PROTOCOL AND PRECEDENCES IN VITA CHRISTI BY SISTER ISABEL DE VILLENA
Rafael Alemany Ferrer1
Fechas de recepción y aceptación: 2 de dicembre de 2023 y 16 de marzo de 2024
DOI: https://doi.org/10.46583/specula_2024.9.1132
Resumen: En Vita Christi (1497) de sor Isabel de Villena se otorga una importancia extraordinaria a los aspectos relacionados con el protocolo y las precedencias, hasta el punto de convertirse en elementos recurrentes de primer orden nada superfluos. La clave de ello radica en que el discurso de la obra refleja un universo ordenancista en el que interactúan personajes de naturaleza y rango muy diversos: los seres humanos que habitan en la tierra, las almas de los patriarcas veterotestamentarios que están en el limbo y Dios y las criaturas angélicas que residen en el cielo, aunque se desplazan con frecuencia a los otros dos espacios. Los seres celestiales constituyen una suerte de estructura gubernamental que, bajo el mando supremo de un rey, Dios, ejecutan sus decisiones sobre el destino de los seres de la tierra y del limbo. La autora, aristócrata educada en la corte de la reina María de Castilla antes de profesar como clarisa y, por tanto, familiarizada desde su infancia con los usos protocolarios de la misma, metaforiza estos al servicio de la construcción de su universo literario y de sus objetivos didácticos y devocionales, consciente, además, de que esta estrategia de transposición simbólica coadyuvaba a optimizar entre sus receptoras modelo –las religiosas a las que regía como abadesa– la contemplación imaginada, uno de los fundamentos primordiales de la espiritualidad franciscana.
Palabras clave: Isabel de Villena, Vita Christi, protocolo, precedencias, metaforización de la corte, contemplación imaginada.
Abstract: In Vita Christi (1497) by Sister Isabel de Villena, extraordinary importance is given to aspects related to protocol and precedence, to the point of becoming recurring elements of the first order that are not superfluous. The key to this is that the discourse of the work reflects an orderly universe in which characters of very diverse nature and rank interact: the human beings who inhabit the earth, the souls of the Old Testament patriarchs who are in limbo, and God and the angelic creatures that reside in heaven, although they frequently move to the other two spaces. The celestial beings constitute a kind of governmental structure that, under the supreme command of a king, God, executes their decisions regarding the destiny of the beings of earth and limbo. The author, an aristocrat educated at the court of Queen Mary of Castile before professing as a Poor Clare and, therefore, familiar since her childhood with her protocol uses, metaphorizes these at the service of the construction of her literary universe and its didactic and devotional objectives, aware, furthermore, that this strategy of symbolic transposition helped to optimize imagined contemplation, one of the primary foundations of Franciscan spirituality, among its model recipients, the nuns whom it governed as abbess.
Keywords: Isabel de Villena, Vita Christi, protocol, precedence, metaphorization of the court, imagined contemplation.
1. LA METAFORIZACIÓN DE UNA MONARQUÍA TERRENAL
Joan Fuster ya advirtió con razón que sor Isabel de Villena (València, 1430-1490), en su Vita Christi (1497)2, nos presenta “el món sobrenatural organitzat com una monarquia” (1968, p. 165), tal como ocurre, en mayor o menor medida, en algunos otros exponentes de la literatura religiosa de la época. Sin embargo, lo realmente llamativo de esta obra es la importancia cuantitativa y cualitativa que esta metaforización alcanza en la obra de la clarisa valenciana, hasta el punto de convertirse en uno más de los muchos rasgos literarios que la distinguen de otros textos devocionales de la tradición en que se inscribe (Esteva, 2016; Hauf, 1990a). En esta Vita Christi, muchos de sus pasajes, de los personajes que los protagonizan y de los escenarios en que se ubican se construyen a partir de un reciclaje metafórico “a lo divino” de elementos propios de las monarquías terrenales. Sin perjuicio de las influencias literarias y plásticas que, con carácter general, pudo recibir la autora a este propósito, parece evidente que hubo otras más directamente relacionadas con su propia experiencia biográfica.
