MARY, WOMAN OF HOPE
Carmen ROMÁN MARTÍNEZ
Universidad de Loyola (Granada)
Resumen: En el contexto en el que vivimos de desesperanza y frustración se hace necesario reflexionar sobre las razones para vivir y testimoniar la esperanza en medio de la crisis y encontrar los motivos y las formas para dar razón de ella. En este horizonte, María de Nazaret puede ayudarnos a encontrar el camino de la esperanza. Ella no solo participa del cumplimiento de la promesa mesiánica, sino que su vida es un testimonio continuo de confianza plena, de fe incondicional y esperanza activa en el actuar de Dios, incluso en medio de la oscuridad. Su papel crucial desde la anunciación hasta la cruz, su presencia en medio de los apóstoles en pentecostés, hacen de ella una mujer testigo y peregrina de esperanza.
Palabras Clave: Espera, Mujer, Peregrina, Madre, Cruz, Alegría pascual.
Abstract: In the context in which we live, marked by despair and frustration, it is necessary to reflect on the reasons for living and bearing witness to hope in the midst of crisis, and to find the motives and ways to give reason for it. In this horizon, Mary of Nazareth can help us find the path of hope. Not only does she participate in the fulfillment of the messianic promise, but her life is a continuous testimony of complete trust, unconditional faith, and active hope in God's action, even in the midst of darkness. Her crucial role from the Annunciation to the Cross, her presence among the apostles at Pentecost, make her a woman who is both a witness and a pilgrim of hope.
Keywords: Hope, Woman, Pilgrim, Mother, Cross, Easter joy.
“Que la esperanza os tenga alegres; manteneos firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración” (Rom 12,12).
La invitación que Pablo hace a los Romanos en su carta, la toma el Papa Francisco para recordarnos algunos de los elementos claves que conforman la esperanza cristiana1. En un mundo donde la inmediatez se impone, el deseo de que las cosas sucedan ya, sin esperar pacientemente el momento de su crecimiento, hace que el ser humano viva en continúa agitación interior y exterior para lograr aquello que ansía. La paciencia a la que nos invita Francisco es aquella que viene del Espíritu, y, además, sabe padecer bien, mantiene viva la esperanza y conforma un estilo de vida2.
Vivimos tiempos convulsos donde el ser humano se siente cada día más vulnerable ante las amenazas que sacuden nuestro mundo, y de este modo miramos angustiados a un futuro sombrío. Parece que hemos perdido la esperanza. Pasamos de una crisis a la siguiente, de una catástrofe a la siguiente, de un problema al siguiente. De tantos problemas por resolver y de tantas crisis por gestionar, la vida se ha reducido a una mera supervivencia. En una situación así, solo la esperanza nos permitirá recuperar una vida en la que vivir sea más que sobrevivir. Ella despliega todo un horizonte de sentido, capaz de reanimar y alentar a la vida. Ella nos regala el futuro3.
Donde hay miedo es imposible la libertad. Miedo y libertad son incompatibles. El miedo puede transformar una sociedad entera en una cárcel, puede ponerla en cuarentena. El miedo solo instala señales de advertencia. La esperanza, en cambio, va dejando indicadores y señalizadores de caminos. La esperanza es la única que nos hace ponernos en camino. Nos brinda sentido y orientación, mientras que el miedo imposibilita la marcha. La esperanza nos abre los ojos a lo venidero, incluso la esperanza más íntima nace de la desesperación más profunda. Cuanto más profunda sea la desesperación, más fuerte será la esperanza4.
También san Pablo subraya que la negatividad, la crisis, el sufrimiento es inherente a la esperanza: Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. (Rom 5,3-5).
La esperanza supone un movimiento de búsqueda. Es un intento de encontrar asidero y rumbo. Quizá sea precisamente por eso que nos lanza hacia lo desconocido, hacia lo intransitado, hacia lo abierto, hacia lo que todavía no es, porque no se queda en lo sido ni en lo que ya es. Pone rumbo a lo que aún está por nacer. Sale en busca de lo nuevo, de lo totalmente distinto, de lo que jamás ha existido5.
En un contexto de desesperanza y frustración hay que reflexionar sobre las razones para vivir y testimoniar la esperanza en medio de la crisis. En otras palabras, para encontrar los motivos y las formas de dar razón de nuestra esperanza al que nos la pida (cf. 1 P 3,15).
En este sentido tenemos personajes que pueden ayudarnos a encontrar el camino de la esperanza en medio de la incertidumbre y la desesperanza, que nos guían en el camino de la vida hacia la meta. Benedicto XVI6 afirmaba que “la vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Jesucristo es el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza?”. María de Nazaret representa una figura singular: no solo participa del cumplimiento de la promesa mesiánica, sino que su vida es un testimonio continuo de confianza plena, de fe incondicional y esperanza activa en el actuar de Dios, incluso en medio de la oscuridad.
El Concilio Vaticano II, en la constitución Lumen Gentium7, nos dice que María “brilla como signo de esperanza cierta y de consuelo para el Pueblo de Dios todavía peregrino”. Esta afirmación sitúa a la Virgen no solo como madre de Cristo, sino como madre de los creyentes, testigo de la fidelidad divina y modelo de espera activa en la historia de la salvación. Hacer de María guía de nuestro caminar en la historia nos muestra como transitar en esperanza en medio de las situaciones y circunstancias que conforman la vida de todo ser humano, desde su nacimiento hasta su “cruz”.
2.1. La esperanza en la Anunciación: confianza sin certeza
Acercarnos a María como mujer de esperanza nos lleva al lugar y al espacio donde ella comienza a configurar su esperanza. Esperanza que nace de la escucha de la Palabra de Dios y de su aceptación incondicional a dicha palabra. Esperar que suceda no en clave de ingenuidad sino de apertura, convencimiento y seguridad en que lo dicho acontecerá. Ya desde el saludo del ángel María se convierte en un modelo con quién identificarse o compararse. Ella se abandona al mensaje del enviado celestial y confía en la Palabra de Dios, que obra maravillas. Quien, como María, lleno de confianza se abandona al Señor y se abre a su mensaje, va a experimentar de la misma manera en su vida la maravillosa fuerza de Dios.
En el relato de la anunciación narrado por Lucas, el evangelista hace de María el personaje central de este relato. En la escena combina dos formas de la narrativa bíblica: el anuncio de un nacimiento y la vocación de un profeta8. Ambos tipos de relato siguen una estructura literaria parecida, y ya en esta podemos apreciar la carga de esperanza que contienen.
En primer lugar, aparece el saludo del ángel o de un mensajero celestial, a continuación, viene la reacción de temor por parte del destinatario, a la que sigue una palabra de ánimo. En tercer lugar, se encuentra el anuncio en sí, que pone de manifiesto las intenciones de Dios. En un cuarto momento, la persona a la que va dirigido el anuncio pone sus objeciones, y finalmente, el relato termina con un signo del poder divino que da seguridad a la persona. La iniciativa parte de Dios, Él es el que llama, ofrece, envía, asiste, promete, da signos, y confía en el llamado hasta el punto de llenar de esperanza la llamada. Dios ha volcado su amor en María y el anunció que el ángel le comunica va a llevarla a un viaje existencial donde le tocará peregrinar en esperanza.
