LA BULA SPES NON CONFUNDIT. PÓRTICO DEL JUBILEO 2025

THE BULL SPES NON CONFUNDIT. PORCH OF THE JUBILEE 2025

Pedro Luis VIVES PÉREZ

Instituto Teológico «Cor Christi» (Orihuela-Alicante)

Resumen: La Bula Spes non confundit del Papa Francisco invita a vivir el Jubileo ordinario del 2025 vinculado al mensaje y al tema de la esperanza. Anima a reavivar la esperanza frente a un mundo dominado por el escepticismo y el pesimismo. Propone la enseñanza cristiana de la esperanza como centro del Jubileo por medio de cuatro itinerarios: bíblico, histórico, pastoral y teológico. El artículo comenta cada uno de estos aspectos desde el vínculo que guardan con el resto de la enseñanza del Papa Francisco.

Palabras Clave: Esperanza, Jubileo, Papa Francisco.

Abstract: Pope Francis's Bull Spes non confundit invites the faithful to live the Ordinary Jubilee of 2025 in connection with the message and theme of hope. It encourages the rekindling of hope in the face of a world dominated by skepticism and pessimism. The Bull presents the Christian teaching on hope as the core of the Jubilee through four itineraries: biblical, historical, pastoral, and theological. This article discusses examines each of these dimensions in light of their relatonship to the broader teaching of Pope Francis.

Keywords: Hope, Jubilee, Pope Francis.

Con la Bula Spes non confundit, promulgada el 9 de mayo de 2024 (solemnidad de la Ascensión del Señor), el Papa Francisco, siguiendo la antigua tradición por la que el Romano Pontífice convoca un año jubilar cada veinticinco años, invita a vivir el Año santo de 2025 bajo «el signo de la esperanza», tal como indica el mismo título, tomado del apóstol de su carta a los Romanos: «la esperanza no defrauda» (Rom 5,5). Al inspirarse en este pasaje bíblico, el Papa desea —al igual que el apóstol— infundir «aliento» a todos para que se conviertan en «peregrinos de esperanza» y vivan este Jubileo como «un momento de encuentro vivo y personal con el Señor Jesús»1.. Se trata por tanto de una llamada para que «el Jubileo sea para todos ocasión de reavivar la esperanza»2. Es una llamada dirigida a todos, no sólo a los creyentes, sino a toda la humanidad: «Todos esperan, aun ignorando lo que traerá consigo el mañana»3.

Después de un número inicial, que es como el preámbulo a todo su desarrollo, el texto se divide en cinco apartados o capítulos con el siguiente orden:

a) «Una palabra de esperanza» (2-4), en el que presenta —apoyado en la carta a los Romanos de San Pablo— el mensaje bíblico que ayuda a encontrar las razones para renovar en nosotros la esperanza;

b) «Un camino de esperanza» (5-6), en el que recuerda el papel de los Jubileos en la vida de la Iglesia como un «itinerario de gracia» para el Pueblo de Dios;

c) «Signos de esperanza» (7-15), en el que —como pedía el Concilio Vaticano II (cf. GS 4)— escruta a fondo los signos del momento presente de la historia para interpretarlos a la luz del Evangelio;

d) «Llamamientos a la esperanza» (16-17), en el que solicita dos iniciativas concretas que ayuden a responder a la gracia del Año Jubilar: una a todos los hombres (condonación de la deuda de los países pobres) y otra a toda la Iglesia (conmemoración del 1700 aniversario del primer gran Concilio ecuménico de Nicea del 325).

e) «Anclados en la esperanza» (18-25), en el que, ayudado por la imagen del ancla, medita teológicamente en la virtud teologal de la esperanza que, relacionada con la fe y la caridad, «señala la orientación, indica la dirección y la finalidad de la existencia cristiana»4.

La Bula, por tanto, presenta un apunte bíblico (a), histórico (b), pastoral (c y d) y teológico (e) sobre aquella «esperanza que no declina, la esperanza en Dios»5, objeto central de la gracia que desea alcanzar con esta celebración jubilar. A continuación, presentamos brevemente el contenido de estos aspectos, motivando una reflexión o un itinerario de pensamiento al hilo del texto de la Bula.

1. - El Jubileo 2025: «Ocasión para reavivar la esperanza»

El número inicial de la Bula es el preámbulo a todo el texto y contiene por tanto las claves principales de todo el mensaje. En primer lugar, vincula la convocatoria del Jubileo 2025 con el tema de la esperanza: «la esperanza también constituye el mensaje central del próximo Jubileo»; y, presenta su objetivo fundamental: se trata de una ocasión para todos de reavivar la esperanza, frente a un mundo donde «encontramos con frecuencia personas desanimadas, que miran el futuro con escepticismo y pesimismo, como si nada pudiera ofrecerles felicidad». La segunda clave es indicar a quienes se dirige el Jubileo: a los peregrinos de la esperanza, que pueden ser tanto los creyentes «que llegarán a Roma para vivir el Año Santo como cuantos, no pudiendo venir al a ciudad de los apóstoles Pedro y Pablo, lo celebrarán en la Iglesias particulares»; pero también todos aquellos que esperan, porque «en el corazón de toda persona anida la esperanza». Por último, como tercera clave, indica el motivo por el que invita al Jubileo, para que «pueda ser para todos un encuentro vivo y personal con el Señor Jesús», que es la «Puerta» de la salvación (cf. Jn 10,7.9) y que es «nuestra esperanza» (1 Tim 1,1) en persona. En realidad, este encuentro es la clave de todo Jubileo. En esta ocasión, con más razón, al recordar la confesión de fe del Concilio de Nicea, hace 1700 años, sobre la divinidad de Jesucristo.

La Bula Spes non confundit, como en los anteriores Jubileos, presenta la virtud de la esperanza como uno de los ejes teológicos centrales6. Del mismo modo, significa una expresión concreta del mensaje del Papa Francisco, que busca comunicar vida, espíritu y aliento, a la Iglesia y al mundo, en un tiempo necesitado de esperanza. Por este motivo, la Bula podría considerarse un bello testamento de todo el mensaje y programa pastoral del pontificado del Papa Francisco7. La Bula está ciertamente en afinidad con toda la enseñanza anterior, caracterizada por una redundancia en la alegría del Evangelio como respuesta a los desafíos del mundo contemporáneo8. Como ya se ha indicado, a través de esta Bula, el Papa Francisco pretende —con el apóstol san Pablo— infundir «aliento» mediante la virtud de la esperanza, como uno de los dones fundamentales del Espíritu Santo. Ese Espíritu que es presencia permanente para el creyente. Es «apoyo y vigor para nuestra vida»9. Llama la atención el énfasis que, desde el inicio, el Papa quiere poner en esa orientación pneumática para vivir el año Jubilar: aliento. De ahí que la Bula no atienda tanto una perspectiva doctrinal, aunque no por ello carezca de una sólida base teológica, sino que, junto a esta base, proponga acciones concretas, signos eficaces de la esperanza, que permitan que el Año Jubilar no se quede sin más en una reflexión teórica, sino que ayude a vivir la esperanza de un modo comprometido en el mundo de hoy.

2. - El mensaje bíblico: «La esperanza no defrauda»

El primer itinerario reflexivo que la Bula propone es el mensaje bíblico. La Biblia, en efecto, nos ofrece —como dice la Bula— «una palabra de esperanza»10. Como sucedió ya en la encíclica de Benedicto XVI, el título de la Bula ahora también está tomado de la Carta a los Romanos. Si allí se trataba de las dos primeras palabras de Rom 8,24 (“Spe salvi facti sumus”, “En esperanza hemos sido salvados”), aquí se sirve de Rom 5,5 (“Spes non confundit”; “la esperanza no defrauda”). De ese modo, el Papa nos invita a volver a esta admirable carta de san Pablo, que no sólo sintetiza la teología paulina, sino que se considera el «corazón» de la teología del Nuevo Testamento, ya que el argumento de fondo es la eficacia salvadora del evangelio mediante la fe en Jesús, muerto y resucitado11. Como reconoce el Papa Francisco: «los puntos de reflexión que aquí nos propone san Pablo son múltiples»12. De entre ellos va a destacar al menos tres cuestiones interesantes: la relación entre la esperanza y la fe, la acción del Espíritu Santo que anima la esperanza, y la relación estrecha entre la esperanza y la virtud de la paciencia.

