RESEÑA

RAFAEL RAMIS BARCELÓ (2025). LA ARMONIZACIÓN DE LOS SABERES ECLESIÁSATICOS. CLAVES PARA REPENSAR LA ENSEÑANZA SUPERIOR CATÓLICA. MADRID, DYKINSON. ISBN: 979-13-7006-720-5

Manuel Ortuño Arregui1

El libro de Rafael Ramis Barceló, profesor de Historia del Derecho y especialista en la historia de las universidades, constituye una contribución relevante al estudio contemporáneo de los saberes eclesiásticos y su articulación en la enseñanza superior católica. Publicado por la editorial Dykinson en la colección Historia de las Universidades (n. º 84), el texto se inscribe en una corriente de reflexión abierta por la Constitución Apostólica Veritatis Gaudium (Francisco, 2017), que exhorta a las instituciones eclesiásticas a un “relanzamiento” de sus estudios con espíritu misionero y reformador, como destaca el autor en la introducción cuando dice:

Desde Veritatis Gaudium, todo ello se traduce en la necesidad de organizar unos planes de estudio eclesiásticos más ambiciosos y mejor acoplados, que busquen, ante todo la unidad de los saberes y el fin sobrenatural que persiguen.

El autor parte de una constatación que recorre toda la obra: la Iglesia posee una tradición bimilenaria de pensamiento unitario, que ha sabido integrar la revelación con la razón filosófica y el derecho, pero dicha unidad se ha visto progresivamente fracturada por los procesos de secularización, especialización científica y la desarticulación universitaria de los últimos siglos. Su propósito es doble: ofrecer una relectura histórica de la configuración de los saberes eclesiásticos, y al mismo tiempo proponer un modelo renovado de articulación curricular y epistemológica acorde con las necesidades actuales.

El proyecto intelectual de Ramis se sitúa en continuidad con los grandes pensadores del Magisterio moderno —desde Fides et Ratio (1998) hasta Veritatis Gaudium—, pero también con las líneas de reforma impulsadas por el Vaticano II, Juan Pablo II y Benedicto XVI. En este marco, la obra busca tender un puente entre la tradición escolástica, el humanismo cristiano y las exigencias de la cultura contemporánea, proponiendo una verdadera armonización entre teología, filosofía, derecho y ciencias humanas.

El libro se organiza en dos partes principales: la primera parte, “La evolución de los saberes eclesiásticos” (capítulos 1 y 2), ofrece una panorámica histórica desde los orígenes del cristianismo hasta el siglo XX, mostrando cómo se configuró y transformó la relación entre teología, filosofía y derecho canónico. La segunda parte, “Un cambio de paradigma” (capítulos 3 a 5), se desarrolla la propuesta de la reorganización de los saberes y de los planes de estudio, así como una reflexión sobre la vocación personal y la finalidad espiritual de la enseñanza superior católica.

En la introducción plantea la tensión entre la unidad teológica de los saberes y su fragmentación moderna. Ramis sostiene que, tras el Vaticano II, la Iglesia optó por un diálogo sincero con el mundo civil, pero este diálogo derivó en un “seguidismo” cultural que diluyó la identidad epistemológica de los saberes eclesiásticos. Los planes de estudio se adaptaron al modelo secular, con la expectativa de una renovación mutua, pero el resultado fue, en buena medida, una colonización de la educación eclesiástica por los paradigmas civiles.

La primera parte constituye una síntesis magistral de la historia intelectual del cristianismo en su dimensión universitaria. Reconstruye el proceso de conformación de los saberes eclesiásticos desde el encuentro del cristianismo primitivo con la filosofía helenística y el derecho romano, pasando por la sistematización medieval, hasta llegar a la crisis moderna. En concreto, aborda la cuestión del encuentro del cristianismo con el pensamiento platónico y neoplátonico y nos indica que el mensaje cristiano quedó totalmente unido a diversas formas de pensamiento filosófico, en especial, en neoplatonismo. En este sentido expone que la figura de san Agustín es el baluarte de aunar las ideas de los dos pensamientos con “la primera síntesis del pensamiento filosófico y teológico”. Esta forma de síntesis es abordada por el autor advirtiendo que su progreso en el medievo fue hacia una introducción de la dialéctica en la teología como ciencia divina, mientras que en los monasterios se seguía un estudio de la Sacra Pagina.