Las circunstancias de María, esta joven desposada con José, eran la de cualquier joven de su edad, en el contexto sociocultural y religioso del siglo I. Junto a una situación política aplastante bajo el dominio romano y una religiosidad motivada por la llegada del mesías esperado, la crisis formaba parte de la vida de cada día en esa pequeña población de Galilea9. En esta situación de marginalidad y en muchas ocasiones de exclusión social, la vida no estaba para fundamentarse en esperanzas vanas. La necesidad de libertad y liberación de la opresión romana alentaba la espera de un Mesías, liberador y esperanzador para todo el pueblo. Sin embargo, la esperanza que siempre está instalada en cualquier circunstancia de la vida quiere hacerse presente en esta pequeña población de Nazaret, por medio de una joven a quien se le va a comunicar un hecho extraordinario: ser la madre de quien trae la plenitud de toda esperanza.
Aún sin tener título relevante María es objeto de una mirada especial. Dios le envía su ángel apocalíptico, aquel que anuncia las decisiones últimas de Dios respecto al futuro de la historia: “yo soy Gabriel, el que está delante de Dios” (Lc 1, 19ª). El saludo de este mensajero “Alégrate” recuerda algunos textos veterotestamentarios que contienen esta palabra y exhortan a la alegría escatológica (Cf Is 6,10; Jl 2,21-23; Zac 10,7)10. Esa alegría genera una esperanza que pronto alcanzará su plenitud, por eso, María “se preguntaba qué significaría aquel saludo” (Lc 1,29). Un saludo que trae la propuesta de alegrase ante algo que por ahora es desconocido, pero a su vez, encierra una señal de novedad, ilusión contenida y esperanza. El “alégrate” encabeza el anuncio de la Buena noticia que se extenderá por todo el mundo. Según Lucas, la alegría es la respuesta a esa buena noticia que trae la salvación, a la irrupción de una nueva vida, a ese proyecto transformador de Dios. María es la agraciada, elle se ha convertido en el centro de toda esperanza, ha encontrado gracia ante Dios y tiene ante sí un futuro desconcertante: concebirás11.
María reacciona ante las palabras, se conmueve, se maravilla ante lo nuevo e incomprensible. Dios puede hacer cualquier regalo, superando todo lo imaginable. Gabriel ha revelado a María lo que va a acontecer en ella. Le confía una misión de parte de Dios: ser madre a través de tres acciones: concebirás en tu seno, darás a luz un hijo, le pondrás por nombre Jesús. El mensaje es interrumpido por una pregunta de María, situada en el centro de la perícopa: “¿Cómo será esto pues no conozco varón?” El “no conozco” de María está conectado en su condición, de virgen. Ella sólo está “desposada”, todavía no convive con José, y en sentido semítico no ha “conocido” varón. Pero la sorpresa de María va más allá y no sólo por la ausencia de varón sino por la imposibilidad de dar a luz a un hijo que “se le llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1,32-33).
El ángel del Señor responde a esa pregunta, María es destinataria privilegiada de un mensaje que es buena noticia para todo el pueblo. Le es revelado de este modo el plan de amor de Dios para con ella: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1,35).
Ante este acontecimiento, la fecundidad de Isabel, que era estéril, se convierte en un signo. La esperanza toma forma y María se declara “sierva del Señor” se autopresenta como la humilde sierva, acepta el plan de Dios no como respuesta a sus deseos, sino como aceptación al deseo de Dios. Y ahí nace la esperanza que durante la vida de Jesús sostendrá a María. Aceptar el proyecto de amor de Dios para con ella no siempre la llevará por senderos de luz, sino como veremos más delante de oscuridad, sufrimiento y cruz. La esperanza se hará prueba. María es llamada por Dios para una misión. Ella es la discípula que desde el comienzo acoge el Misterio de su Hijo en una actitud de obediencia, disponibilidad y aceptación12.
2.2. La Esperanza en camino
La actitud de María ante el proyecto de Dios no deja indiferente a nadie. Para una mujer de aquel tiempo ponerse en camino hacia la región montañosa de una población de Judá no debió ser un camino fácil (Lc 1,39). La prontitud, las prisas de María por compartir con su prima las novedades que ambas están viviendo en su propia existencia, la llevan por el itinerario de la esperanza. El encuentro de María e Isabel desembocará en la alabanza y la acción de gracias, por tanto don recibido13.
El episodio de la visita de María a Isabel está narrado según el modelo que aparece en 2 Sam 6,2-16 sobre el traslado del arca. En ambos relatos se suceden las manifestaciones de gozo, David y todo Israel “iban danzando delante del arca con gran entusiasmo” (v.5), como el niño en el seno de Isabel “empezó a dar saltos de alegría” (v. 41.44). El verbo “exclamar” es usado en sentido litúrgico cuando se alaba a Yahvé presente en el arca (cf. 1 Cron 16, 4.5.42). María es el arca de la nueva alianza, lugar de la presencia de Dios con nosotros. Cuando Dios visita a su pueblo, se instala en nuestra historia, la semilla de la esperanza germina en la vida del ser humano y le lleva a salir de sí mismo, de sí misma para compartirla con otros.
María percibe la invitación a salir de sí misma, de su pequeño pueblo, se siente llamada a vivir y transmitir esa esperanza que va creciendo en su interior. Ella quiere que se reconozca la noticia de ser portadora de la Gloria de Dios, de su Presencia. Lucas le da gran importancia al saludo que María dirige a Isabel (es mencionado tres veces Lc 1,40.41.44) y las reacciones que provoca: el niño salta de gozo en el seno de Isabel y ella misma queda llena del Espíritu Santo. El salto de gozo es para Lucas expresión del gozo de los tiempos mesiánicos. María es saludada en su nueva condición: Bendita entre las mujeres y “madre de mi Señor”. La proclama “bendita entre las mujeres” a causa de su fe en contraste con la incredulidad de su marido, Zacarías. El no creyó, María sí (Lc 1,20), por eso es bendita, como lo fueron en el antiguo Testamento Yael, la mujer de Jéber el quenita (Jue 5, 24) y Judit (Jdt 13, 18) por haber sido instrumentos de Dios14.
Al llamar Isabel a María “la madre de mi Señor” (v.43) está afirmando que María es la madre de aquel a quien Dios ha constituido Señor y Mesías. Y todo esto es en cuanto a creyente, figura de una verdadera discípula. “¡Dichosa tú que has creído! Que lo que ha dicho el Señor se cumplirá” (v 45). En María la esperanza se hace creíble, por eso la proclama Isabel feliz y bienaventurada.
María la creyente, la mujer del sí, es una persona llena de esperanza a través de un saludo que ha llenado de alegría profunda a Isabel y por creer que Dios hace lo imposible a los ojos humanos en aquel que cree. La voz, el saludo de María, transforma a Isabel y suscita la alegría y la esperanza de los últimos tiempos. Y es en este momento cuando María proclama cuál es el centro de su esperanza a través del Magníficat.
2.3. La esperanza anticipada
Toda la tradición de manuscritos griegos y todas las versiones, exceptuando unos pocos manuscritos latinos, atribuyen el Magníficat a María. Es el primero de los cuatro cantos (Magníficat, Benedictus, Gloria in excelsis, Nunc dimitis) que celebran la alegría del cumplimiento: Los encontramos todos en Lucas 1-2. Los cuatro cánticos están unidos por el tema de la alegría, del exultar de gozo por la presencia de la salvación que llena al pueblo de esperanza. Se cumple aquello que había sido prometido y que Israel había esperado con intensa esperanza. El cumplirse de la salvación hace estallar el canto15.
Lucas pone en labios de María este cántico y la presenta como portavoz de la esperanza de los pobres. La escena está ambientada en la casa de Zacarías (Lc 1,40) y constituye la respuesta de María a las palabras de Isabel. Los protagonistas son respectivamente María y el Señor. En el centro de la escena está solo ella, la madre-sierva del Señor, toda dirigida hacia Él. El movimiento de los vv. 46-50 se refieren solamente a María, mientras el segundo movimiento (vv. 51-55) se alarga al escenario más amplio de la historia de la humanidad, abarcando todo un pueblo (Israel) y a todas las generaciones16.