Acerca de la vinculación entre la fe y la esperanza, ya el Papa Benedicto XVI reconocía: «“Esperanza” es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes las palabras “fe” y “esperanza” parecen intercambiables»13. En Spes non confundit, sin necesidad de recurrir al texto de Hebreos, la argumentación acerca de la esta vinculación arranca desde el inicio del capítulo 5 de los Romanos, presentando cómo la esperanza nace de la fe en el amor de Cristo manifestado por nosotros. En la lógica del Apóstol, la esperanza se presenta como una consecuencia de la justificación de la fe (Rom 5,1-2: «Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados»). Precisamente, la vinculación de la esperanza a la fe, y ésta a la caridad, es una constante en la enseñanza del apóstol. Los estudios actuales han demostrado que «esta tríada (fe-esperanza-caridad) pertenecía probablemente a los que se supone era una especie de “catecismo” de la comunidad primitiva, y más en concreto, de la comunidad de Antioquía»14. Allí debe de haberla conocido el apóstol Pablo, que ya en su primera carta, dirigida a los cristianos de Tesalónica poco tiempo después de marcharse de la comunidad antioquena, da noticia por dos veces de esta secuencia al hablar de «la obra de la fe, el trabajo de la caridad y la constancia de la esperanza» (1 Tes 1,3; 3,6). Pablo vuelve a referirse de forma muy directa a la tríada en el famoso himno de la caridad: «ahora permanecen estas tres: la fe, la esperanza, la caridad» (1 Cor 13,13).

El segundo aspecto en el que se fija la Bula es el protagonismo del Espíritu Santo para sostener una esperanza inquebrantable. Para algunos Padres de la Iglesia, el Espíritu Santo es «el don que nos otorga la perfecta esperanza» (san Hilario de Poitiers)15. Y es que en la Carta a los Romanos se halla el texto probablemente con más densidad penumatológica de todo el Nuevo Testamento (cf. Rom 8). Pues bien, siguiendo este capítulo, la Bula destaca que la esperanza no engaña ni defrauda, al estar fundada de la certeza del amor inquebrantable de Dios manifestado en Cristo Jesús, puesto que nada ni nadie puede separarnos del amor de Dios (cf. Rom 8, 35.37-39). Esta convicción nos da la confianza de que, independientemente, de las circunstancias que enfrentemos, el amor de Dios permanece constante y fiel. Es esta certeza la que nos permite enfrentar las dificultades con una perspectiva de esperanza, sabiendo que Dios está con nosotros y que su amor nos sostiene. Por tanto, es el Espíritu quien irradia en los creyentes la luz de la esperanza y la mantiene viva en nuestros corazones. Esta esperanza, alimentada por el Espíritu, se convierte en una llama que nunca se apaga, proporcionando apoyo y vigor en nuestra vida cotidiana. Incluso en los momentos de prueba y dificultad, la presencia del Espíritu nos asegura que no estamos solos y nos fortalece para perseverar con confianza.

En tercer lugar, la Bula del Papa Francisco se fija en la relación hay entre esperanza y paciencia, a la que denomina «hija de la esperanza y al mismo tiempo la sostiene»16. Esta relación, sin duda alguna, bien merece un comentario específico, precisamente por el perfil singular que el apóstol Pablo le asigna de cara a destacar la novedad cristiana frente al paganismo del tiempo17.

Pablo toma el término paciencia del helenismo filosófico, pero transforma el significado del verbo hypoméno y el sustantivo hypomoné (término griego que se traduce por paciencia, perseverancia, constancia) de un sentido estoico, a un sentido profundamente original cristiano. El apóstol no entiende así la paciencia del lado de la resignación, como una virtud estoica, donde su mérito estaría en la belleza y bondad intrínseca de su fortaleza, sino que la entiende desde la propia revelación, puesto que, como han demostrado ya los estudios, gran parte de su vocabulario sobre la esperanza —incluido el término hypoméno— proviene de la Biblia griega, en especial al del traductor de los salmos. Pablo conoce que la esperanza del salmista siempre procede de la confianza en Dios, que infunde el valor ante las tribulaciones. «Mientras que la elpís helénica se apoya en el hombre, es decir, en sus ilusiones o en sus proyectos, la elpís del salmista se apoya en Yahvé, en su Amor (hesed) y en su Palabra (Dabar18. Por eso, hay en el apóstol una asociación de vocablos, inaudita para el griego clásico, entre elpís e hypoméno, de modo que la perseverancia paciente se convierte para Pablo en el gran sinónimo de la esperanza, como se percibe en Rom 12,12 («constantes en la tribulación, alegres en la esperanza»), o siendo incluso el «doble» de la esperanza, que la sustituye en la célebre tríada de las virtudes cristianas, como vemos en 2 Tim 3,10, en donde enumera, pistis, agápe, hypomoné (2 Tes 1,3-4; 1 Tim 6,11; Tit 2,2). De ese modo, en Rom 5, el apóstol afirma el valor de la paciencia como sostén de la esperanza: «nos gloriamos en las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia (hypomoné), la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza» (Rom 5,3-4).

La Bula reflexiona así sobre el valor cristiano de la paciencia hoy «en un mundo donde la prisa se ha convertido en una constante (…). La paciencia ha sido relegada por la prisa (…). Asimismo, en la era de internet, donde el espacio y el tiempo son suplantados por el ‘aquí y ahora’, la paciencia resulta extraña»19. Sobre todo, destaca la necesidad de su valor para sostener la evangelización, recuperando así la visión del apóstol para quien «la tribulación y los sufrimientos son las condiciones propias de los que anuncian el Evangelio en contextos de incomprensión y de persecución (cf. 2 Cor 6,3-10)»20.

Redescubrir la paciencia es el colofón de la meditación bíblica de la Bula sobre la esperanza, puesto que si insiste que la esperanza es un don, que viene del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, también contempla que es un camino que el hombre tiene que ejercitar, a través de la paciencia. La paciencia, como virtud derivada de la esperanza, ha tenido un papel primordial en el desarrollo del cristianismo, siendo uno de los factores de su extensión primitiva21. Además, la Bula conecta con el vínculo entre esperanza y salvación, ya presente en Benedicto XVI, como meditó en Spe Salvi y cuya relación estaba muy viva en su pensamiento, como demostró al inicio de su pontificado22. La paciencia evita así el pecado que —para los primeros padres de la Iglesia— fue fruto de la impaciencia, de la prisa, de no aguardar a Dios que concediera el don de la inmortalidad, de nuestra divinización, sino que lo quisimos arrebatar como una conquista, sin aguardarlo como un regalo. Estamos ante una gran lección de la Bula, que nos enseña, por su relación a la paciencia, el auténtico significado soteriológico de la esperanza.

3. - El camino histórico de los Jubileos en la Iglesia: «Peregrinos de esperanza»

El mensaje de la Bula emerge directamente del contexto de la convocatoria de año jubilar. Este contexto lo recuerda en el número 6 de la Bula, justo inmediatamente antes de disponer y anunciar solemnemente las fechas de apertura y de cierre de la Puerta Santa de la basílica de San Pedro, en el Vaticano (del 24 de diciembre de 2024 al 6 de enero de 2026). Esta apertura de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro es el rito central que inicia el Jubileo de la esperanza. Este gesto simbólico es presentado como un «signo que testimonia para nosotros la plenitud de la gracia»23. La Puerta Santa se convierte en un símbolo de Cristo mismo, puerta de acceso a la salvación y a la misericordia divina. Ante este misterio, el Papa manifiesta su certeza «de que esta Año jubilar será para toda la Iglesia una intensa experiencia de gracia y de esperanza»24. Así lo justifica, recordando la larga tradición de las celebraciones jubilares a lo largo de la historia de la Iglesia, especialmente de las últimas ediciones. Bajo este recuerdo, el capítulo segundo («Un camino de esperanza») propone un itinerario histórico a través de la historia de la Iglesia a partir de sus celebraciones jubilares mostrando cómo la esperanza cristiana manifiesta y desarrolla una dimensión existencial y misionera. El Papa Francisco presenta a los creyentes como «peregrinos de esperanza», enfatizando la naturaleza itinerante de la vida de fe y la esperanza como fuerza impulsora en este camino25.

