios y el anuncio fiel del Evangelio. El Año jubilar podrá ser una oportunidad significativa para dar concreción a esta forma sinodal, que la comunidad cristiana advierte hoy como expresión cada vez más necesaria para corresponder mejor a la urgencia de la evangelización: que todos los bautizados, cada uno con su propio carisma y ministerio, sean corresponsables, para que por la multiplicidad de signos de esperanza testimonien la presencia de Dios en el mundo. El Concilio de Nicea tuvo la tarea de preservar la unidad, seriamente amenazada por la negación de la plena divinidad de Jesucristo y de su misma naturaleza con el Padre. Estuvieron presentes alrededor de trescientos obispos, que se reunieron en el palacio imperial el 20 de mayo del año 325, convocados por iniciativa del emperador Constantino. Después de diversos debates, todos ellos, movidos por la gracia del Espíritu, se identificaron en el Símbolo de la fe que todavía hoy profesamos en la Celebración eucarística dominical. Los padres conciliares quisieron comenzar ese Símbolo utilizando por primera vez la expresión «Creemos», como testimonio de que en ese “nosotros” todas las Iglesias se reconocían en comunión, y todos los cristianos profesaban la misma fe.

El Concilio de Nicea marcó un hito en la historia de la Iglesia. La conmemoración de esa fecha invita a los cristianos a unirse en la alabanza y el agradecimiento a la Santísima Trinidad y en particular a Jesucristo, el Hijo de Dios, «de la misma naturaleza del Padre», que nos ha revelado semejante misterio de amor. Pero Nicea también representa una invitación a todas las Iglesias y comunidades eclesiales a seguir avanzando en el camino hacia la unidad visible, a no cansarse de buscar formas adecuadas para corresponder plenamente a la oración de Jesús: «Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn 17,21).

En el Concilio de Nicea se trató además el tema de la fecha de la Pascua. A este respecto, todavía hoy existen diferentes posturas, que impiden celebrar el mismo día el acontecimiento fundamental de la fe. Por una circunstancia providencial, esto tendrá lugar precisamente en el Año 2025. Que este acontecimiento sea una llamada para todos los cristianos de Oriente y de Occidente a realizar un paso decisivo hacia la unidad en torno a una fecha común para la Pascua. Muchos, es bueno recordarlo, ya no tienen conocimiento de las disputas del pasado y no comprenden cómo puedan subsistir divisiones al respecto.

En el horizonte delimitado por este número 17 de la Bula del Jubileo, y con el anhelo depositado en la viabilidad de la unidad entre los cristianos que este Jubileo quiere alentar, se ha de entender esta contribución, que, por ello, forma parte del calendario de las actividades programadas en la diócesis de Valencia para auspiciar que seamos auténticos peregrinos de esperanza.

Mi intervención se va a ajustar a los siguientes pasos: 1) ¿Por qué hacer memoria de Nicea 1700 años después?; 2) Preservar la comunión: el Dios revelado por Jesucristo es comunión; 3) El drama de la desunión y la relevancia del ecumenismo y 4) Recordar Nicea abre la esperanza de la comunión.

1.- ¿Por qué hacer memoria de Nicea 1700 años después?

La memoria cristiana no hay que confundirla con una mirada nostálgica al pasado. Nos referimos, por ejemplo, a ese tipo de mirada que se hace presente durante la proyección de fotografías antiguas en una reunión de amigos, y que remueve emociones y sentimientos.

No, el recuerdo cristiano es mucho más que eso. Tiene que ver con el conjunto de la historia de la salvación y, por tanto, con la actualidad de lo que evoca. Esta memoria trae al presente lo que aconteció ayer, anticipando, además, el futuro. La verdadera dimensión del recuerdo creyente se percibe, sobre todo, contemplando a Jesucristo, alfa y omega, principio y fin de todas las cosas. Un Jesucristo vivo (ayer, hoy y siempre) que irrumpe de modo singular en la Palabra o cuando se celebra la liturgia, de la que él mismo es el principal protagonista.

Este sentido amplio de la memoria cristiana hemos de aplicarlo igualmente al caso de Nicea, que constituye un momento relevante de la historia cristiana. Un momento que logró preservar la fe recibida, celebrada y transmitida por la Iglesia, antes de las grandes divisiones posteriores. De ahí su valor referencial. En consecuencia, lo que hicieron los Padres de Nicea, a pesar del tiempo transcurrido, continúa teniendo valor para nosotros. El símbolo de fe que propuso a la Iglesia sigue siendo punto de convergencia y un hito interpelante a favor de la unidad. Por eso interesa recordarlo.