El canto de María es ahora el canto de los pequeños y de los pobres. Es Yahvé el que ha hecho proezas, y ha realizado una inversión de los valores y deseos humanos, como una lucha de contrarios donde los que siempre han “perdido” han hallado su ganancia a los ojos de Dios: ha dispersado a los soberbios, ha derribado a los poderosos, ha exaltado a los humildes, ha colmado de bienes a los hambrientos, ha despedido a los ricos y ha auxiliado a Israel.
En el Magníficat se da una relación temporal de pasado, presente y futuro. La intervención divina celebrada por María cumple aquello que Dios había anunciado a nuestros Padres. Aquello que Dios ha cumplido en el pasado, aquello que él cumplirá en el futuro y aquello que ha comenzado a obrar en María. Lucas presenta a los pobres como aquellos que dependen en todo del Señor y gritan a Él en su aflicción. María proclama por anticipado el Evangelio, la Buena Noticia que llena de esperanza a toda la humanidad, María proclama una esperanza anticipada. Todo lo que ha sucedido en la humilde esclava de Dios, se torna canto, alegría, se convierte en felicitación por todas las generaciones y es a su vez motivo de esperanza para el pobre, el que sufre, el que se lamenta. Situado el Magníficat, en los comienzos del evangelio, presenta un mosaico de tradiciones del Antiguo Testamento, que transforma, con la mirada puesta en Jesús, y la proyecta hacia en infinito17.
2.4. El nacer de la esperanza
El nacimiento de Jesús tiene lugar en medio de una movilización general que se produce en Israel, debido al edicto imperial de Cesar Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo en sus respectivos lugares de origen. La dinámica de la esperanza continúa, aunque los caminos por los que hay que transitar desconcierten.
En el relato del nacimiento de Jesús, María asume el centro de la acción: ella es la que da a luz a su hijo primogénito, la que lo envuelve en pañales y la que lo recuesta en un pesebre porque no había lugar para ellos en el alojamiento (Lc 2,7). Lucas les da una gran importancia a las dos últimas acciones de María, hasta el punto de que el ángel del Señor las presenta como el signo por el que han de reconocer a Jesús los pastores. Se trata de una triple situación inicial de Jesús que se repite al final de su vida: expulsado de la ciudad, envuelto en una sábana y reclinado en un sepulcro. Ello muestra que María también transitará el camino de la alegría al desconcierto, y del desconcierto y la oscuridad, al dolor.
El nacimiento del hijo de María es la gran noticia que debía esperar el pueblo de Dios. El ángel de Dios así se lo anuncia a los pastores, que se convierten en auténticos comunicadores. Al igual que María ellos se ponen en camino, tienen que buscar para encontrar y para ello se les da una pista, un signo. También María, después de recibir la buena noticia, hubo de ponerse en camino para contemplar el signo de Dios: una anciana estéril que había concebido. María y los pastores se apresuran en su camino. Los pastores se convierten en mensajeros de los ángeles, en portadores de revelación, María lleva la revelación en sí misma. Los pastores van a ver la palabra, y después de haber visto dan a conocer la palabra-acontecimiento, se convierten en testigos, en peregrinos de la esperanza18.
La reacción de María es replegarse hacia su interior, necesita reflexionar y orar lo extraordinario que está ocurriendo en su vida: “María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón”. (Lc 2,19). Entre los oyentes que escuchan, guardan y confrontan la palabra está María. Ella no necesita solo comprender a nivel de conocimiento, porque la esperanza genera sus propios conocimientos. María no atiende solo a lo que es, sino a lo venidero porque la temporalidad de la esperanza no es el haber sido, sino el futuro. Su modo de conocer es prospectivo19. Ella rumia la palabra, los acontecimientos en su esfuerzo por comprender el significado profundo de lo que ha vivido y lo que le han contado los pastores. Pero María no se contenta con escuchar la palabra, sino que la guarda en su corazón y espera. Esta referencia parece indicarnos el esfuerzo de fe que supone esta experiencia. Junto con los pastores y los que escuchaban asombrados su relato, aparecen distintas reacciones a la palabra de Dios. La virgen madre es el modelo de oyente profundo que cree que la esperanza es una pasión por lo posible.
Los episodios de la circuncisión e imposición del nombre al niño “pasados ocho días” y de la presentación de Jesús en el templo pueden considerarse como parte de la unidad literaria del nacimiento de Jesús (Lc 2,21-40). La primera visita al templo termina con dos personajes: Simeón y Ana. Simeón, hombre justo y piadoso que aguardaba el consuelo de Israel y que movido por el Espíritu testifica el destino del niño. Más tarde aparece una anciana profetisa, Ana, que hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Israel (Lc 2, 38).
Ambos personajes saben de la espera y la esperanza. Ambos ancianos, Simeón y Ana, esperan en el templo el cumplimiento de la promesa que Dios ha hecho a su pueblo: la llegada del Mesías. Pero no es una espera pasiva sino llena de movimiento. Simeón bendice a Dios con un himno: el “Nunc Dimitis”. En él canta la salvación de Israel, cántico de la promesa cumplida, de la esperanza realizada. Los padres estaban maravillados por lo que se decía del niño. Simeón los bendice y anuncia a la madre que estará vinculada con el destino de su hijo. Aquel en quien viene a cumplirse la promesa de la elección de Dios es también “signo de contradicción”, objeto de acogida y de rechazo por parte de Israel. Estas palabras anticipan el destino de Jesús, al que está unida María: “y a ti misma una espada te atravesará el alma” (Lc 2, 35). La espada en lenguaje bíblico evoca la Palabra de Dios (cf Is 49,2; Sab 18,15, Ap 1,16, Heb 4,12). La palabra está presente como “luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,32). La espada que atravesará el corazón de María será la palabra de Dios, que se hace presente en su hijo Jesús, palabra que no le ahorrará el esfuerzo de creer, de guardar y meditar acontecimientos y palabras. La misión de María aparece asociada a la de su hijo20. Ana también espera a sus ochenta años, ver al niño y celebrar al Dios de Israel. Dedicada a la oración reconoce precisamente en Jesús, que el Señor ha redimido a su pueblo, y se lo cuenta a los demás, difundiendo generosamente la palabra profética.
El Evangelio de la infancia se cierra con el episodio de la presencia de Jesús, con 12 años en el templo. Lucas presenta el relato como revelación del Hijo, que se toma en serio la voluntad de su Padre: “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2, 49). Jesús se auto proclama “Hijo de Dios Padre”. La intención del evangelista parece ser representar en la narración el anuncio de la Pascua: el lugar es Jerusalén, después de tres días de pérdida, angustia y dolor y la falta de comprensión de los padres. “Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2,51). María es la creyente, el modelo de fe en la relectura pascual de la iglesia naciente. Ella aguarda en un silencio sonoro atenta a descifrar el sentido de todo lo que acontece21. El evangelista pone de relieve el itinerario progresivo de María. Ella peregrina de la fe y de la esperanza sabe bien que esta no defrauda, aunque con el paso del tiempo será puesta a prueba cuando escuché que el hijo está “loco” y lo vea morir en una cruz.
Uno de los momentos que María probablemente guardaba más profundamente en su corazón en relación a su hijo fue cuando se decía de él que estaba fuera de sí, que estaba loco y la respuesta de Jesús a la búsqueda de su familia conlleva una afirmación que tal vez sus parientes no comprendan y que a María le produce una punzada de dolor.