El recuerdo de esta peculiar historia de salvación y de esperanza comienza recordando la concepción originalmente bíblica del Jubileo. Para Levítico 25, era un tiempo sagrado marcado por la liberación, la restauración y la reconciliación26. Implicaba la liberación de los esclavos, la remisión de las deudas, y el retorno de las tierras a sus familias originarias. Estos elementos centrales de Jubileo veterotestamentario apuntaban a una profunda renovación social y religiosa, restableciendo la justicia, la igualdad y la fraternidad dentro del pueblo de Israel27. En este sentido, el Jubileo bíblico era ya un signo potente de esperanza, proclamando la posibilidad de un nuevo comienzo, de una sociedad más justa y reconciliada, bajo la bendición de Dios.

La tradición cristiana, heredera de esta rica herencia bíblica, ha reinterpretado y profundizado el significado del Jubileo a la luz del misterio pascual de Cristo. El Papa Francisco recuerda cómo la celebración del Jubileo ha marcado el ritmo secular de la Iglesia, convirtiéndose en un hito fundamental en la vida del Pueblo de Dios. El Jubileo siempre ha sido un acontecimiento de gran importancia y de fuerte esperanza para la vida de la Iglesia. Tal como recuerda el Papa Francisco en el número 5, desde que Bonifacio VIII instituyó el primer Año Santo en 1300, la Iglesia ha venido celebrando este evento de gracia con cadencia primero de cien años, después cincuenta y luego cada veinticinco años28. Bajo la idea de este ritmo temporal, subsiste la convicción de que la gracia de Dios irrumpe en la historia humana, dirigiéndola y orientándola hacia Cristo, plenitud del tiempo.

Por ello, el Papa Francisco presenta este Año Santo 2025 en continuidad con los acontecimientos jubilares precedentes. Recuerda especialmente el último Jubileo ordinario, el que cruzó el umbral de los dos mil años del nacimiento de Jesucristo, el gran Jubileo del año 2000. Pero igualmente, menciona el anterior Jubileo extraordinario que él mismo convocó el 13 de marzo de 2015, con «la finalidad de manifestar y facilitar el encuentro con el “Rostro de la misericordia” de Dios, anuncio central del Evangelio para todas las personas de todos los tiempos»29. Tampoco olvida el Papa Francisco, en este recuerdo a la historia de los Jubileos, mirar hacia el futuro: «hacia otro aniversario fundamental para todos los cristianos: en el 2033 se celebrarán los dos mil años de la Redención realizada por medio de la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús»30.

Al presentar de esta forma la larga historia de los Jubileos en la Iglesia, el Papa Francisco recuerda que éstos configuran un «itinerario de gracia», que invita a contemplar «cómo la vida cristiana es un camino, que también necesitamos momentos fuertes para alimentar y robustecer la esperanza, compañera insustituible que permite vislumbrar la meta: el encuentro con el Señor Jesús»31. De este modo, el Jubileo invita a los fieles a ponerse en camino, tanto física como espiritualmente, hacia la Puerta Santa de San Pedro y hacia los lugares jubilares. Como en tantos Jubileos, la peregrinación se convierte en un signo visible del camino de la esperanza, un camino de conversión, penitencia y encuentro con Dios y con los hermanos. «No es casual que la peregrinación exprese un elemento fundamental de todo acontecimiento jubilar. Ponerse en camino es un gesto típico de quienes buscan el sentido de la vida»32.

A este respecto, conviene recordar que la imagen del peregrino evoca inmediatamente la tradición bíblica del Éxodo y la peregrinación del pueblo de Israel por el desierto hacia la Tierra prometida. Este éxodo no fue un camino fácil, sino un tiempo de prueba, dificultades y tentaciones. Sin embargo, fue también un tiempo de aprendizaje, purificación y encuentro con Dios. Esta experiencia fundacional del pueblo bíblico se convierte en un paradigma de la vida cristiana como peregrinación de fe y esperanza.

En la tradición cristiana, la imagen del peregrino se ha enriquecido con la experiencia de los peregrinajes a lugares santos, especialmente Roma. La peregrinación física se convierte en un signo visible del camino espiritual interior. El peregrino se pone en camino, deja atrás la comodidad y la seguridad del hogar, se enfrenta a la fatiga del viaje, comparte el camino con otros peregrinos, y busca un encuentro renovador con Dios y con la comunidad de fe.

Spes non confundit retoma esta rica tradición de la imagen del peregrino para describir la condición del creyente en el tiempo del Jubileo y en la vida cristiana en general. El «peregrino de esperanza» es aquel que reconoce su condición itinerante en este mundo, que no se conforma con la realidad presente, que aspira a algo más grande y pleno, y que pone su confianza en las promesas de Dios. La esperanza, en esta perspectiva, no es un estado estático, sino un dinamismo que impulsa a caminar, a avanzar hacia la meta. La esperanza no es ante todo una virtud contemplativa o intimista, sino que tiene una dimensión operativa y misionera.

Es precisamente este contexto del «evento» jubilar el que proporciona consecuentemente el marco hermenéutico fundamental para comprender la intención y el mensaje de Spes non confundit, entendiéndola como una guía para la preparación espiritual y pastoral para esta «experiencia de gracia» que es el Jubileo 202533. La Bula presenta el Jubileo como un tiempo para recordar la historia de la salvación y la fidelidad de Dios a lo largo de los siglos, pero con la oportunidad de proyectarse hacia el futuro de la esperanza. El Jubileo no es un mero recuerdo nostálgico del pasado, sino una memoria viva y dinámica que impulsa a caminar hacia adelante con confianza. El Jubileo, por tanto, no se limita a la celebración de eventos externos o prácticas piadosas, sino que busca generar una transformación interior, una renovación profunda del corazón y de la mente, para que los creyentes puedan vivir con mayor autenticidad su vocación cristiana en el mundo actual, como peregrinos de una esperanza que no defrauda.

4. - El programa pastoral: «Descubrir los signos y las llamadas de esperanza»

Pero el Papa Francisco no quiere que el Pueblo de Dios acoja en este Año Jubilar no sólo el anuncio de la esperanza, cuyo mensaje resuena en la Sagrada Escritura, sino que también acoja los signos y las llamadas de esperanza de Dios que atestiguan su eficacia hoy34. Quiere que «además de alcanzar la esperanza que nos da la gracia de Dios, también estemos llamados a redescubrirla en los signos de los tiempos que el Señor nos ofrece»35. Siguiendo el método pastoral de Gaudium et spes 4, basado en escrutar los «signos de los tiempos»36, propone una interpretación de los signos del tiempo actuales hasta transformarlos en signos de esperanza. Tras esta lectura, traza un itinerario pastoral para que el Jubileo sea una oportunidad providencial para la Iglesia y el mundo, un tiempo de gracia particular en medio de las dificultades y desafíos contemporáneos. De ese modo, la Bula destaca la dimensión operativa y misionera de la esperanza.

El documento destaca la importancia de ofrecer unos signos tangibles de esperanza a diversos grupos, incluyendo presos, enfermos, jóvenes, migrantes, ancianos y pobres, promoviendo la paz, la justicia y la dignidad humana. El documento de la Bula subraya la importancia de ofrecer signos tangibles de esperanza a diversos grupos de personas que enfrentan situaciones difíciles.

En lo que respecta a los presos, el Santo Padre, se centra en la relevancia de mantener unas adecuadas condiciones de vida, ya que los presos, privados de libertad, a menudo experimentan no solo la dureza de la reclusión, sino también el vacío afectivo y la falta de respeto37. Igualmente, propone que los gobiernos del mundo asuman iniciativas durante el Año del Jubileo que devuelvan la esperanza a los reclusos, como formas de amnistía o condonación de penas, así como que se apueste por una verdadera reinserción social, con la creación de itinerarios de reinserción en la comunidad, acompañados de un compromiso concreto en la observancia de las leyes. Especialmente relevante, en la línea de la misericordia y esperanza que caracterizan su papado, es la llamada a la abolición de la pena de muerte, considerada inadmisible para la fe cristiana, ya que aniquila toda esperanza de perdón y renovación.

El Papa, igualmente, expresa su deseo de abrir una Puerta Santa en una cárcel, como símbolo de esperanza y renovación de vida para los presos: «para ofrecer a los presos un signo concreto de cercanía, deseo abrir yo mismo una Puerta Santa en una cárcel, a fin de que sea para ellos un símbolo que invita a mirar al futuro con esperanza y con un renovado compromiso de vida»38.