Además, Nicea es el primer concilio de una serie de concilios que han venido después y que se reconocen en la fe que él profesara. Es decir, el niceno posee, por así decir, un valor matricial para la misma Iglesia de Cristo. Un valor que hay que custodiar e irradiar con el fin de preservar la identidad cristiana.

Y es que hay algo que no podemos olvidar. La fe (y la misma Iglesia) nacen de la acogida de la Palabra revelada. Sin recepción de la Palabra no hay fe, ni Iglesia que la confiese. Lo que ha ocurrido en la historia es que, en la expansión misionera de la Palabra, encomendada a la Iglesia, ha habido momentos de confusión en torno a su auténtico significado. Esta confusión ha propiciado, en ocasiones, presentaciones desvirtuadas de la Palabra y, por tanto, de la fe de la Iglesia.

Precisamente por esta causa, para salvaguardar la pureza de la Palabra, se convocó el concilio de Nicea. Su objetivo era lograr una expresión de la fe que reflejara plenamente el valor fontal de esa Palabra para, de esta forma, cuidar igualmente la verdadera naturaleza de la Iglesia, nacida -y siempre a la escucha- de la Palabra. Por esta vía, el símbolo de la fe de Nicea logró enunciar en una fórmula de comunión eclesial (“creemos”) la acogida fiel de la Palabra. Eso sí, lo hizo empleando un lenguaje en continuidad formal con la misma Escritura, aunque construido con algún término filosófico tomado más allá de ella (homoousios). Esta continuidad, reconocida y consagrada oficialmente en aquella reunión conciliar, asentó la unidad de la fe amenazada. Desde entonces, la acogida eclesial de la Palabra de Dios revelada en Jesucristo pasa por la recepción de Nicea.

Después de Nicea, y apoyándose en la fe nicena, otros concilios ecuménicos han realizado una tarea similar. Con todo, el hecho de ser el primero de toda la serie conciliar posterior, proporciona a Nicea un lugar especial. Conocer y reconocer a Nicea es, por así decir, acercarse a una escuela probada de buen hacer eclesial en relación con la fe. Una escuela de la que hay que continuar aprendiendo. De ahí la merecida memoria que en este 1700 aniversario se le está haciendo.

2.- Preservar la comunión: el Dios revelado por Jesucristo es comunión

Si nos adentramos en los problemas concretos que abordó Nicea, hemos de destacar, por encima de todos, el trinitario-cristológico. No hace falta saber mucha teología para entender que hay una relación directa entre la concepción del Dios cristiano y la fe en Jesucristo. Desde un punto de vista genético, fue la fe en Jesucristo la que condujo a la fe trinitaria, pero esta, a su vez, fue la que ayudó a perfilar en sus términos justos la fe cristológica. Por tanto, Trinidad y Cristología han de estar alineadas y retroalimentándose constantemente en el sistema de la fe cristiano.

¿Cuál era el problema trinitario-cristológico al que se enfrentó Nicea? La respuesta a esta pregunta nos conduce en la dirección de Arrio. La concepción de Dios de Arrio (que seguramente aprendió o maduró junto a otros, pero que el ejemplifica) desdibujaba la visión trinitaria y cristológica de la fe.

La manera arriana de entender a Dios, a la luz de determinadas categorías filosóficas griegas (plotinismo), se sustentaba en la incompatibilidad de la esencia divina con cualquier cambio que modificara su simplicidad. Por este motivo, para Arrio, no cabía otra posibilidad que ubicar al Hijo, al Logos, fuera de la órbita divina. Y así lo hizo. Con todo, el Logos arriano, el Hijo, siendo necesariamente una criatura, tampoco era una criatura cualquiera. Creado antes del tiempo y como una reproducción exacta de la imagen de Dios (por tanto, primera y excelsa criatura), fue el instrumento a partir del cual Dios creó el resto de las criaturas. Dada esta condición creatural, el Hijo poseía la capacidad de hacerse hombre (de cambiar, de mudar) y, por eso, fue enviado por el Padre en vista a nuestra salvación. Lo cual, para Arrio, significaba que el Logos ocupó en el hombre Jesús el lugar de su alma racional (nous). Esta peculiar concepción de Dios y de Jesucristo le parecía a Arrio estar avalada por la propia Escritura, en la que el Nazareno siempre aparece sumiso al Padre, creciendo en sabiduría, gracia y estatura o ignorando determinadas cosas.