Sor Isabel conocía bien la corte valenciana de la reina María de Castilla, prima segunda suya, en cuyo palacio vivió y se educó hasta que, a los dieciséis años (1446), profesó como clarisa en el monasterio de la Trinidad de València, del que llegó a ser abadesa (1462-1490). Esta circunstancia debió permitirle una familiarización temprana con los diferentes cargos y funciones de los personajes de la corte, así como con las fórmulas de tratamiento que se les otorgaba, las diferentes modalidades protocolarias de saludo, las fiestas palaciegas y, muy especialmente, el orden de precedencias que se aplicaba en ceremonias, comitivas o procesiones. En el recuerdo de tales vivencias personales, sor Isabel pudo hallar una nada despreciable fuente directa de inspiración que supo aprovechar en su Vita Christi para representar literariamente, con gran plasticidad, eficacia didáctica y maestría literaria, el universo teológico que transmite la obra y la compleja interacción de planos y personajes que se constata en la misma (Alemany, 2012a).
2. LOS ESPACIOS Y SUS MORADORES
Los escenarios en que se desarrolla la trama de Vita Christi son tres: uno de carácter natural, la tierra, en la que habitan los seres humanos, y otros dos de tipo sobrenatural, el cielo y el limbo (Toldrà, 2019), en los que moran, respectivamente, Dios y las criaturas angélicas, por una parte, y, por otra, las almas de los patriarcas veterotestamentarios (Hauf, 1990a; Fuster, 1968). En el cielo se plantea, decide y ordena el plan salvífico de la redención humana, que constituye el objetivo axial de la obra de sor Isabel. En la tierra se ejecuta este mediante la cooperación de algunos seres humanos singulares, como María y Jesús, aunque este último tenga también naturaleza divina. Finalmente, en el limbo se siguen paso a paso los hitos del proceso que ha de conducir a la liberación de las almas de los personajes veterotestamentarios que allí residen cautivas.
Los entes angélicos, como mensajeros y coadyuvantes inmediatos del plan divino, visitan con harta frecuencia a los seres de los otros dos espacios, ya sea para informarles de este, ya sea para recabar su participación en el mismo. Por su parte, las almas del limbo, adoptando forma humana, se desplazan excepcionalmente a la tierra mediante itinerarios reales o prodigiosos, cuando sienten la necesidad de manifestar su gratitud a los humanos que contribuyen decisivamente a alcanzar los hitos culminantes que jalonan el proceso redentor. Por esta razón, en unas ocasiones las secuencias de Vita Christi las protagonizan, exclusivamente, los personajes privativos de cada uno de estos tres espacios en sus mundos respectivos, mientras que, en otras, interactúan en las mismas seres de más de uno de ellos que confluyen, momentáneamente, en un único escenario. Estos últimos pasajes suelen ser los de mayor calado teológico y, a la par, los más susceptibles de incitar a la contemplación imaginada (Aichinger, 2003; Arnau, 2001), propia del franciscanismo, a la cual el recurso de metaforización que aquí estudiamos sirve de eficaz instrumento.
De los tres espacios señalados, el celestial es el más relevante, toda vez que se nos presenta como la sede de una especie de corte real desde la que se rige todo cuanto acontece o ha de acontecer allí mismo, en la tierra y en el limbo (Fuster, 1968). El rey, obviamente, es Dios, que recibe por ello el tratamiento de sa magestat, pero, de esta corte, también forma parte una cantidad ingente de personajes que prestan servicio al monarca en la gobernación del orbe; son los diferentes seres angélicos, agrupados jerárquicamente en los nueve órdenes que establece la angelología, según su grado de proximidad al Ser Supremo y las funciones que a cada uno le corresponden (Berkhof, 2002)3. Entre estas criaturas destacan los arcángeles y las virtudes, que adquieren una relevancia muy significativa en la obra de sor Isabel. Los primeros trasladan a los habitantes de la tierra y del limbo los mensajes de Dios relacionados con la redención, al tiempo que se encargan de promover las actuaciones oportunas para llevar a buen puerto las decisiones divinas. Las segundas, representadas alegóricamente por doncellas, son una suerte de asistentes que Dios pone, particularmente, al servicio de Jesús y de su madre para acompañarlos y asesorarlos en el proceso de ejecución de las altas misiones que requieren su concurso. Finalmente, la Virgen María, que en puridad no es un personaje celestial, sino terrenal, al haber sido elegida por Dios como madre de su hijo, adquiere un relieve singular que la convierte, de hecho, en reina del cielo y, como tal, en acreedora de los tratamientos áulicos de sa altesa, sa mercé o sa senyoria que se le aplican (Graña, 2011; Twomey, 2013; Graña, 2016; Papa, 1994a; Papa, 1994b).