Se destaca, asimismo, la importancia de aliviar el sufrimiento de los enfermos mediante la cercanía y el afecto de las personas que los visitan. No debe olvidarse que las obras de misericordia con vistas como obras de esperanza que despiertan sentimientos de gratitud en los corazones de los enfermos39. Una especial llamada se realiza en favor de la atención inclusiva de las personas con discapacidad valorando su dignidad y promoviendo acciones concretadas por toda la sociedad: «Cuidar de ellos es un himno a la dignidad humana, un canto de esperanza que requiere acciones concertadas por toda la sociedad»40. Igualmente se resalta la labor de los agentes sanitarios, quienes, en condiciones difíciles, ejercen su misión con cuidado y dedicación hacia los enfermos y más frágiles.

Respecto a los jóvenes, el Santo Padre enfatiza, como prioritario el apoyo a los sueños de los jóvenes, pues, en la sociedad actual, es fácilmente constatable que muchos jóvenes ven sus sueños derrumbarse debido a la falta de oportunidades y a la incertidumbre del futuro. Se enfatiza la necesidad de no decepcionarlos y de apoyar su entusiasmo, y se subraya la importancia de evitar que los jóvenes caigan en la desesperanza, el consumo de las drogas, la delincuencia y la búsqueda de lo efímero. Pues, los jóvenes han demostrado sobradamente su compromiso. Así, las situaciones de catástrofe o inestabilidad social, han demostrado y destacado por su capacidad de crear sinergias y contribuir positivamente. Por ello, la Iglesia deberá comprometerse, con ardor renovado, en brindarles cercanía y apoyo41.

Por su parte, se requiere a acoger a los migrantes con dignidad, sin prejuicios ni cerrazones, garantizándoles seguridad, acceso al trabajo y a la instrucción42. Se recuerda la importancia de la solidaridad y el apoyo a los exiliados, desplazados y refugiados, quienes huyen de las guerras, violencias y discriminaciones. Por ello, la comunidad cristiana debe defender los derechos de los más débiles y abrir generosamente sus puertas para que nadie pierda la esperanza de una vida mejor. Hoy, más que nunca, resulta perentorio y emocionante para los cristianos recordar aquellas maravillosas palabras del evangelio de Mateo (25, 35-40).

Signos de esperanza merecen los ancianos, quienes, en numerosas ocasiones, se ven sometidos a la soledad y al abandono43. Es por ello que el Santo Padre exhorta a los hijos y nietos a expresar gratitud y amor hacia los abuelos, quienes representan la transmisión de la fe y la sabiduría de la vida. Pero esta valoración requiere una dimensión amplia. La sociedad en su conjunto debe valorar la experiencia de vida, la sabiduría y el aporte de los ancianos a la sociedad, como un basamento imprescindible de una alianza de generaciones que promueva la colaboración entre la comunidad cristiana y la sociedad civil para trabajar juntas en la alianza de generaciones.

En lo tocante a la pobreza, se subraya la necesidad de no acostumbrarse ni resignarse ante la pobreza, que afecta a personas en todas las partes del mundo. Se insta a la comunidad cristiana y a la sociedad a trabajar por la justicia y la solidaridad, reconociendo que los pobres son a menudo víctimas y no culpables44. En el contexto del año jubilar, el Papa León XIV publica su Exhortación apostólica Dilexi te, sobre el amor hacia los pobres (4 octubre 2025), habiendo recibido como herencia este proyecto que el Papa Francisco estaba preparando, en los últimos meses de su vida45. Ante este tema, recuerda el Papa León: «no estamos en el horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación; el contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia. En los pobres Él sigue teniendo algo que decirnos»46.

En definitiva, estos signos de esperanza son esenciales para vivir el Jubileo como una experiencia de gracia y renovación espiritual. Igualmente, las llamadas a la esperanza que la Bula realiza a continuación, y que se podrían reunir bajo el mismo programa pastoral que diseña. Destacan dos: una llamada de naturaleza más social, y otra, de naturaleza eclesial.

No podía pasar el Santo Padre una fuerte llamada a la justicia social. El Papa Francisco vincula esta llamada de modo concreta a la enseñanza bíblica del Jubileo. Así, el número 16, aboga por la distribución universal de los bienes y denuncia el hambre como un «flagelo escandaloso» que afecta a la humanidad y que debe interpelar la conciencia de todos. Su crítica no es solo moral, sino también estructural, al señalar que la falta de acceso a recursos esenciales como el agua y los alimentos es un problema de justicia. Es por ello que Francisco reitera su llamada a reducir el gasto en armas y en presupuesto militar para destinarlo a un fondo global que ayude a erradicar el hambre y promover el desarrollo. Esta propuesta no es nueva en su magisterio, pero aquí la refuerza vinculándola con la paz mundial47: si se eliminan las causas de la desesperación económica, se reducen los incentivos para conflictos violentos y migraciones forzadas. Igualmente, se dirige a las naciones más ricas para que asuman su responsabilidad histórica en la crisis económica global. La condonación de la deuda no se presenta como un acto de caridad, sino de justicia, puesto que estas deudas muchas veces son impagables y agravan la desigualdad estructural.

Siguiendo lo señalado en Laudato si’ se introduce un argumento ecológico dentro de la justicia económica48. La «deuda ecológica» entre el Norte y el Sur no solo se refiere a la explotación económica, sino también a los daños ambientales causados por el uso desproporcionado de recursos por parte de los países más desarrollados. Pues, con base teológica, en Levítico 25,23 («La tierra no puede venderse a perpetuidad, porque la tierra es mía, y vosotros sois emigrantes y huéspedes en mi tierra»), se nos recuerda que la tierra pertenece a Dios y que los seres humanos somos solo «extranjeros y huéspedes». Este argumento refuerza la idea de que la riqueza y los recursos naturales no pueden ser acaparados por unos pocos, sino que deben gestionarse con responsabilidad y equidad.

La segunda llamada, de carácter más eclesial, se refiere a la celebración del Concilio de Nicea (325), del cual se conmemora los 1700 aniversario de la proclamación del Símbolo de Nicea y del primer Concilio Ecuménico49. El Papa subraya dos cuestiones interesantes de este evento: que ese Concilio se celebró, por un lado, para proteger la unidad de la Iglesia, desde el punto de vista doctrinal y disciplinar y, por otro lado, para mantener la fidelidad al Evangelio, a la Buena noticia, al confesar a Jesucristo, el Hijo de Dios, «de la misma naturaleza que el Padre» (DH 125), que nos ha revelado el misterio de amor de Dios Trinidad50. Así, por una parte, la conmemoración del primer Concilio Ecuménico nos invita a todas las Iglesias y comunidades eclesiales «a seguir avanzando en el camino hacia la unidad visible», así como a «una oportunidad significativa para dar concreción a esta forma sinodal, que la comunidad cristiana advierte hoy como expresión cada vez más necesaria para corresponder mejor a la urgencia de la evangelización»51.

5. - La fundamentación teológica: «Anclados en la esperanza»

Bajo la mención «Anclados en la esperanza», el Papa Francisco profundiza en la naturaleza de la esperanza cristiana. Se sirve para ello de la imagen sugestiva del «ancla»: ella nos presenta «la estabilidad y la seguridad que poseemos si nos encomendamos al Señor Jesús, aun en medio de las aguas agitadas de la vida»52. La imagen viene de la misma carta a los Hebreos: «aferrándonos a la esperanza que tenemos delante. La cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina, donde entró, como precursor, por nosotros, Jesús, Sumo Sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec» (Heb 6, 18-20).

De su naturaleza teologal, destaca el papel central que tiene en la vida cristiana, junto a la fe y la caridad, que forman el tríptico de las «virtudes teologales», que conforman la esencia de la vida cristiana53. Estas virtudes, mencionadas en las Escrituras (cf. 1 Cor 13,13; 1 Tes 1,3), están intrínsecamente conectadas, orientando y sosteniendo la existencia del creyente. Estás virtudes no actúan de manera aislada; más bien, se fortalecen mutuamente. La fe nos introduce en la relación con Dios, la esperanza nos mantiene firmes en la expectativa de sus promesas, y la caridad nos impulsa a vivir según el amor que hemos recibido. Nadie puede vivir sin estas disposiciones del alma: creer, esperar, amar.