Con el surgimiento de la universidad, la Iglesia institucionalizó esta relación de síntesis. La tríada teología-filosofía-derecho se convirtió en el núcleo de los saberes eclesiásticos. De estos saberes el autor señala que el derecho canónico se emancipó como una disciplina autónoma. Asimismo, explica cómo la universidad medieval constituyó un espacio de jerarquía y armonía epistemológica, donde la teología era la “reina de las ciencias” y las demás disciplinas actuaban como propedéuticas o auxiliares. En este sentido la integración de los saberes aristotélicos con los estrictamente cristianos se dio a partir de san Alberto Magno, santo Tomás de Aquino, y en menor medida, Duns Escoto. Sin embargo, como indica el autor sobre estos representantes:

El equilibrio entre la fe y razón propugnado por santo Tomás, ha sido considerado, desde entonces un modelo de armonía de los saberes.

Este equilibrio se fracturó con el nominalismo y la crisis del siglo XIV. El Renacimiento y la Reforma ampliaron la brecha: los humanistas propusieron un retorno a las fuentes, mientras que la Iglesia respondió con la Segunda Escolástica y el fortalecimiento de la jerarquía teológica, especialmente tras el Concilio de Trento, donde se mandó que se fundaran seminarios para una formación adecuada. Este nuevo contexto provocó la creación de centros con un carácter formativo estrictamente clerical. El autor señala como en los siglos XVI y XVII existían únicamente Facultades de Artes y Filosofía, y Teología. La unión de los saberes eclesiásticos estaba fundamentada en el latín, la filosofía adaptada a la teología, y un predominio de la teología escolástica.

El autor nos revela como en el siglo XVIII con el auge del regalismo de los monarcas se elaboraban planes de estudios orientados a una limitación de la influencia de la Iglesia; y en concreto, de los jesuitas por su predominio en el ámbito educativo con varias universidades y diversos colegios. Con esto el autor advierte que en esos momentos estamos ante el inicio de la secularización del sistema educativo, que en los siglos XIX y XX, muestra un tipo de enseñanza eclesiástica confinada en los seminarios y en las universidades pontificias, mientras que el mundo civil se desarrollaba dentro de su propio sistema educativo y científico. Esta crisis de los saberes eclesiásticos llevó a León XIII a determinar una renovación de los centros de estudio universitario, en concreto, con la encíclica Aeterni Patris (1879). Este cambio continuó con Pio X con su encíclica Pascendi Dominici gregis (1907) que ponía como base las tesis tomistas de la escolástica. Por otra parte, nos explica cómo en el siglo XX se produce un progresivo aggiornamento de los saberes eclesiásticos y el acontecer de los saberes laicos, antes y después del Concilio Vaticano II hasta nuestros días. Indica que la Iglesia antes de este concilio era inconformista y además tenía unos planes de estudio obsoletos, y esto chocaba con la rapidez del mundo secular. Según Ramis la Iglesia no estaba preparada para los cambios de esa época. El Concilio Vaticano II, en especial, en Lumen Gentium, había proclamado que todos los fieles, de cualquier estado o condición, eran llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad.

Según Ramis la crisis ya estaba en el clero en el momento de la constitución apostólica Sapientia Christiana (1979) de Juan Pablo II recogía el intento de diálogo con la fundación y la habilitación de Facultades o Institutos para conferir grados académicos. Estas ideas continuaron, como indica el autor con Benedicto XVI con la defensa de una formación pertinente en filosofía y que existiera una verdadera conexión entre los diversos saberes eclesiásticos.

Por tanto, el autor con este recorrido histórico explica cómo la Iglesia absorbió saberes profanos y los sintetizó con el kerigma y la Tradición, ofreciendo inicialmente una “enciclopedia completa del conocimiento”. No obstante, esta unidad se fue fragmentando a lo largo de los siglos, comenzando con la universidad medieval. Se argumenta que, tras el Concilio de Trento, se consolidó una jerarquización a partir de la teología, que marginó otras disciplinas. El libro determina una “crisis de los saberes eclesiásticos” que se va agudizado con la posmodernidad y con el diálogo del mundo secular post-Vaticano II, lo que ha derivado en una “completa invasión de los saberes eclesiásticos por parte de los civiles”.

La segunda parte, plantea un nuevo paradigma centrado en la necesidad de recomponer la unidad de los saberes eclesiásticos mediante una arquitectura académica coherente y universal. Su proyecto se apoya en dos principios: la unidad interna y su finalidad espiritual. El autor propone un modelo circular: la Palabra de Dios, leída en su contexto histórico y filológico, que conduce a la filosofía y culmina en la teología; esta, a su vez, se traduce en el derecho canónico para que después vuelva a la Palabra. Desde el punto de vista pedagógico, sugiere una reorganización completa de los grados eclesiásticos: un doble Bachillerato/Grado en Filosofía y Teología de siete años; Licenciaturas/Másteres derivados; un Bachillerato/Grado en Ciencias Religiosas adaptado a laicos; y programas de diplomas de especialización e investigación. Con estas titulaciones el objetivo fundamental es “recomponer los saberes eclesiásticos” y superar el desconcierto actual con una nueva articulación que exige una unidad interna.