¿Qué dificultades planteaba la postura arriana? Algunas. Niega, por un lado, el perfil trinitario de Dios. Por otro y simultáneamente, destruye la confesión de fe cristológica, al no respetar el carácter divino-humano de Jesucristo. Es decir, en esta explicación de la fe, no hay verdadera encarnación de Dios, no solo porque el que se encarna no es Dios, sino porque el Cristo arriano tampoco es plenamente humano, puesto que su humanidad no es completa al tener el alma racional de una criatura que no es humana. El Jesucristo arriano, en definitiva, es algo así como un ser intermedio: por debajo de Dios y por encima del hombre.

Pero es que la explicación arriana, además, atenta directamente contra la soteriología (comprensión de la salvación), puesto que este ser intermedio, si lo pensamos, no puede ser causa de salvación. Y esto por dos capítulos conectados entre sí. Primero: si no es Dios ¿cómo va a salvar? Y, segundo, si no ha asumido una humanidad íntegra, tampoco esta ha podido ser sanada totalmente (argumento que tiene una gran relevancia en la soteriología cristiana).

Con todo esto (y no es poco), el arrianismo plantea otra dificultad a la fe cristiana derivada de esta inadecuada comprensión de Dios y de Jesucristo. La postura de Arrio destruye también la idea de comunión. Idea central para la comprensión de Dios, de Cristo, de la Iglesia y de tantas otras cuestiones del misterio de la fe.

En efecto, la fe en Jesucristo como verdadero Dios y hombre, que los concilios posteriores de Éfeso y Calcedonia defenderán apoyándose en Nicea, pone de relieve un principio o criterio teológico de largo aliento: la unidad en la diferencia. Jesucristo es uno (persona) en la diferencia de naturalezas sin que se dé entre ellas confusión, división, cambio o mezcla. La unidad diferenciada, pues, constituye la expresión de la comunión que Dios propone al ser humano como figura de la salvación. Una figura que no es otra cosa que el Amor. Si nos fijamos con atención, este criterio de unidad en la diferencia (comunión/amor), hacia arriba, es también el reflejo de la misma realidad del Dios trinitario. Un solo Dios que es trinidad de personas. La comunión, por tanto, es la verdad de Dios. El Amor, en suma, es lo que define a Dios en sí mismo y al Dios encarnado.

Asentado esto, el criterio de la unidad diferenciada también se puede y se ha de proyectar hacia abajo; por ejemplo, a la realidad eclesial, que es, en consecuencia, una comunión reflejo de la comunión de Dios y de la comunión del Hijo humanado. La Iglesia de Cristo, de este modo, y por razones que vienen de su propio ser teológico, no es uniformidad, sino un misterio de unidad en la diferencia de Iglesias particulares, de ministerios y carismas. Como se entiende, esta última idea es fundamental para enmarcar el camino ecuménico, que busca restablecer la comunión rota en pro de una unidad diferenciada eclesial reconciliada.

Con estas breves pinceladas, y para terminar este punto, entendemos que se vislumbra que sin Nicea la comprensión transversal de la comunión para la fe cristiana no hubiera sido posible. De ahí que, de manera, consecuente sea un referente en la senda de su preservación y afianzamiento, frente a cualquier tipo de división eclesial.

3.- El drama de la desunión y la relevancia del ecumenismo

No cabe duda de que la unidad, en cuanto reflejo del ser de Dios, del misterio de Jesucristo y de la Iglesia, es un indiscutible signo de credibilidad para la fe cristiana. Lo contrario, la falta de comunión entre los discípulos de Jesús, vela la confianza en la Buena Noticia, propiciando así su rechazo. Esto nos lo dice la misma Escritura en labios de Jesús de diferentes maneras. Por ejemplo, en un contexto orante, cuando Jesús pide al Padre, poco antes de su Pascua, que todos los discípulos sean uno, como él y el Padre son uno, para que el mundo crea que él es el Enviado (cf. Jn 17, 21); o cuando, un poco antes, revela el mandato del amor a los suyos, dejando muy claro que lo que distingue a los verdaderos discípulos es el amor que se profesan (cf. Jn 13, 35).