La escena es grabada por los tres evangelios sinópticos, aunque con matices. Marcos habla de los familiares de Jesús en general, el clan familiar que no lo reconoció hasta después de la resurrección, sin especificar algunas posturas particulares que podrían ser distintas, como la de María22. Otros evangelistas, como Mateo y especialmente Lucas, mejorarán la presentación de esta tradición, colocándola en un contexto más positivo y omitiendo la información que da Marcos en 3,20-21.
Mt 12,46-50 |
Mc 3, 20-21.31-35 |
Lc 8,19-21 |
20Llega a casa y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer. 21Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí. |
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46Todavía estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él. 47Uno se lo avisó: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». 48Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». 49Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. 50El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre». |
Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. 32La gente que tenía sentada alrededor le dice: «Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». 33Él les pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». 34Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. 35El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre». |
19Vinieron a él su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él. 20Entonces le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte». 21Él respondió diciéndoles: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». |
3.1. Des-esperanza entre los suyos
El doble relato de Marcos cuenta la vuelta a casa de Jesús23 y el encuentro con sus familiares a modo de sándwich. Se inicia un tema (Mc 3, 20-21), se introduce y desarrolla luego otro que está relacionado con el precedente (Mc 3, 22-30), y se recupera o completa finalmente el primero (Mc 3, 31-35). De esa forma se destaca, ya en un plano narrativo, la unidad que hay entre ambos, pues plantean el tema de la familia24. El pueblo viene en busca de Jesús y lo rodea hasta el punto de no dejarle siquiera comer. Lo oyen sus familiares y vienen a su encuentro para llevárselo a la fuerza con ellos, «pues decían: “Está fuera de sí”». El texto es ambiguo y no queda claro quién decía que Jesús estaba loco, si la gente o sus familiares25. En ambos casos la reacción de la familia es la misma: vienen a llevárselo a la fuerza con ellos a Nazaret, no porque no le dejen ni comer, sino por la acusación de que ha perdido la cabeza y actúa como un falso profeta, en cuyo caso la familia está obligada a hacerle entrar en razón.
2Si surge en medio de ti un profeta o un visionario soñador y te propone: “Vamos en pos de otros dioses —que no conoces— y sirvámoslos”, 3aunque te anuncie una señal o un prodigio y se cumpla la señal o el prodigio, 4no has de escuchar las palabras de ese profeta o visionario soñador; pues el Señor, vuestro Dios, os pone a prueba para saber si amáis al Señor, vuestro Dios, con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma. 5Debéis ir en pos del Señor, vuestro Dios, y a él temeréis; observaréis sus preceptos y escucharéis su voz, le serviréis y os adheriréis a él. 6Y ese profeta o visionario soñador será ejecutado por haber predicado la rebelión contra el Señor vuestro Dios, que os sacó de la tierra de Egipto y os rescató de la casa de esclavitud, y por intentar desviarte del camino que te mandó seguir el Señor, tu Dios. Así extirparás el mal de en medio de ti. 7Si tu hermano, hijo de tu madre, tu hijo o tu hija, o la mujer que se recuesta en tu seno, o tu amigo del alma te incita en secreto diciendo: “Vamos y sirvamos a otros dioses” —que ni tú ni tus padres conocéis, 8entre los dioses de los pueblos que os rodean, cercanos a ti o distantes de ti, de un extremo al otro de la tierra—, 9no accederás ni le escucharás; no te apiadarás de él, no te compadecerás de él ni le encubrirás, 10sino que le darás muerte; tu mano será la primera contra él para hacerlo morir, y después la mano de todo el pueblo. 11Lo apedrearás hasta que muera, porque intentó apartarte del Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud. 12Así todo Israel lo oirá y temerá, y no volverá a cometerse un mal como este en medio de ti. (Dt 13,2-12).
La religión judía se define por su fidelidad al entramado de leyes y principios sociales que van configurando la vida del pueblo, identificándolo hacia dentro y separándolo de todos los pueblos de la tierra. Religión y casa (estructura familiar, tradición) se igualan en la perspectiva israelita. Por eso los familiares tienen el derecho y la obligación de “encauzar” a quien desvía su camino, llevándolo al hogar de las sacralidades anteriores26.
Esta breve nota recoge la tradición según la cual su familia no reconoció a Jesús. Marcos la emplea y coloca aquí para mostrar un primer tipo de respuesta popular a la actuación y misión de Jesús. Es precisamente su familia los primeros en no comprender la acción de Jesús. En su brevedad, el texto sugiere que se ha dado un cambio radical en su estilo de vida desde que dejó la vida oculta de Nazaret27. Marcos es el más duro de todos los evangelios a la hora de presentar la relación de Jesús con su familia. También Juan apoya el tema central de esta historia, diciendo que los hermanos de Jesús no creían en él (Jn 7,3-5). Jesús ha puesto en peligro la estructura fundante de la casa patriarcal, donde se vive en tradición, en respeto a los valores sanos del entorno israelita. Ya no le acusan los escribas de lejos, argumentando en nombre de leyes que rigen la estructura religiosa de Jerusalén (cf. Mc 3, 22), sino los propios familiares con la madre (Mc 3, 31). Esta escena descrita por Marcos para hacer reflexionar a la comunidad cristiana nos habla también de manera indirecta sobre el sentido de la madre de Jesús, cuya excelencia no radica en la sangre, sino en la elección y en su respuesta total a la persona de su hijo28.
Sin embargo, en este momento donde no se nombra a María, pero se nos dice que Jesús está de vuelta a casa, y en la escena siguiente aparece con su familia, podemos deducir que se encuentra entre los familiares de Jesús, y ella siente miedo de los rumores sobre su hijo. Y donde hay miedo es imposible la libertad, ya que ambos son incompatibles. El miedo solo instala señales de advertencia, mientras que la esperanza va dejando indicadores y señalizadores de caminos. Nos brinda sentido y orientación, mientras que el miedo imposibilita la marcha29. La incomprensión de María le hace temer en el hijo, en su situación personal, en aquellas palabras que enseña al pueblo y que tienen reminiscencias de lo que ella intuyó en el principio, cuando el ángel se acercó a visitarla. Pero todo ha cambiado ¿será está una señal? ¿habrá que seguir esperando? María irá comprendiendo en su peregrinación que ser madre de Jesús, conlleva también adherirse a su proyecto y ser su discípula.
3.2. Ser familia en esperanza
Respondiendo a sus familiares, Jesús afirma que el fundamento de las relaciones filiales y fraternas con él, lo que realmente crea su familia, no es la carne, sino el hacer la voluntad de Dios. De este modo Jesús se manifiesta como conocedor de la voluntad del Padre y declara que ésta es el motivo que lo mueve y del que nadie, ni sus familiares según la carne, lo apartarán.
Marcos responde a la acusación de los familiares con este pasaje de institución, que incluye elementos de paradigma (relato ejemplar) y controversia familiar. Jesús constituye su familia mesiánica a partir de la voluntad de Dios. Su mensaje ha de entenderse desde el texto anterior: en la Iglesia hay lugar para nuevos esquemas familiares. Antes de responder, Jesús pregunta: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Parece que todos deberían conocer lo que implica el verdadero parentesco: el tema tendría que estar claro, pues se sabe lo que son madre y hermanos.