3. UN VIRREY PLENIPOTENCIARIO: SAN MIGUEL
Si bien Vita Christi no se divide en partes explícitas, sí es posible distinguir en ella seis núcleos temáticos claramente diferenciados: el primero corresponde al nacimiento e infancia de la Virgen (caps. I-X); el segundo, al inicio del proceso de la redención a instancias de Adán y Eva (caps. XI-LXIII); el tercero, al nacimiento e infancia de Jesús (caps. LXIV-CV); el cuarto, a la vida pública de este (caps. CVI-CXXX); el quinto, a su pasión, muerte, resurrección y ascensión (caps. CXXXI-CCLXXIV), y el sexto, al tramo final de la vida de María tras la ascensión de su hijo (caps. CCLXXV-CCXCI). Pues bien, el arcángel san Miguel es un personaje omnipresente en la obra, ya que aparece en todas las secciones temáticas señaladas excepto en la cuarta. Su actuación es particularmente relevante en los pasajes que refieren acontecimientos de una especial importancia teológica –como son los que se concentran en los momentos iniciales y finales del proceso de la redención–, que él se encarga de ejecutar por mandato directo de Dios.
Ya desde el principio se nos presenta como “hun gran príncep angelical” (cap. I, p. 8),4 que, entre otras funciones,5 tiene la de ser “lo aposentador major”6 de la corte divina (cap. I, p. 8). Es por esta razón por la que el Ser Supremo lo envía a la tierra con la misión de buscar o, en su caso, mandar construir el más digno receptáculo para acoger al que será el hijo de Dios durante los nueve meses del período en que se geste. Este “aposento” no será otro sino el seno de una mujer excepcional, María, concebida al efecto, milagrosamente, por unos padres hasta entonces estériles, san Joaquín y santa Ana (caps. I-II). Tras el nacimiento de esta, Dios vuelve a enviar al arcángel al mundo terrenal para verificar el estado de postración en que se halla la humanidad, hecho lo cual este se desplaza al limbo, donde Adán le ofrece a su virtuosa descendiente María como instrumento de la encarnación y consecuente redención (cap. XII).
En el segundo núcleo temático de la obra, tras haber aceptado la Virgen quedar embarazada de Jesús, Dios manda a san Miguel obsequiarla, “com a Reyna e Senyora de tots” (cap. XXXIX, p. 186), con ricas joyas de valor simbólico, con un significativo cetro de mando propio de la realeza (caps. XXXIX-XLIX) (Graña, 2016). Acto seguido, el arcángel, en su condición de “visrey”, dispone que los entes angélicos y las almas del limbo se trasladen a la tierra para rendir acción de gracias a María, tal como, en efecto, hacen (caps. L-LX). Por su parte, en el tercer núcleo narrativo de Vita Christi, san Miguel, acompañado de toda la corte celestial, asiste al nacimiento de Jesús (cap. LXV). Instantes antes del parto, el arcángel, como un eficaz maestro de ceremonias, dispone que todos se sitúen en torno a la Virgen, al tiempo que llama a sus compañeros san Gabriel y san Rafael para que, junto a él mismo y con la colaboración de san José, alegren con cánticos el acontecimiento. Cuando nace el niño, son los tres arcángeles quienes “prengueren lo Senyor prestament perquè no caygués en terra, e adoraren sa Magestat ab profunda reverència e presentaren-lo a la Senyora Mare sua, qui ab goig infinit lo mirava” (cap. LXV, p. 299).
Si, como acabamos de ver, san Miguel desempeña un papel destacado en los momentos iniciales del proceso redentor en su condición de visrey de la corte celestial y de principal emisario de Dios, también hace lo propio en otros momentos culminantes de las secuencias finales de este mismo proceso, contenidas en las dos últimas secciones temáticas de Vita Christi. A título de ejemplo, sirvan las dos visitas del arcángel a Jesucristo poco antes de su muerte: una para consolarlo mientras se halla orando en el huerto de Getsemaní en los instantes que preceden a su prendimiento (cap. CLIIII); otra para, ya a punto de expirar el Mesías en la cruz, asumir la misión que este le encomienda de comunicar al Padre la inminente culminación del proceso redentor (cap. CLXXXV). Después de la muerte de Cristo, su espíritu se traslada al limbo, donde permanece junto a sus moradores hasta que, tres días después, decide reincorporarse a su cuerpo para que se haga efectiva la resurrección (cap. CCXXXIIII). Es entonces cuando los personajes del limbo suplican acompañarlo hasta la sepultura y así se les concede. Para ello san Miguel, actuando en esta ocasión como gran camarlench, los organiza de acuerdo con un estricto y razonado orden de precedencias (cap. CCXXXV). Una vez que la comitiva llega a la tumba, se produce la unión del alma y cuerpo de Cristo y, con ello, su resurrección (cap. CCXXXVI), tras la cual todos, encabezados por el arcángel, visitan a María (caps. CCXXXVII-CCXXXVIII). A continuación, el Señor ordena a san Miguel conducir a los patriarcas al paraíso terrenal, lugar en que deberán permanecer hasta que se produzca su ascensión junto a ellos desde el monte Olivete (cap. CCLI), un acontecimiento en que el arcángel se hallará, asimismo, presente (cap. CCLVIII). Por último, san Miguel, ahora enviado por la Santísima Trinidad (cap. CCLXXXVII), vuelve a actuar como camarlengo en los preparativos de la asunción de María tras haber sido triplemente coronada por su hijo (cap. CCLXXXIX).