No obstante, y a pesar de su trascendencia, la unidad es muy frágil. Y lo es desde el comienzo mismo de la fe. San Pablo lo sabe muy bien, pues, si recordamos, tras ausentarse de la comunidad de Corinto a la que había evangelizado, estallan en ella divisiones y conflictos que contradicen la Buena Noticia que allí se había aceptado. Lo curioso de este caso es que aquella comunidad era muy carismática y poseía líderes competentes. Sin embargo, la comunión estaba seriamente amenazada. El de Tarso hace un esfuerzo titánico, en la primera carta que dirige a aquellos fieles, por ofrecerles argumentos teológicos de peso en pro de la unidad cuestionada: el bautismal (fueron bautizados en Cristo no en Pedro o en Apolo, 1, 13-15), el eucarístico (la Cena del Señor, comunión con Cristo, crea la comunión en la comunidad, pues todos se alimentan de un mismo pan y se convierten en un solo cuerpo, 10, 15-17) y el pneumatológico (variedad de carismas pero un solo Espíritu, fuente de una unidad diferenciada (comunión) que hace posible la vida de la Iglesia en la caridad, 12, 4-11; 13, 1-13).

En esta misma línea, más conocido es el caso del conflicto suscitado entre Antioquía y Jerusalén, que nos narra el libro de los Hechos, a propósito de la apertura del evangelio a los gentiles. Conflicto que provocó la Asamblea de Jerusalén (para algunos el primer concilio de la historia, Act 15) y en la que, gracias al Espíritu y a la escucha mutua de la experiencia de fe, se pudo rebajar una tensión que atentaba contra la comunión en la Iglesia naciente.

Este último caso, nos puede ayudar a la ponderación del contexto que provocara la convocatoria de Nicea. Un concilio que recondujo el drama de una división, que hubiera sido irreparable para la fe y la Iglesia al comienzo del siglo IV.

No podemos entrar en los detalles. Algo hemos dicho ya en el apartado anterior a propósito de las cuestiones de fe que estaban en juego. Ahora queremos subrayar la perspectiva de unidad que Nicea cimentó para, a su luz, destacar la relevancia de la tarea ecuménica que llevó a cabo.

En los decenios anteriores a este Concilio, existía una Iglesia indivisa que, a pesar de las persecuciones de los primeros siglos, se iba extendiendo y se iba articulando en torno a grandes patriarcados. Esta Iglesia, a lo largo del siglo IV, no solo va a lograr la paz, sino que, además, va a ver cómo la unidad en torno a la fe se convierte en una poderosa causa de cohesión social dentro de un Imperio que, finalmente, pasará a ser cristiano.

Entonces, las Iglesias particulares, en torno a grandes patriarcados, sin negar la primacía del Obispo de Roma (aunque en ocasiones en rivalidad con ella), gozaban de una gran autonomía. Además, las escuelas teológicas (principalmente, alejandrina y antioquena), tenían una producción teológica plural y, a veces, en pugna. A todo esto, hay que añadir el rol y la influencia que el emperador iba a desempeñar en una Iglesia, cada vez más identificada con el poder político.

En este horizonte, cuyo punto de confluencia era la confesión de la fe, obispos, obispo de Roma, teólogos (muchos de ellos obispos) y políticos van a intervenir con diverso protagonismo en la crisis desatada por la herejía arriana. Recordemos que fue el emperador Constantino quien convocara el Concilio.

Según esto, mucho estaba en juego: el consenso teológico en la fe, la unidad de la Iglesia y, a la par, la paz social y política en el Imperio. Nicea con su símbolo de fe logró fraguar de una manera progresiva la comunión en la fe y en la Iglesia. No fue una cosa inmediata. Se necesitó tiempo. Hubo que salvar escollos. El primero, la aceptación del valor de su propuesta. Es comprensible. Nicea era una novedad en la historia de la Iglesia. No había precedentes en torno al valor normativo y general de un concilio. Por eso, en su recepción, hubo movimientos de vaivén. Sin embargo, su autoridad se fue imponiendo a medida que ayudó a solventar problemas posteriores y, los sucesivos concilios, tomaron su credo como la referencia de la comunión eclesial en torno a la fe. Esta es, finalmente, la valía de su aportación: su dimensión ecuménica, favorecedora de la comunión.

Precisamente, por este valor, Nicea es un paradigma de trabajo ecuménico. Un trabajo de comunión, de integración, de reconciliación que, movido por el Espíritu Santo, refleja, como un aval del anuncio de la Iglesia, el rostro comunional del Dios Trinitario y de Jesucristo.

4.- Recordar a Nicea abre la esperanza a la comunión

Debemos ahora dar un salto hacia nuestro tiempo.

Resulta curioso. Mientras hemos construido, gracias a la ciencia, a las redes sociales y a la economía, un mundo mucho más conectado, contrariamente, vivimos unos tiempos de agudización desmedida de la polarización y el enfrentamiento. Una polarización que divide a las sociedades y a las personas en grupos cada vez más alejados e incomunicados. En este contexto, los grandes ideales de una humanidad fraterna, de la amistad social o de la paz pierden enteros.