Pero Jesús contradice esa certeza y lo que parece evidente no lo es. Lo que se da por descontado debe cuestionarse. Por eso, Jesús no comienza afirmando nada, no parte de una seguridad, sino de una cuestión: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Pregunta así para decirles que piensen mejor lo que le han dicho, al afirmar que “su madre y sus hermanos han venido”; quiere que piensen lo que implica la familia, ser familia. Su pregunta sirve para superar las certezas anteriores de la historia israelita. Por encima de los principios de vinculación familiar, del cumplimiento de la ley nacional y de la circuncisión, está el “cumplimiento de la voluntad de Dios”, es decir, el mensaje del evangelio.
La nueva familia de Jesús está formada por aquellos que se sientan en su entorno y cumplen la voluntad del Señor (superando ley y genealogía israelita). Por fidelidad a una familia más extensa y profunda de hermanos y hermanas, Jesús ha roto el nivel de la vieja familia intra-judía; su misión desborda los muros de la identidad israelita y así lo indica en palabra que constata, razona y crea30: “¡Estos son mi madre y mis hermanos! Pues quien cumpla la voluntad de Dios ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3, 33-35).
Jesús no ha venido a confirmar lo que ya existe, sino a proclamar y realizar lo nuevo, reino de Dios sobre la tierra (Lc 1, 14-15), construyendo la familia mesiánica. Según eso, Jesús no está solo. A su lado hay hombres y mujeres que le buscan, le escuchan y acompañan, realizando su camino. Porque ellos están a su lado, él puede decir esta palabra de nuevo nacimiento compartido. Siendo palabra que muestra, argumenta y engendra. En el camino que lleva de la muchedumbre desarticulada (okhlos de Mc 2, 20) a la familia mesiánica de madres y hermanos, se gesta la comunidad eclesial. Quedan fuera los escribas, pues no aceptan el modelo de Jesús. Quedan a la puerta los parientes, pues deben superar el judaísmo genealógico. Sin la protección de la ley y familia nacional, Jesús y sus amigos han de juntarse en una nueva casa edificada desde el más hondo. María, madre de los creyentes, de la nueva comunidad familiar de su hijo tendrá que continuar vislumbrando la esperanza que va creciendo en el camino de la fe.
3.3. Una esperanza festiva
Para algunos, la boda de Caná (Jn 2,1-11) juega en cierta manera el papel de obertura dentro del evangelio de Juan, que anuncia el tema fundamental que el evangelio irá desarrollando, y es también el primero de los llamados signos que realiza Jesús en este evangelio. En este breve relato se captan en seguida una serie de elementos, que invitan a la transposición o simbolismo: la boda, la hora, el tercer día, las seis tinajas de piedra, la purificación de los judíos, la carencia de vino, el llenar las tinajas vacías hasta arriba, la Madre de Jesús, y la frase: “haced lo que él os diga”.
El primer personaje que se nos presenta es la madre de Jesús (v. lb). La elección de este personaje indica que puede tener un papel importante que jugar en el relato. En la celebración le acompañan su hijo y los discípulos (v. 2). La escena se nos presenta de este modo: un grupo de gente encabezado por la madre de Jesús se ha reunido para la celebración de una boda “al tercer día”.
La acción iniciada por la madre de Jesús (vv. 3-5) es atraer la atención de su Hijo sobre un hecho que el narrador ya ha comentado: no quedaba vino (v. 3). María se encuentra con una doble respuesta cortante de Jesús, que puede acabar con la “fiesta” para ella. Jesús le pregunta, “Mujer, ¿qué tienes que ver conmigo?” (v. 4b). Ha habido muchos intentos de suavizar esta réplica, pero en todo caso no es el tipo de respuesta que esperamos que un hijo de a una madre. Además, Jesús la llama “mujer”, y su pregunta establece una distancia entre su madre y él mismo. A continuación, hace una afirmación que indica que la vida de Jesús está marcada por una secuencia de acontecimientos que le conducen a una “hora”: “Aún no ha llegado mi hora” (v. 4c). Es la primera referencia a un tema que se desarrollará según se va desplegando el relato. La hora de Jesús es un acontecimiento que tendrá lugar en la esfera humana, una parte de la historia del Señor que “aún no” ha sucedido. Esto provoca una tensión. Sin embargo, pese al reproche, la madre dice a los sirvientes que hagan lo que él les diga (v. 5)31.
María con una confianza incondicional en la eficacia de la palabra de Jesús da instrucciones a los servidores. Es la primera persona de la narración que muestra, en el nivel de la acción del relato, que responder correctamente a la presencia de Jesús consiste en confiar en su palabra. Ella confía totalmente, incluso ante el aparente rechazo y reproche, en la eficacia de la palabra de Jesús. El narrador crea el escenario para la siguiente sección (vv 6-10) con una notable descripción de unas tinajas (v. 6). Hay seis, una menos para lograr el número perfecto de siete. Se trata de tinajas muy grandes, con capacidad para unos ochenta y nueve litros. De tal cantidad de agua saldrá una buena cantidad de vino. El problema planteado por la madre está a punto de resolverse. El agua de las tinajas, utilizada para los rituales judíos de purificación, se transformará en un signo (v. 11); en él y a través de él se revelará la gloria del Hijo32.
La madre de Jesús había dicho a los sirvientes que hicieran lo que él les dijese. Jesús les dice lo que tienen que hacer (v. 7a) y ellos obedecen. El mandato de la madre se ejecuta perfectamente: Jesús les dice que llenen las tinajas de agua y los sirvientes las llenaron hasta el borde. No se nos cuenta cómo se transformó el agua en vino, pero Jesús da un segundo conjunto de instrucciones, de nuevo en discurso directo (v. 8), para que sacaran el líquido de las tinajas y llevaran lo que habían sacado al maestresala. Una vez más, hacen exactamente lo que se les dice. La orden de la madre, es decir, la esperanza plena de María de que la palabra de Jesús iba a convertirse en acontecimiento, sucede. El maestresala prueba el agua convertida en vino. No conoce el origen del vino, pero los sirvientes sí. Ellos habían echado el agua y saben que el vino es el resultado de una cadena de respuestas o reacciones a una serie de “palabras”: la palabra de la madre sobre la palabra de su hijo (v. 5) y las dos palabras de Jesús (vv. 7-8).
La importancia de aceptar la “palabra” de Jesús es un tema crucial. Se llama al novio y se le pide que explique la extraña aparición del vino excelente precisamente cuando la celebración está terminando (vv. 9c10). Al novio solamente se le habla; no juega ningún papel activo en el relato. Las palabras del maestresala implican que el novio es responsable de esta considerable cantidad de vino excelente. La siguiente vez que aparece un novio en el relato evangélico (cf. 3,29) será en las palabras de Juan el Bautista, que presenta a Jesús como el novio y a sí mismo como el amigo del novio33.
Al comienzo, se le dijo a la madre de Jesús que la hora no había llegado aún. El maestresala parece pensar que sí, pues dice al novio, que ha suministrado el vino, que ha conservado el vino nuevo hasta ahora. Pero Jesús dijo al comienzo del relato que aún no había llegado la hora. A pesar de lo extraordinario que puede haber sido el don del vino, el relato más amplio sobre Jesús nos hace ir más allá de esta narración particular. Se trata de un momento importante, pero no es el momento final de la revelación de Jesús.
La fe incondicional de la madre de Jesús en la palabra de su hijo inicia una serie de acontecimientos que conducirán a la revelación de la gloria de Dios. Lo que Jesús dijo se hizo y su gloria se manifestó como consecuencia de una aceptación ilimitada de su palabra. Pero habrá una “hora” en el futuro cuando esta revelación llegue a su consumación final. La madre de Jesús, la mujer, regresará en aquella “hora” (cf. 19,25-27).