El Papa Francisco describe la esperanza como la virtud que «señala la orientación, indica la dirección y la finalidad de la existencia cristiana»54. Mientras la fe nos permite aceptar y adherirnos a las verdades reveladas por Dios, y la caridad nos impulsa a amar a Dios y al prójimo, la esperanza nos proyecta al futuro, hacia la plenitud de la vida en comunión con Dios. Es la esperanza la que nos mantiene firmes en el camino, especialmente en medio de las adversidades, recordándonos la promesa de la vida eterna y la fidelidad de Dios.

La Bula presenta, a continuación, «las razones de nuestra esperanza» (cf. 1 Pe 3,15). Es el momento del itinerario más teológico del texto. A la hora de buscar sus razones recurre, en primer lugar, a la fe de la Iglesia, en cuyo Símbolo —al final— confiesa la fe en la vida eterna («Creo en la vida eterna», DH 30), como «base fundamental» de la esperanza55. En efecto, como explica el mismo Catecismo de la Iglesia Católica, la esperanza es «la virtud teologal por la que aspiramos (…) a la vida eterna como felicidad nuestra»56. Por ello, a continuación, el documento va explicar la conexión que la esperanza establece entre nuestra felicidad con la promesa de la vida eterna. Un vínculo que ya estaba presente en la encíclica Spe salvi de Benedicto XVI.

En efecto, en su encíclica sobre la esperanza, Benedicto XVI salía al paso del peligro de comprensión insuficiente del mundo actual sobre la vida eterna, al confundirla con vivir eternamente57. A esta confusión, responde con un pensamiento de san Ambrosio, en el que aclara: «la inmortalidad, en efecto, es más una carga que un bien, si no entra en juego la gracia»58. Esta gracia «que entra en juego» es lo que san Agustín comenta en la carta a Proba al responder qué es lo que el hombre desea verdaderamente. El hombre no sólo desea vivir eternamente, sino que es importante añadir al concepto de eternidad, el de felicidad: el hombre desea vivir una vida «bienaventurada»59. Siguiendo la estela de Agustín, Benedicto XVI completa su argumento describiendo la vida eterna desde la dinámica paradójica del deseo del hombre, aduciendo así la verdadera antropología por la que el hombre se considera un ser llamado a la esperanza: «De algún modo deseamos la vida misma, la verdadera (…); pero, al mismo tiempo, no conocemos eso hacia lo que nos sentimos impulsados»60. El hombre siempre tiene abierto ante sí un abismo entre su deseo y la realidad que vive. No podemos dejar de desear, porque aquello que vivimos o realizamos no cumple perfectamente lo que deseamos. De ese modo, el deseo enciende la «esperanza», que nos empuja a una paradoja: a una realidad desconocida, aunque conocida mientras la anhelamos. Pues bien, concluye Benedicto XVI: «la expresión “vida eterna” trata de dar un nombre a esta desconocida realidad conocida»61.

La vida eterna, por tanto, supone un salto cualitativo en nuestra experiencia del tiempo presente: es —como dice la expresa la liturgia de la Iglesia— un adventus, que es algo más que futuro. La Bula habla de la esperanza que nos salva como «la certeza de que la historia de la humanidad y de cada uno de nosotros no se dirigen hacia un punto ciego o un abismo oscuro, sino que se orientan al encuentro con el Señor de la gloria»62. Vivimos, por tanto, en la espera de su venida y en la esperanza de vivir siempre con Él.

Siguiendo entonces la fe eclesial, sabemos que este fin de la historia se ha anticipado en Jesús. Por eso la Bula indica que «Jesús muerto y resucitado es el centro de la fe»63. Una vez más, el Papa Francisco recurre a la frescura del kerigma pascual64, en este caso, para situarlo como fuente de la esperanza cristiana. Porque, efectivamente, en continuidad de lo que ya Benedicto XVI había aplicado al hablar de la esperanza que «redime», también hay que decir que el misterio cristiano (kerigma) no es sólo «informativo», sino «performativo», que «no es solo comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida»65. Por tanto, el kerigma que Pablo anuncia en 1 Cor 15 no es sólo centro de la fe, que solo anuncia e informa de lo que ocurrido con Cristo; sino que es —como dice la Bula— «núcleo» de nuestra esperanza, es decir, fuente, germen capaz de producir toda la existencia cristiana al contacto con el Resucitado66. El kerigma es performativo, es manantial para la esperanza. El Resucitado nos alcanza en la ladera temporal de nuestra orilla, nos toca y nos transforma, a través del Bautismo, en que «sepultados con Cristo, recibimos en Él resucitado el don de una vida nueva, que derriba el muro de la muerte, haciendo de ella un pasaje hacia la eternidad»67. Ello explica que los cristianos, durante mucho tiempo, construyeron la pila bautismal con forma octogonal, puesto que «la fuente bautismal inaugura el octavo día, es decir, el de la resurrección (…), abriendo así el ciclo del tiempo a la dimensión de la eternidad»68.

El testimonio más convincente de esta esperanza nos lo ofrecen los mártires. La Bula los recuerda, expresando que «necesitamos conservar su testimonio para hacer fecunda nuestra esperanza»69. Su testimonio nos ilumina por varios motivos: a) porque supieron renunciar a la vida terrena por fidelidad a Cristo, lo que constituye un acto de fe suprema; b) porque son semilla de unidad al expresar el ecumenismo de la sangre, que convoca a todos los cristianos a reconocer en su sacrificio una fuente común de esperanza70; c) porque invita a los fieles a vivir con mayor intensidad la esperanza en Cristo; d) porque su memoria es fundamental para que la esperanza cristiana siga siendo fecunda en la vida de la Iglesia y del mundo.

Al hilo esta reflexión sobre la esperanza, como puerta abierta a la eternidad, el número 21 de la Bula, traduce finalmente el significado de esta vida eterna, abierta por el sacramento del bautismo, sobre nuestra vida actual, esclareciendo así el concepto de felicidad, en su relación con la vida eterna: «¿Qué será de nosotros, entonces, después de la muerte?». Y responde la Bula: «Más allá de este umbral está la vida eterna con Jesús, que consiste en la plena comunión con Dios, en la contemplación y participación de su amor infinito. Lo que ahora vivimos en la esperanza, después lo veremos en la realidad». Esta comunión plena y definitiva con Cristo desemboca en la consecución de la felicidad, vocación universal del ser humano. Ahora bien, la felicidad no es «una alegría pasajera, de una satisfacción efímera que, una vez alcanzada, sigue pidiendo siempre más, en una espiral de avidez donde el espíritu humano nunca está satisfecho, sino que más bien siempre está más vacío»71. La verdadera felicidad se encuentra en el amor, esa plenitud que nos permite exclamar «Soy amado, luego existo», y que se mantiene intacta y eterna, sin desvanecerse ante las vicisitudes de la vida, como lo recuerdan las palabras del apóstol Pablo, quién confiesa que nada ni nadie nos puede ya separar del amor de Cristo (cf. Rom 8,38.39).

Otra realidad que nos ancla con la vida eterna es el Juicio de Dios, que tiene lugar tanto al final de nuestra vida terrena, como al final de los tiempos. Benedicto XVI también habló de él como un «lugar de aprendizaje» de la esperanza72. Ahora el Papa Francisco reflexiona sobre el juicio de Dios como realidad que, lejos de infundir temor, debe ser comprendida a la luz de la esperanza y de la misericordia. Es, por tanto, una llamada a la responsabilidad personal y comunitaria, invitando a vivir de acuerdo con el Evangelio y el amor a los demás (cf. Mt 25,31-46). Por eso, «debe entenderse como una relación en la verdad con Dios amor y con uno mismo en el corazón del misterio insondable de la misericordia divina»73. Pero subraya asimismo que, en la tradición cristiana, el juicio no es una condena arbitraria, «diferente al de los hombres y los tribunales terrenales», sino una manifestación del amor de Dios, puesto «el juicio de Dios, que es amor (cf. 1 Jn 4,8.16), no podrá basarse más que en el amor»74. Como escribía Benedicto XVI, «en el momento del Juicio experimentaremos y acogeremos este predominio de su amor sobre el mal en el mundo y en nosotros. El dolor del amor se convierte en nuestra salvación y nuestra alegría»75.