El autor muestra los diversos planes de estudio de una forma muy ilustrativa con varias tablas que visualizan de forma sistemática el modelo de armonización, centralizado la articulación de los saberes: primero, se parte de la Palabra de Dios (en su contexto histórico y filológico), después, se continúa hacia la Filosofía y la especulación teológica, y finalmente se traduce en el Derecho canónico. Este proceso debe ser cíclico y buscar la unidad y las conexiones entre todos los saberes, orientados por una “finalidad espiritual”.

Dentro de la propuesta de los planes de estudio, se hace hincapié en el desarrollo de un ciclo básico común para toda la catolicidad, que busque la unidad interna de los saberes y que funcione como la antesala de las diversas Licenciaturas/Másteres de especialización. También se contempla un Bachillerato/Grado en Ciencias Religiosas (siete años) para laicos, con la posibilidad de un doble grado en áreas como Derecho, Magisterio y Comunicación. En concreto, dentro de esta defensa a los saberes y la importancia de su transmisión y unión con otros nos ofrece de forma muy concreta planes de estudios vehiculados y articulados con una unidad interna que lleva a la organización de otros planes de estudio. En particular, propone el Doble Grado en Ciencias Religiosas y Magisterio, que capacite para la enseñanza de la doctrina, y que sirva para los futuros maestros de Infantil y Primaria, esencialmente, en centros educativos de identidad católica. Asimismo, en su explicación combina el Doble Grado en Ciencias Religiosas y Derecho, y el Doble Grado en Ciencias Religiosas y Comunicación. En la propuesta de Licenciatura / Máster muestra la posibilidad de planes de estudio que van desde el Arte Sacro y los bienes culturales de la Iglesia hasta el estudio de la Música Sacra, o la Pedagogía Eclesiástica. En conjunto, señala la relevancia de los saberes en su dimensión práctica y su interacción entre los diversos itinerarios o la asunción de dobles grados.

Uno de los puntos destacados de esta propuesta de articulación de los saberes es presentar un “plan pragmático”, donde el joven pueda discernir su vocación y sus diversos carismas; y así poder realizar un mejor servicio a la Iglesia y a su estado de vida. Desde esta perspectiva, el autor sostiene que la formación debe ser sólida y unitaria para que el católico pueda defenderse de “modas pasajeras, así como de tendencias sectarias e irracionalistas”.

Es evidente que una de las grandes aportaciones de esta obra es rescatar la noción clásica de “unidad del saber”, reinterpretada como armonía dinámica. Los saberes eclesiásticos deben dialogar entre sí, sin perder su orientación común hacia la verdad revelada. La armonización se apoya en una concepción cristocéntrica del conocimiento: “Cristo como Camino, Verdad y Vida”, una garantía de coherencia y de diálogo razón y fe.

Entre los méritos de la obra destacan la profundidad histórica, la claridad pedagógica, la audacia propositiva, la fidelidad al Magisterio y la interdisciplinariedad. Entre las limitaciones, el propio autor reconoce el sesgo eurocéntrico y la dificultad práctica de implementar su propuesta curricular. También queda abierta la necesidad de un estudio más detallado de los fundamentos filosóficos de la armonización. El enfoque del libro es marcadamente académico e histórico, utilizando una metodología rigurosa para analizar la evolución de las estructuras educativas. Además, combina a la perfección el análisis histórico con una visión prospectiva, ofreciendo las claves prácticas para repensar la enseñanza superior católica en el siglo XXI.

En definitiva, el autor muestra la armonización de los saberes eclesiásticos como una invitación a la recuperación de la inspiración originaria de la universidad cristiana: la búsqueda unitaria de la verdad, guiada por la fe y sostenida en tiempos de dispersión del conocimiento. Es una llamada a la acción para que las instituciones católicas reformulen su misión educativa. No se limita a un diagnóstico, sino que ofrece directrices claras para una reforma curricular que, sin perder la identidad y la tradición eclesiástica, se inserte plenamente en los debates y necesidades de la educación superior global, que debe alcanzar “la armonía de lo natural y lo sobrenatural”.

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1 Universidad Católica de Valencia. ORCID: https://orcid.org/0000-0001-6891-419X