La Palabra, desde los comienzos de la historia de Israel, era Jesús (1,1). La boda de Caná es la entera vida de Jesús, que con la llegada de los últimos tiempos brinda al mundo el vino mejor de sus dones.
Las bodas de Caná están en función de un grandioso proyecto teológico. La excesiva cantidad de vino, surgida de unas tinajas de piedra supuestamente vacías, y previamente llenadas hasta arriba de agua, significa la abundancia y riqueza de la nueva economía de la salvación que, siguiendo las promesas futuras de la antigua, se va a realizar en forma de boda. En el conjunto del evangelio la perícopa expresa la entera obra de Jesús. Caná adelanta y preanuncia todo lo que va a ser el evangelio. María anticipa la hora de su hijo para testimoniar que ella estará junto a él en la hora definitiva, donde la esperanza se manifestará en la nueva vida que inaugura Jesús.
En todo el recorrido que hemos realizado por la vida cotidiana de María, llega tal vez el momento crucial en la vida de Jesús y en la vida de su madre. Ella desde la cuna hasta la cruz mantiene la fe en su hijo, una fe esperanzada, aunque lo que sus ojos están contemplando no la llevan a ello. ¿Es posible creer, esperar cuando todo está perdido? La esperanza espera incluso más allá de la muerte, afirmaba Han. La andadura del pensamiento esperanzado no es el “adelantarse hacia la muerte”, sino el adelantarse hacia el nuevo nacimiento. La clave fundamental de la esperanza es la venida al mundo como nacimiento34.
En la escena de la crucifixión de Jesús en el evangelio de Juan se han conservado ciertas tradiciones particulares, pero en líneas generales ha seguido el mismo esquema que los evangelios sinópticos: La salida hacia el Gólgota, el título de “rey” sobre la cruz, el reparto de los vestidos, la presencia de las mujeres, el vinagre como bebida y la muerte. Sin embargo, los episodios de la pasión han sido revividos con la profundidad que caracteriza a la mirada de Juan35.
El evangelista tras narrar la crucifixión (Jn 19,16b-18), y anotar los pormenores del título del Crucificado (Jn 19, 19-22), de lo que ocurrió con sus ropas (Jn 19, 23-24), da su última encomienda (Jn 19, 25-27) y seguidamente se relata su muerte (Jn19, 28-30). Todo esto se entreteje con el cumplimiento de la escritura que marca los acontecimientos del Gólgota36. El narrador es breve y sugerente. Sin haber sido despojado de las insignias reales, Jesús sale de la ciudad. Nada se cuenta de la sangrienta ejecución, sino que crucificaron con él a “otros dos” (Jn 19,18).
Después del reparto de las vestiduras (Jn 19,23s), Juan nos presenta una escena entrañable en la que aparecen junto a él, en el momento más duro de pasión y muerte, donde todo puede parecer perdido, su madre y el discípulo amado. La escena está estructurada en tres partes: una introducción (v.25), una parte central (v.26-27ª) y una conclusión (v. 27b). La madre de Jesús aparece en las tres partes mientras que el discípulo amado solo se haya presenta en la central y en la conclusión. El leit- motiv o binomio de esta escena está en la madre/discípulo.
25Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.26 Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».27 Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora la acogió en su casa (Jn 19,25-27).
Ya en este pasaje y en línea con la tradición sinóptica (cf. Mc 15,40s; Mt 27,55s; Lc 23,49; cf. Lc 8,3) se refiere Juan a las mujeres que estaban junto a la cruz. La novedad que presenta el relato de Juan con respecto a los otros relatos evangélicos es la presencia del discípulo amado, que volverá a ser mencionado en la sección siguiente (Jn 20,20). Respecto de qué mujeres estuvieron presentes en la crucifixión de Jesús, las tradiciones neotestamentarias no son uniformes.
Lo que nos cuenta Juan es que junto a Jesús estaba su madre junto a un grupo de mujeres. María se haya ante su hijo, ese hijo de quien el ángel había anunciado grandes títulos (Lc 1,32), ese niño a quien Simeón y Ana estaban esperando porque sería el salvador de la humanidad (Lc 2,25-38). Ahora las palabras de Simeón se vuelven certeras: “y a ti una espada te atravesará el alma, para que se ponga de manifiesto los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2;35).
Jesús se dirige a ella y al discípulo amado que aparece por primera vez en la mesa, durante la última cena (Jn 13,22) y ahora lo encontramos al pie de la cruz. Más tarde lo encontraremos como testigo del sepulcro vacío del resucitado (Jn 20,2-8) y en el mar de Galilea, anunciando a Simón que es el Señor (Jn 21,7). El discípulo amado es el testigo atento de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Nunca es identificado por su nombre, es una persona colectiva, así como lo es la madre-mujer. El discípulo que Jesús amaba es la comunidad que testimonia y celebra los momentos más importantes de la “hora de la glorificación” de Jesús, ahora. Jesús ve a la mujer y al discípulo. Ellos necesitan unirse y recibirse uno al otro37. A su madre, Jesús le descubre un nuevo “hijo”: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y al discípulo: “ahí tienes a tu madre”. Parecen antiguas fórmulas de adopción como se ve en el Salmo 2,7: “El Señor me dijo, Hijo mío eres tú” o “Tómala desde ahora según la Ley, porque tú eres su hermano, y ella es tuya” (Tob7,12), aunque como afirma Brown38, bien puede tratarse de una fórmula de revelación. En 5 ocasiones se hace referencia a María como la madre de Jesús, en unas ocasiones aparece como posesivo y otras con artículo. Ella es testigo de la cruz de Jesús, la que acepta a Juan como hijo y la continuadora del amor del Señor por la humanidad39.
Jesús no deja a su madre en el desamparo. El discípulo acepta y asume lo que el Señor ha dispuesto: “desde aquella hora, el discípulo se la llevó a su casa”.40 Jesús tiene el deber de velar por su madre: “¡Honra a tu padre y a tu madre!”. Como hijo de María, él es responsable de mantenerla y enterrarla. Pero ahora esto se ha tornado imposible para él, por eso hace, al discípulo que ama, su sucesor.41 Jesús no solamente deja su madre al discípulo, sino que se dirige en primer lugar a ella. Si hubiera querido preocuparse únicamente del futuro de María, habría bastado con decir al discípulo: “He ahí a tu madre”. Al dirigirse en primer lugar a la Virgen, Jesús intenta poner de relieve ante todo la tarea que está a punto de confiarle. En efecto, la atención prioritaria que Jesús concede a la madre se ve también confirmada por el título solemne de mujer con que Jesús se dirige a ella, como en Caná (Jn 2,4). Este apelativo no es raro en la lengua griega. Especialmente en el cuarto evangelio Jesús lo utiliza tres veces: para la samaritana (Jn 4,21), para la adúltera (Jn 8, 10) y para María de Magdala (Jn 20,15). El vocativo “mujer” aplicado a María puede denotar la voluntad del evangelista de comparar a María con Eva, y así María, la nueva Eva es llamada a ser la madre de los creyentes, de los que reciben la vida por Jesús. María está presente en la nueva comunidad mesiánica como madre y como mujer, tanto en el momento en el que esto es anunciado (Jn 2,1-11) como en el momento en el que lo anunciado se vuelve realidad (Jn 19,25-27). La madre de Jesús es acogida por el discípulo amado no sólo en su casa, sino en el espacio interior creado por su relación con Jesús. El discípulo amado la acoge como su madre en la fe, él la recibe como suya, porque lo “suyo” del discípulo es la fe. María se convierte así en la esperanza de todos los creyentes en la esperanza de la Iglesia42.