En este contexto, el Papa menciona la necesidad de la oración y de los sacramentos como medios para prepararnos para este encuentro con el Señor en el juicio final. A través de la Eucaristía y la Reconciliación el cristiano recibe la gracia de Cristo para vivir según la voluntad de Dios y fortalecer su esperanza en la vida eterna. De ese modo, la Bula argumenta que, entonces, «el Juicio se refiere a la salvación que esperamos y que Jesús nos ha obtenido con su muerte y resurrección»76. Pero eso no significa que el mal hecho con el pecado se oculta, desaparece, sino que necesita ser purificado, para permitirnos el paso definitivo al amor de Dios. «El pecado “deja huella”, lleva consigo unas consecuencias»77. De ahí que el Año Jubilar ofrezca el don de la indulgencia, que «en virtud de la oración, está destinada en particular a los que nos han precedido, para que obtengan plena misericordia»78. La indulgencia permite descubrir la ilimitada misericordia de Dios. La Bula recuerda que, no sin razón, «en la antigüedad el término “misericordia” era intercambiable con el de “indulgencia”, porque pretende expresar la plenitud de Dios que no conoce límites»79. Ello explica la vinculación de la indulgencia al sacramento de la Penitencia, que nos asegura que «Dios quita nuestros pecados» y «el Señor destruye nuestros pecados»80. El perdón de Dios es magnánimo: no sólo perdona los pecados, sino que alivia y cura las heridas del alma, como ilustra el Salmo 103,3-4: «El perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias». El Año santo invita a redescubrir la belleza del sacramento de la Reconciliación, en cual remueve incluso los «efectos residuales del pecado», en virtud de la gracia de Cristo, al que San Pablo VI llamó «nuestra indulgencia»81.

Y, termina finalmente el Papa con una visión mariológica, recordando esa advocación que desde el siglo VIII y IX al invocar de María como Madre de la esperanza, como Estrella de la esperanza, Ave Stella maris. En este viaje o peregrinación del Jubileo, que en definitiva es la imagen de la vida cristiana, María aparece como el testimonio más alto del ejercicio de la esperanza, como estrella y luz que nos guía en medio de la noche, en medio de nuestra travesía.

6.- Conclusión: «La esperanza no ha muerto, la esperanza está viva»

El tema de la esperanza ha sido objeto de atención en la reflexión de los últimos Pontífices. San Juan Pablo II la reclamaba al cruzar «el umbral de la esperanza», como él se refería al paso que la humanidad hacia el tercer milenio82. Años más tarde, el Papa Benedicto XVI dedicó su segunda encíclica a meditar sobre la esperanza por la que somos salvados. Frente a un mundo moderno que había puesto la esperanza de la salvación en la ciencia y el progreso, Benedicto XVI invita a retomar la experiencia del inicio del cristianismo, en el que una nueva esperanza distinguió a los cristianos de las personas que vivían la religiosidad pagana. Evoca la enseñanza de san Pablo, cuando en su carta a los Efesios, les recuerda que, antes de abrazar la fe en Cristo, estaban «sin esperanza y sin Dios en este mundo» (Ef 2,12)83.

Ahora, el Papa Francisco, siguiendo la estela de sus predecesores, insiste —como lo proclamó la pasada noche de Navidad— en que «la esperanza no ha muerto, la esperanza está viva»; «¡También hay esperanza para ti!». Una esperanza así sólo puede venir la noche de Navidad, del Dios que se hace hombre, del Dios revelado en Cristo. La esperanza que tiene un rostro: el de Cristo. la Bula invita a encontrarnos con Cristo y confesar: Jesucristo «nuestra esperanza» (1 Tim 1,1). Y, junto a ello, esta esperanza ha de traducirse en compromisos concretos, eficaces: en unos vínculos personales regenerados, en unas relaciones internacionales justas, en una defensa de la dignidad hacia las personas y en un respeto íntegro por la Creación.

Ante la crisis de esperanza del hombre moderno, el Papa Francisco ofrece la esperanza como un don, no como una conquista del hombre, como sugieren estos recorridos bíblicos teológicos de la Bula. Ofrece una esperanza que pueda germinar entre nuestras manos, porque Dios mismo ha plantado su raíz en nuestra tierra, tal como concluía su libro sobre la esperanza nuestro teólogo Olegario González de Cardedal: «Descubrimos ahora que el hombre ha podido esperar en sí mismo y en Dios, porque previamente Dios había esperado en él, otorgándole confianza y crédito, (…). El va delante de nosotros en el ser y en el caminar por la historia. Este es el verdadero fundamento y perenne raíz de la esperanza»84.

Referencias bibliográficas

Alfaro, Juan, Esistenza cristiana. Temi biblici. Sviluppo teologico-storico. Magistero, Roma 1987.

Anatolios, Khaled, Nicea en perspectiva trinitaria. Desarrollos-sentido-legado, Salamanca 2023.

Aparicio Valls, Carlos, “Juan Alfaro: dalle virtù teologale all’esistenza cristiana”, Ignaziana 21 (2016), 115–121.

Barth, Karl, Carta a los Romanos, Madrid 2002.

Benedicto XVI, Homilía de inicio de pontificado, 24 abril 2005.

Benedicto XVI, Carta encíclica Spe Salvi del Sumo Pontífice Benedicto XVI sobre la esperanza cristiana, 2007.

Botella Cubells, Vicente,“Una teología en función de los signos de los tiempos”, Teología Espiritual 45 (2001), 165–185.

Bueno de la Fuente, Eloy – Susaeta Montoya, Francisco (coords.), Jesús, el Hijo eterno de Dios. Concilio de Nicea (325): hecho histórico y relevancia actual, Burgos 2024.

Catecismo De La Iglesia Católica, Madrid 1992.

Coda, Piero, “La Chiesa è il Vangelo”. Alle sorgenti della teologia di papa Francesco, Città del Vaticano 2017.

Comisión Teológica Internacional, Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. 1700 años del Concilio Ecuménico de Nicea, 2025.

De Orbiso, Tomás, “Los motivos de la esperanza cristiana, según san Pablo”, Estudios Bíblicos 4 (1945), 61–85, 197–210.

Di Ció, Antonio Francesco, Sufrimos por la paciencia de Dios. La teología de Joseph Ratzinger concentrada en un hápax legómenon de Benedicto XVI, Barcelona 2017.

Dodd, Lloyd R., Paganos y cristianos en una época de angustia. Algunos aspectos de la experiencia religiosa desde Marco Aurelio a Constantino, Madrid 1975.

Fitzmyer, Joseph A., “Carta a los Romanos”, Comentario Bíblico San Jerónimo IV, Madrid 1972, 101–202.

Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 2013.

Francisco, Mensaje para la XXXIX Jornada Mundial de la Juventud 2024, 17 octubre 2024.

Francisco, Homilía en la Solemnidad de la Natividad del Señor e inicio del Jubileo ordinario 2025, 24 diciembre 2024.

Francisco, Homilía en el centro de detención de Rebibbia, Roma, 26 diciembre 2024.

Francisco, Carta encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la casa común, 2015.

García Rojo, José – Flecha, José Román (coords.), Salvados en esperanza. Comentarios a la encíclica de Benedicto XVI Spe salvi, Salamanca 2008.

Gelabert Ballester, Miguel, Para encontrar a Dios. Vida teologal, Salamanca-Madrid 2002.

González De Cardedal, Olegario, La raíz de la esperanza, Salamanca 1996.

Goñi, José Antonio, Peregrinos de esperanza. Guía y materiales para vivir el Jubileo 2025, Barcelona 2024.

Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, Ed. Vittorio Messori, Barcelona 1994.

Juan Pablo II, Audiencia General, 11 noviembre 1998.

Kasper, Walter, El Papa Francisco. Revolución de la ternura y el amor. Raíces teológicas y perspectivas pastorales, Santander 2015.

Kreider, Alan, La paciencia. El sorprendente fermento del cristianismo en el Imperio Romano, Salamanca 2025.

Madrigal, Santiago, De pirámides y poliedros. Señas de identidad del pontificado de Francisco, Santander 2020.

Mondreoli, Francesco, La teologia di Papa Francesco, Bologna 2019.

Ortiz De Urbina, Ignacio, El Símbolo Niceno, Madrid 1947.

Pablo VI, Carta apostólica Apostolorum limina, 23 mayo 1974.

Palau Valero, David (ed.), Francisco, Pastor y teólogo. Actas del Congreso «La aportación del Papa Francisco a la teología y a la pastoral de la Iglesia» (Barcelona, 12–14 noviembre 2019), Madrid 2020.

Penna, Romano, Carta a los Romanos: Introducción, versión y comentario, Estella 2013.