Esta atmósfera cultural envolvente también influye en la dimensión religiosa, impulsando a cada credo a recluirse en sus propios cuarteles.

Por este camino, casi sin darnos cuenta, la causa ecuménica, la búsqueda de la comunión entre los cristianos, parece que carece de arraigo entre los discípulos de Jesús.

¿Exagero? Puede que sí. Voy a intentar matizar un poco mejor mi pensamiento. Para ser más exacto, lo que quiero decir no es que el ecumenismo no sea relevante para las Iglesias cristianas. De hecho, prácticamente todas reconocemos su trascendencia. La nuestra indudablemente. Pero cosa distinta es saber qué es lo que entendemos exactamente por ecumenismo. Seguramente, en este terreno aparecerían diferencias significativas que no conducirían exactamente en la misma dirección. Luego, además, está la distancia y el interés que hay según territorios (los hay que, por razones históricas, tienen mayor o menor tradición ecuménica) y, por supuesto, la asimetría en la ponderación de la cuestión entre los entendidos y el conjunto del pueblo de Dios.

Si traigo a colación esta percepción no es para desalentar. De ninguna de las maneras podemos terminar esta reflexión con un sentimiento derrotista. Al contrario, no hemos de olvidar que, en la Iglesia Católico-Romana, estamos celebrando el Jubileo de la esperanza y que el recuerdo de Nicea es una oportunidad espiritual para el avance del ecumenismo. Por esto estamos aquí hoy.

De ahí que nos preguntemos, apuntando en una dirección más práctica: ¿qué puede significar que la memoria de Nicea sea para nosotros un llamamiento a la esperanza de la unidad? A mi parecer, al menos dos cosas.

. La primera. Significa llevar a cabo una memoria agradecida del concilio celebrado hace 1700 años. Es decir, ser conscientes de la fragilidad de la comunión en el terreno de la fe y reconocer la relevancia de lo que aquellos Padres de Nicea, con sus limitaciones, pero movidos por el Espíritu de la comunión, realizaron y nos legaron. Esto, por ejemplo, nos ha de conducir a los cristianos a rezar juntos durante este aniversario. Hemos de orar en pro de la unidad, dando a gracias a Dios por el símbolo niceno y por lo que representa para los cristianos. Además, el ecumenismo espiritual es el alma del ecumenismo.

. La segunda. Significa que el recuerdo agradecido de Nicea ha de ser para nosotros (y este nosotros es el de los cristianos de la Iglesia Católico-Romana) una oportunidad y un acicate para quedarnos esperanzadamente intranquilos. ¿Qué quiere decir esto?

Quiere decir que no podemos contentarnos con la realidad que vivimos en nuestras parroquias y grupos de fe a propósito del ecumenismo. Nicea nos interpela. El Jubileo nos llama. Hemos de dar pasos, aunque sean pequeños, para que la causa de la comunión esté más presente y nos resulte más cercana (Francisco, sin ir más lejos, en la Bula de convocatoria hace una llamada a los cristianos de oriente y occidente, en este año singular en el que la fecha de la Pascua es común a todos, a superar los obstáculos que impiden una celebración conjunta de la Pascua, tema que abordara también Nicea). Por consiguiente, hemos de convertirnos al ecumenismo. Sí, una conversión que, no es otra cosa que volver al evangelio y el proyecto salvador de Dios. Así pues, nuestro corazón (lleno de Dios), en este Jubileo y de cara al futuro, ha de estar preparado para la apertura a los otros hermanos cristianos, para conocerlos y quererlos más, para formarnos en el ecumenismo, para colaborar en pequeños proyectos comunes; en suma, para crecer en ese espíritu de comunión que atraviesa la fe cristiana y que acompañó a los Padres nicenos.

He de terminar. Por favor, después de todo lo expuesto, llevémonos una idea. Si la celebración el Jubileo de 2025 nos invita a ser peregrinos de la esperanza, démonos cuenta de que esa esperanza, que es una virtud que busca un bien arduo pero posible, es indisociable de la comunión que dice a Dios y a la Iglesia. Y esa esperanza en la comunión también es la del ecumenismo. Nicea es una referencia inestimable en este terreno. Por eso tiene puesto destacado en la celebración jubilar.

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1 Conferencia pronunciada en el marco de las actividades del año Jubilar de la esperanza en la diócesis de Valencia (2 de abril de 2025).