Podemos recordar aquí las palabras de Benedicto XVI en Spe salvis:
Recibiste entonces la palabra: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26). Desde la cruz recibiste una nueva misión. A partir de la cruz te convertiste en madre de una manera nueva: madre de todos los que quieren creer en tu Hijo Jesús y seguirlo. La espada del dolor traspasó tu corazón. ¿Había muerto la esperanza? ¿Se había quedado el mundo definitivamente sin luz, la vida sin meta? Probablemente habrás escuchado de nuevo en tu interior en aquella hora la palabra del ángel, con la cual respondió a tu temor en el momento de la anunciación: «No temas, María» (Lc 1,30)… ¿Acaso había terminado antes de empezar? No, junto a la cruz, según las palabras de Jesús mismo, te convertiste en madre de los creyentes (SS 50).
Como resultado del levantamiento de Jesús en la cruz, el discípulo amado y la madre se hacen uno. El discípulo conduce a la madre. La situación descrita en el prólogo, cuando la Palabra vino, pero no fue recibida ha sido invertida. A causa de la cruz y desde el momento de la cruz, ha sido creada una nueva familia de Jesús. La madre de Jesús, modelo de fe, y el discípulo a quien Jesús amaba y mantuvo cerca de sí mismo, son uno al aceptar el discípulo a la madre y reconociendo incondicionalmente la palabra de Jesús43. Hay una muerte que produce soledad, que encierra al que sobrevive en un desgarro de mutismo, impotencia y abandono. Sin embargo, la muerte de Jesús sella la unión de aquellos que podían encontrarse antes perdidos, enfrentados, separados.
María es, de esta manera, la mujer de la “hora”. La “mujer” que hace que la “hora” para Jesús se haga realidad, es la “mujer” que vivencia y genera el acontecimiento clave para el discípulo amado, cuando ella lo “recibe” como don del amor de Dios y como fruto de la entrega del Hijo, Jesús. Después de Caná, Jesús, la madre, los hermanos y los discípulos se encontrarán unidos en Cafarnaún. Ahora, a los pies de la cruz, queda sellado un pacto, firmado con la sangre del Hijo. La casa del discípulo será, para siempre, la casa de la madre-mujer. La última voluntad del crucificado es que la Iglesia permanezca unida alrededor de una misma madre, así como lo va a estar de un mismo Padre. Hermanos no sólo porque tenemos el mismo Padre, sino también hermanos porque tenemos la misma madre. Hermanos porque tenemos el mismo Espíritu44.
Es evidente que María ha culminado su maternidad mesiánica. María pierde a su hijo para sí (en forma cerrada) y lo ofrece para todos, en gesto de solidaridad creadora. María está en pie, respetando la entrega de su hijo en favor de todos los hombres. Jesús, desde la cruz, marca a su madre el nuevo camino de la vida: ella ha de encontrarle en el grupo de sus discípulos, iniciando con ellos un nuevo tipo de existencia. Así María junto al discípulo amado reciben el misterio del Espíritu, la fuerza y vida del nuevo nacimiento, como familia mesiánica de Cristo. Por eso, el texto dice que Jesús “inclinada la cabeza, entregó el Espíritu”. Los dos, madre y discípulo, tienen que acogerse porque así lo quiere el Cristo. Su palabra les vincula en un misterio de nuevo nacimiento abriendo a la esperanza a toda la humanidad.
“Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hch 1,14).
Después de la Ascensión de Jesús al cielo, Lucas nos relata en el libro de los Hechos, la situación de los discípulos a la espera de la venida del Espíritu. El grupo de los apóstoles se reduce a once; pues Judas, ya no está entre ellos y unos versículos más adelante el autor narrará su muerte (Hch 1,18ss). El texto señala que junto a los apóstoles se encontraban algunas mujeres (cf. Lc 23,49). Resalta especialmente la presencia de María, la madre de Jesús y añade la mención de los hermanos del Señor (cf. Mt 12,46). María es la única mujer señalada con su nombre. La figura de María, especialmente en el evangelio de Lucas, cobra un papel importante. Ella es crucial en la Encarnación y el nacimiento de Jesús (Lc 1,26-38; 2,1-20), por eso el libro de los hechos la sitúa también en el cenáculo junto a los apóstoles, el ámbito del nacimiento de la Iglesia, en Pentecostés (Hch 1,14: cf. 2,1-4)45.
María ha sido el testigo privilegiado de la intimidad del Señor (Lc 2,19), como también las mujeres (Lc 24,5-11) y los apóstoles (Lc 24,36-49) han sido testigos de la resurrección. El relato acentúa el sentimiento de unidad y la actitud orante que envuelve a quienes se encuentran en el cenáculo: la unidad (2,42.46; 4,24; 5,12; 15,25) y la vida de oración (2,42.46; 6,4; Rom 12,12) son las notas con que Lucas caracteriza a la primera comunidad cristiana; y en consecuencia son la clave para que más tarde en medio de las múltiples dificultades la comunidad no desfallezca y mantenga en alza la esperanza46.
En perspectiva semejante se ha movido el autor de Lc-Hechos. El ha descubierto que María es la primera de aquellos que escuchan la palabra y la cumplen (Lc 8,21). Por eso la sitúa en el comienzo de la Iglesia, con el resto de los fieles, los apóstoles, mujeres y parientes de Jesús (Hch 1,14). Ellos constituyen: la primera comunidad de hermanos y hermanas (Hch 1,15). Por eso, María se presenta, al menos implícitamente, como hermana dentro de la Iglesia. Su ánimo maternal la ha conducido al seno de la comunidad creyente y allí ha completado su jornada, en medio de los otros hermanos creyentes. María con su nueva presencia en medio de los discípulos, los orienta hacia el futuro, hacia el cumplimiento de lo anunciado por Cristo. Toda la esperanza de la Iglesia, en aquel pequeño grupo germinal, se anclaba en el corazón de María, convirtiéndose para todos en signo de consuelo y esperanza segura47.
La esperanza de María en el Cenáculo es una certeza, ante todo, la certeza de la promesa del Hijo que el pequeño grupo de discípulos consternados por lo que habían visto, esperaban la acción del Espíritu en ellos. María ha compartido con los discípulos la actitud que la ha mantenido como peregrina de la esperanza toda su vida, permanecer en la fe a la voluntad del Señor, en cualquier situación, incluso en las más contradictorias. María se ha convertido en escuela de esperanza.
La presencia de María anuncia siempre nuevos y definitivos comienzos: el comienzo de una nueva etapa de la historia y la familia humana, de la comunidad portadora del mensaje del reinado de Dios y de la pascua de Jesús. Ella, María, es principio de humanidad nueva, mujer de la Palabra y del Espíritu, llena-de-gracia, creyente discípula de Jesús y principio de la comunidad eclesial y de su misión en el mundo.
Podemos volver nuestros ojos a María, a la que Isabel calificó como bienaventurada, como dichosa por haber creído que lo que había dicho el Señor se cumpliría (Lc 1,45). En ella podemos redescubrir y seguir la luz de la esperanza que se nos revela en las bienaventuranzas que recoge el evangelio de Mateo (Mt 5,1-12): María es esperanza para los que tienen ese espíritu de pobres, que los lleva a poner su confianza solamente en Dios, para los mansos y humildes de esta tierra, que han renunciado a la violencia y tratan cada día de convertir el servicio a los demás en el lema de su vida. María es esperanza para todos los que sufren y lloran, para todos los afligidos, para todos aquellos que tienen hambre y sed de la justicia. María es esperanza para los misericordiosos y compasivos, para todos los que han remado contra corriente en un mundo marcado por el individualismo y la indiferencia, por el egoísmo y la insolidaridad. María es esperanza para los que conservan un corazón limpio en medio de nuestro mundo, para los que se esfuerzan en promover la paz y la armonía, en un momento tan crucial de nuestra historia. María es esperanza para todos los que son perseguidos, convirtiéndose en medio de ellos en peregrina de la esperanza.