Sánchez Bosch, Jordi, Escritos paulinos, Estella 2002.

Sánchez Bravo, Antonio – Palma Ramírez, Manuel (dirs.), Iubilaeum Spei. IV Jornadas sobre Derechos Humanos y Doctrina Social de la Iglesia, Madrid 2025.

Schmitt, Jean. “Résurrection de Jésus dans le Kérigme, la Tradition, la Catéchèse”, Dictionnaire de la Bible. Supplément, 487-580.

Siracusa, Vincenzo, Peregrinantes in spem. “Pellegrini di Speranza”. Guida spirituale per vivere il Giubileo del 2025, Padova 2023.

Torralba, Francesc, La revolución de la ternura. El verdadero rostro del Papa Francisco, Lleida 2014.

Uribarri Bilbao, Gabino, “Presentación: Revisitando Nicea: estallido inicial y actualidad”, Estudios Eclesiásticos 99 (2024), 363-366.

Vanni, Ugo. “Romanos (Carta a los)”, en Rossano, Pietro, Ravasi, Gianfranco – Girlanda, Antonio, Nuevo diccionario de Teología Bíblica, 1699–1707, Madrid 1990.

Varo Pineda, Francisco, Levítico, Madrid 2025.

Vitali, Dario, Esistenza cristiana. Fede, speranza e carità, Brescia 2001.

_________________________________

1 Spes non confundit, 1.

2 Spes non confundit, 1.

3 Spes non confundit, 1.

4 Spes non confundit, 18.

5 Spes non confundit, 25.

6 El Jubileo, en la tradición cristiana, por ser siempre un tiempo de gracia, de conversión y renovación, también ha sido una llamada a la esperanza. Precisamente, uno de los ejes centrales de todo Jubileo lo constituye la virtud de la esperanza. Así lo han puesto de manifiesto los últimos Jubileos convocados. Un análisis detallado de este aspecto, cf. M. Palma Ramírez, «La virtud de la esperanza en las Bulas de convocatoria de los Jubileos 1975, 2000 y 2025», en A. Sánchez Bravo – M. Palma Ramírez (dirs.), Iubelaeum spei, 9-20.

7 Para las claves de su pontificado y de su pensamiento, cf. F. Torralba, La revolución de la ternura; W. Kasper, El Papa Francisco; P. Coda, «La Chiesa è il Vangelo». Alle sorgenti della teologia di papa Francesco; F. Mondreoli, La teologia di Papa Francesco; D. Palau Valero (ed.), Francisco, Pastor y teólogo; S. Madrigal, De pirámides y poliedros. Señas de identidad del pontificado de Francisco.

8 Francisco, Evangelii Gaudium: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús». Y, todo el apartado siguiente, «Alegría que se renueva y se comunica» (2-8).

9 Spes non confundit, 3.

10 Spes non confundit, 2.

11 Sobre la Carta a los Romanos, cf. J. A. Fitzmyer, «Carta a los Romanos», 101-202; R. Penna, Carta a los Romanos; K. Barth, Carta a los Romanos; U. Vanni, «Romanos (Carta a los)», 1699-1707.

12 Spes non confundit, 2.

13 Benedicto XVI, Spe salvi 2. En Spe salvi la consideración de la relación entre fe y esperanza la exponía al hilo de una densa exégesis de Heb 1,1 («La fe es sustancia (hypostasis) de lo que se espera»), reconociendo que «en el capítulo undécimo de la carta a los Hebreos se encuentra una especie de definición de la fe que une estrechamente esta virtud con la esperanza» (Spe salvi 7). Benedicto XVI explica la evolución de la interpretación del término hipóstasis/substantia con sentido objetivo, en la teología medieval, como la realidad presente en nosotros (la fe es germen de lo que se espera), o con sentido subjetivo, en Lutero y la exégesis difundida desde entonces hasta el siglo XX, como expresión de una realidad interior (estar firmes en lo que se espera). Acerca del sentido de la interpretación, cf. T. de Orbiso, «Los motivos de la esperanza cristiana, según san Pablo», Estudios Bíblicos 4 (1945) 61-85; 197-210. Sobre el argumento bíblico de esta encíclica, cf. J.Nuñez Regodón, «El fundamento bíblico de “Spe salvi”», en J. García Rojo – J. R. Flecha (coords.), Salvados en esperanza, 77-93.

14 J. Sánchez Bosch, Escritos paulinos, Estella 2002, 160-164.

15 San Hilario de Poitiers, De Trinitate, II, 1: «perfectae spei munus unum» (BAC 481, 72). La relación entre Espíritu Santo y esperanza, cf. san Juan Pablo II, Audiencia General (11 noviembre 1998).

16 Spes non confundit, 4.

17 Este asunto nos descubre el genio singular de Pablo, puesto que, «si bien no deja de ofrecer cierta sensibilidad con respecto a la filosofía del helenismo, su formación farisea lo vuelve refractario a toda influencia específicamente religiosa del mundo helénico» (R. Ferrara, «La esperanza cristiana en las epístolas paulinas», Teología 1 (1962) 57). Sobre el asunto de la esperanza en el paganismo, cf. L. R. Dodd, Paganos y cristianos en una época de angustia.

18 R. Ferrara, «La esperanza cristiana en las epístolas paulinas», Teología 1 (1962), 58.

19 Spes non confundit, 4.

20 Spes non confundit, 4.

21 Cf. A. Kreider, La paciencia. El sorprendente fermento del cristianismo en el Imperio Romano.

22 Como manifiesta con ocasión de su homilía, al inicio del pontificado, en la que dijo, parafraseando la segunda carta de Pedro 3,15 («la paciencia de Dios es nuestra salvación»): «Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres» (Benedicto XVI, Homilía de inicio de pontificado, 24 abril 2005; y acerca de este theologúmenon, cf. A. F. Di Ció, Sufrimos por la paciencia de Dios).

23 Así se refería el Santo Padre en la homilía del inicio del Jubileo, la noche del 24 de diciembre de 2024: «Hermanas y hermanos, con la apertura de la Puerta Santa damos inicio a un nuevo Jubileo. Cada uno de nosotros puede entrar en el misterio de este anuncio de gracia. En esta noche, la puerta de la esperanza se ha abierto de par en par al mundo: en esta noche, Dios dice a cada uno: ¡también hay esperanza para ti! Hay esperanza para cada uno de nosotros. Pero no se olviden, hermanas y hermanos, que Dios perdona todo. Dios perdona siempre. No se olviden de esto, que es un modo de entender la esperanza en el Señor» (Francisco, Homilía Solemnidad de la Natividad del Señor, inicio del Jubileo ordinario 2025).

24 Spes non confundit, 6.

25 «Esta metáfora, rica en resonancias bíblicas y espirituales, configura la comprensión de la vida cristiana y de la esperanza que la anima. El Papa Francisco no presenta a los creyentes como sujetos estáticos o instalados, sino como viajeros en camino, en búsqueda constante de la plenitud y de la meta última de la esperanza» (A. Sánchez Bravo, «Spes non confundit: vivir el Jubileo como un tiempo de esperanza, reconciliación y renovación espiritual», en A. Sánchez Bravo – M. Palma Ramírez (dirs.), Iubelaeum spei, 21-57, aquí 35).

26 Cf. F. Varo Pineda, Levítico, 229-239.

27 Cf. C. López Bravo, «Origen de la institución del año jubilar en la Iglesia Católica. Los años jubilares hebreos y su contexto socio-religioso», en A. Sánchez Bravo – M. Palma Ramírez (dirs.), Iubelaeum spei, 89-102.

28 A raíz de una petición de fieles romanos hecha al Papa Clemente VI (1342), el periodo se redujo a cincuenta años. En 1389, en recuerdo de número de años de la vida de Cristo, fue Urbano VI quien quiso fijar el ciclo jubilar cada treinta y tres años, y convocó un jubileo en 1390, que, sin embargo, fue celebrado por Bonifacio IX tras su muerte. No obstante, en 1400, al final del período de cincuenta años previamente fijado, Bonifacio IX confirió el perdón a los peregrinos que habían acudido a Roma. Martín V celebró un nuevo Jubileo en 1425, haciendo que se abriera por primera vez la puerta santa en san Juan de Letrán. El último en celebrar un Jubileo de cincuenta años fue el Papa Nicolás V en 1450, ya que Paulo II redujo el periodo interjubilar a veinticinco años, y en 1475 se celebró un nuevo Año Santo por Sixto IV. A partir de entonces, los jubileos ordinarios se celebraron a intervalos regulares.