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1 Francisco, La esperanza no defrauda nunca, Mensajero, Bilbao 2025, 16.
2 Francisco, Spes non confundit, Bula de convocación del Jubileo ordinario del año 2025, 9 de mayo de 2024.
3 B. C. Han, El espíritu de la esperanza: contra la sociedad del miedo, Herder Barcelona 2024, 7.
4 No es casualidad que, en la mitología griega, Elpis, la diosa de la esperanza sea hija de Nix, la diosa de la noche. Cf. B. C. Han, El espíritu…8.
5 B. C. Han, El espíritu…. 9-11.
6 Benedicto XVI, Spes Salvi, n.49.
7 LG, n. 68.
8 S. García, Evangelio de Lucas, Desclée De Brouwer, Bilbao 2012, 53-55.
9 Galilea era una parte del territorio gobernado por Herodes Antipas, en calidad de tetrarca vasallo de Roma. Como su padre, Herodes el Grande, utilizó la política urbanística para introducir, los valores de la romanización. El proceso de urbanización herodiano transformó el paisaje físico, social, político y económico de la zona. Desarrolló formas de vida y de producción que entraban en colisión con los valores tradicionales del campesinado galileo y creaban un abismo entre la élite propietaria y los campesinos, transformando el sistema de relaciones y con un nivel de subsistencia constantemente amenazado. (Cf. C. Bernabé Ubieta, “El reino de Dios y su propuesta desde la marginalidad creativa”, en R. Aguirre Monasterio, (ed.), De Jerusalén a Roma: la marginalidad del cristianismo de los orígenes, Verbo Divino, Estella 2021, 23.
10 R. Dillmann, Comentario al evangelio de Lucas: un comentario para la actividad pastoral, Verbo Divino, Estella 2012 43.
11 A. Rodríguez Carmona, Evangelio según San Lucas, BAC, Madrid 2014, 19-24.
12 C. Román Martínez, “María, modelo de discípulo, según Lucas”, en Reseña Bíblica, 61 (2009), 33-34.
13 S. García, Evangelio…58-59.
14 J. L. Sicre Díaz, El evangelio de Lucas: una imagen distinta de Jesús, Verbo Divino, Estella 2021, 110.
15 J. C. R. García Paredes, Mariología, BAC, Madrid 2001, 95-100.
16 A. Rodríguez Carmona, Evangelio…, 39-42.
17 I. Gómez Acebo, Lucas, Verbo Divino, Estella 2008, 50.
18 S. García, Evangelio …, 87-90.
19 B. C. Han, El espíritu …, 52.
20 C. Román Martínez, “María…”, 39.
21 J. C. R. García Paredes, Mariología, 133-114.
22 A. Rodríguez Carmona, Evangelio de Marcos, Desclée De Brouwer, Bilbao 2006, 56.
23 Jesús viene a casa. La imprecisión (no lleva artículo) no permite saber con certeza de qué casa se trata. Hasta el momento el narrador ha mencionado la casa de Simón donde Jesús cura a su suegra (cf. 1,29-31) y más adelante una casa en la que come con los publicanos y pecadores que tampoco se sabía muy bien a quién pertenecía, si a Jesús, a Leví o a los publicanos y la gente poco recomendable con la que Jesús comparte la mesa (2,2.15). Ahora la mención de la casa tampoco es clara res- pecto a su dueño (3,20). Podría ser la casa misma de Jesús. El término oikon tiene la connotación de casa física, a diferencia del término oikía, que vamos a encontrar repetidamente en la escena siguiente. (cf. M. Navarro Puerto, Marcos, Verbo Divino, Estella 2012, 131).
24 X. Pikaza Ibarrondo, Comentario al evangelio de Marcos, Editorial CLIE, Barcelona 2013, 200.
25 Aparece en plural impersonal “se decía”; cf. Jn 10,20: Muchos de ellos decían: «Tiene un demonio y está loco, ¿por qué lo escucháis?» (Jn 10,20).
26 X. Pikaza Ibarrondo, Comentario…, 202.
27 A. Rodríguez Carmona, Evangelio de Marcos, 54.
28 S. Castro Sánchez, El sorprendente Jesús de Marcos: el evangelio de Marcos por dentro, Desclée de Brouwer, Bilbao 2005, 110.
29 B. C. Han, El espíritu…, 8.
30 X. Pikaza Ibarrondo, Comentario…, 204.
31 F. J. Moloney, El evangelio de Juan, Verbo Divino, Estella 2005, 66-67.
32 R. E. Brown, El Evangelio de Juan, Cristiandad, Madrid 1999, 328.
33 F. J. Moloney, El evangelio de Juan, 68.
34 B. C. Han, El espíritu…, 74.
35 C. Kingsley Barret, Evangelio según san Juan, Cristiandad, Madrid 2003, 834-835.
36 El Gólgota, un promontorio rocoso del noroeste de la ciudad, distaba no más de unos 300 metros del palacio de Herodes, pero el comando de ejecución debió andar por algunas calles transitadas, pues se trataba de dar escarmiento no sólo a los criminales, sino a la población entera. Jesús mismo, como era usual en los condenados, carga el travesaño de su patíbulo. Cf. S. V. Tilborg, Comentario al evangelio de Juan, Verbo Divino, Estella 2012, 399.
37 S. Galazzi, “María, La mujer, la hora y la gloria” en Ribla, nº 46, 2003, 51.
38 El "esquema de revelación "de los vv. 26-27 a leemos: "Así pues, Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo que él amaba, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo He ahí a tu madre". En estos versículos los exegetas reconocen lo que se llama esquema de revelación. Juan transmite las palabras de Jesús según un modelo literario ya conocido en la literatura profética, que lo utiliza cuando el Señor, por medio de su portavoz, quiere comunicar una revelación, es decir, un mensaje, una doctrina de gran importancia. El evangelista recibe y reelabora este esquema, dándole la siguiente progresión: ver-decir-he ahí... En otras palabras, un enviado de Dios (un profeta) ve a una persona; dirigiéndose a esa persona le dice (pronuncia) una frase, que comienza con el adverbio he ahí, seguido de un título que declara la misión de la persona que ha visto. (Cf. R.E. Brown, El evangelio según Juan, XIII-XXI, Cristiandad, Madrid 1979, 1330-1331).
39 J. L. Espinel Marcos, Evangelio según San Juan, San Esteban-Edibesa, Salamanca 1998, 249.
40 R. López Rosas, Evangelio y apocalipsis de San Juan, Verbo Divino, Estella 2014, 271.
41 S. V. Tilborg, Comentario al evangelio de Juan, Verbo Divino, Estella 2012, 399.
42 F. Fernández Ramos (Dir.), voz, “María y el discípulo amado”, en Diccionario del mundo joánico, Monte Carmelo, Burgos 2004, 669-671.
43 J. Moloney, El evangelio…, 487-488.
45 A. Rodríguez Carmona, Hechos de los Apóstoles, Verbo Divino, Estella 2010,45-46.
46 F. Ramis, Hechos de los Apóstoles, Verbo Divino, Estella 2010, 45-46.
47 R. Bonfrate, “Maria figlia donna e madre della speranza” en CLARETIANUM ITVC, 16 LXV, Romae 2025, 283.