29 Spes non confundit, 6. Cf. A. Román Villalón, «Los años jubilares convocados por el Papa Francisco. Trasfondos, constantes y particularidades en la tradición jubilar»: en A. Sánchez Bravo – M. Palma Ramírez (dirs.), Iubelaeum spei, 59-87.

30 Spes non confundit, 6.

31 Spes non confundit, 5.

32 Spes non confundit, 5.

33 De ahí, ciertos materiales destinados para la ayuda y la guía espiritual de la vivencia del Jubileo, cf. V. Siracusa, Peregrinantes in spem; J. A. Goñi, Peregrinos de esperanza.

34 Cf. Spes non confundit, 8.

35 Spes non confundit, 7.

36 Para la importancia de este método en teología: V. Botella Cubells, «Una teología en función de los signos de los tiempos», Teología Espiritual 45 (2001), 165-185.

37 Cf. Spes non confundit, 10.

38 Spes non confundit, 10. Así se verificó, el 26 de diciembre de 2024, en la apertura de la Segunda Puerta Santa del Jubileo de 2025, en el complejo penitenciario de Rebibbia: “Es un hermoso gesto abrir de par en par: abrir las puertas. Pero más importante es lo que significa: es abrir el corazón. Y eso es lo que hace fraternidad. Los corazones cerrados, duros, no ayudan a vivir. Pero eso la gracia de un Jubileo es abrir y, sobre todo, abrir los corazones a la esperanza. La esperanza no defrauda, ¡nunca!” (Francisco, Homilía en el centro de detención de Rebibbia, Roma, 26 diciembre 2024).

39 Cf. Spes non confundit, 11.

40 Spes non confundit, 11.

41 Cf. Spes non confundit, 12. Francisco, Mensaje para la XXXIX Jornada Mundial de la Juventud 2024, 17 octubre 2024.

42 Cf. Spes non confundit, 13.

43 Cf. Spes non confundit, 14.

44 Cf. Spes non confundit, 15.

45 Cf. Dilexi te, 3

46 Dilexi te, 5.

47 Francisco insiste en que la pobreza y el hambre no solo son problemas humanitarios, sino factores que generan violencia y migración forzada. La estabilidad mundial depende de corregir estas desigualdades estructurales. Por eso, su llamada a reducir el gasto militar y crear un fondo contra el hambre no es solo una propuesta económica, sino una estrategia para la paz.

48 «La iniquidad no afecta solo a individuos, sino a países enteros, y obliga a pensar en una ética de las relaciones internacionales. Porque hay una verdadera “deuda ecológica”, particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales con consecuencias en el ámbito ecológico, así como en el uso desproporcionado de los recursos naturales llevada a cabo históricamente por algunos países. Las exportaciones de algunas materias primas para satisfacer los mercados en el Norte industrializado han producido daños locales, como la contaminación con mercurio en la minería del oro o con dióxido de azufre en la del cobre. Especialmente hay que computar el uso del espacio ambiental de todo el planeta para depositar residuos gaseosos que se han ido acumulando durante dos siglos y han generado una situación que ahora afecta a todos los países del mundo» (Francisco, Laudato si’, 51).

49 Cf. Spes non confundit, 17.

50 A esta conmemoración ayudan varios estudios, comenzando por el de la Comisión Teológica Internacional, Jesucristo, hijo de Dios, Salvador; E. Bueno de la Fuente – F. Susaeta Montoya (coord.), Jesús, el Hijo eterno de Dios. Concilio de Nicea (325) hecho histórico y relevancia actual; G. Uribarri Bilbao, «Presentación: Revisitando Nicea: Estallido inicial y actualidad», Estudios Eclesiásticos 99 (2024) 363-366 (con estudios de Clara Sanvito, Samuel Fernández, Almudena Laba López y Tomás J. Marín Mena). A estos estudios se suma como ayuda, cf. K. Anatolios, Nicea en perspectiva trinitaria. Para un acercamiento al Símbolo niceno: cf. I. Ortiz de Urbina, El Símbolo Niceno.

51 Spes non confundit, 17.

52 Spes non confundit, 25.

53 Acerca de estas virtudes teologales afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir la relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino» (1812). Sobre el lugar y la función de la esperanza entre las virtudes teologales, cf. M. Gelabert Ballester, Para encontrar a Dios, 39-43,161-200; D. Vitali, Esistenza cristiana. El teólogo Juan Alfaro fue quien integró las virtudes teologales en el dinamismo de la existencia cristiana, cf. J. Alfaro, Esistenza cristiana; C. Aparicio Valls, «Juan Alfaro: dalle virtù teologali all’esistenza cristiana», 115-121.

54 Spes non confundit, 18.

55 Spes non confundit, 19.

56 Catecismo de la Iglesia Católica, 1817.

57 «Tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo alguno quieren vivir la vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida eterna les parece un más bien un obstáculo. Seguir viviendo para siempre —sin fin— parece más una condena que un don» (Benedicto XVI, Spe salvi 10).

58 San Ambrosio, De excessu fratris sui Satyri, II, 47: CSEL 73, 274.

59 Cf. San Agustín, Epistola 130 Ad Probam 14, 25 – 15,28: CSEL 44, 68-73.

60 Benedicto XVI, Spe salvi 12.

61 Benedicto XVI, Spe salvi 12.

62 Spes non confundit, 19.

63 Spes non confundit, 20.

64 Francisco, Evangelii gaudium, 36: «En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado».

65 Spe salvi, 2 y 4.

66 Hay que tener en cuenta que, para san Pablo, las afirmaciones sobre la esperanza, están siempre en el contexto de la apocalíptica judía y, por tanto, de la Parusía cristiana. Mientras que las afirmaciones sobre la fe, lo están en el contexto de la mística sacramental, que mira al misterio de la encarnación, de su primera venida. Esto es lo que da origen a las formulaciones del kerigma como 1 Cor 15,3-4, entre el pasado y el presente, cf. R. Ferrara, «La esperanza cristiana en las epístolas paulinas»: Teología 1 (1962) 78. Sobre la importancia de la confesión de fe paulina de 1 Cor 15,3-4, cf. J. Schmitt, «Résurrection de Jésus dans le Kérigme…».

67 Spes non confundit, 20.

68 Spes non confundit, 20.

69 Spes non confundit, 20.

70 El Papa expresa que durante el Jubileo haya una celebración ecuménica donde se ponga de manifiesto la riqueza del testimonio de estos mártires. La celebración correspondió el 14 de septiembre 2025, por el nuevo Papa León XIV, quién recordó, entre otros, la fuerza evangélica de la Hermana Dorothy Stang, comprometida con los «sin tierra» en la Amazonía; al Padre Ragheed Ganni, sacerdote caldeo de Mosul, en Irak; o al hermano Francis Tofi, anglicano, que dio la vida por la paz en las Islas Salomón.

71 Spes non confundit, 21.

72 Benedicto XVI, Spe salvi 41.

73 Spes non confundit, 22.

74 Spes non confundit, 22.

75 Benedicto XVI, Spe salvi 47.

76 Spes non confundit, 22.

77 Spes non confundit, 23.

78 Spes non confundit, 22. La indulgencia supone la idea de solidaridad entre los cristianos al haber sido insertos en Cristo y por Cristo por el Bautismo y por la Eucaristía, en una comunión entre los vivos y también entre los que peregrinamos en esta vida con los bienaventurados y los que necesitan purificación, de manera que la santidad de unos aprovecha para los demás, al modo de una comunicación «social» de la gracia.

79 Spes non confundit, 23.

80 Spes non confundit, 23. El Catecismo enseña que «La doctrina y la práctica de las indulgencias en la Iglesia están estrechamente ligadas a los efectos del sacramento de la Penitencia», y define su esencia: «La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos» (1471).

81 San Pablo VI, Carta apostólica Apostolorum limina, II.

82 Cf. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza.

83 La clave de la respuesta de la encíclica a la crisis de la esperanza está en este texto paulino, citado repetidas veces, cf. R. Blázquez, «Presentación de la encíclica “Spe salvi”», en J. García Rojo – J. R. Flecha (Coords.), Salvados en esperanza,15-23.

84 O. González de Cardedal, La raíz de la esperanza, 525.