4. UN SECRETARIO PARA ASUNTOS MARIANOS: SAN GABRIEL
También al arcángel san Gabriel se le caracteriza en la obra mediante elementos propios de una corte terrenal y se le otorga un papel destacado, si bien como secretario, un rango inferior al de virrey, que se concede a san Miguel. Su figura está muy especialmente relacionada con los más trascendentales asuntos que conciernen a la Virgen, ante la cual suele actuar como emisario divino. Se incorpora a la trama narrativa en el segundo núcleo temático de Vita Christi, cuando Dios encomienda a las virtudes que elijan al mensajero idóneo que habrá de pedir a María que acepte ser madre de Jesús, y Misericordia, en nombre de todas ellas, le responde:
a nosaltres par que lo embaxador e tractador de aquesta fahena deu ésser lo gran príncep dels serafins Gabriel, car aquest ab tot lo seu orde no tracten sinó de les amors e dolçors de vostra clemència […]
[…] e lo dit Gabriel me par ésser lo pus dispost entre tota la cavalleria de vostra real cort7. Aquest, Senyor, sabrà induir ab sa dolçor de paraules la Verge ma Senyora al consentiment […]. (cap. XVIII, pp. 110-111)
Dios acepta la propuesta en estos términos:
aqueix príncep que vós haveu nomenat, he deliberat yo elegir en secretari meu; e vull que per ell se meneje tota aquesta fahena de la redempció humana, e los hòmens lo hajen en singular veneració, vehent que per lo mijà seu han aconseguir salut e repòs8. (cap. XVIII, p. 111)
El arcángel traslada a María a la embajada, que, con la ayuda de los convincentes argumentos aportados por diversas virtudes, se salda con la aceptación de lo que el Ser Supremo ha dispuesto (caps. XX-XXXVI).
Como ya hemos indicado anteriormente –apartado 3–, en la secuencia del nacimiento del Señor, san Gabriel, juntamente con los príncipes san Rafael y san Miguel, a instancias de este último, improvisan un trío coral para, con sus cantos, alegrar a la Virgen en los momentos inmediatamente previos al nacimiento de Jesús. Pero no es este su único cometido en aquella magna ocasión, sino que, además, en el preciso instante del parto, asumen el pintoresco papel de algo así como parteros o comadrones que se encargan de recoger al recién nacido nada más salir del vientre de su madre (cap. LXV). Más adelante, en el cuarto núcleo narrativo de la obra, una vez concluido el ayuno de 40 días de Jesús en el desierto (caps. CVIII-CIX), los ángeles que lo acompañan se ofrecen para proporcionarle comida que le permita recuperarse, a lo que el Señor accede siempre y cuando esta proceda de la casa de su madre. Tras esta petición,
sanct Gabriel, qui era aquí, lo qual era preminent en los servicis de sa Magestat e acostumava tractar los secrets e dolçes missatgeries que entre sa clemència e la Senyora Mare sua se menejaven9, presa licència del Senyor e feta reverència a sa Senyoria, partí de aquí cuytadament per anar per la dita vianda.
E venint a la casa hon la Gloriosa stava, feta reverència a sa Senyoria, fon per aquella molt ben receptat […]. (cap. CIX, p. 465)
María, tras ser informada por el arcángel de las últimas vicisitudes de su hijo, le proporciona unos pobres alimentos que este se apresura a trasladar al lugar en que aún se encuentra Jesús, donde tiene lugar una comida que comparten él y los ángeles.
Otro testimonio interesante de la particular vinculación de san Gabriel a los hechos directamente relacionados con María lo hallamos en el quinto y penúltimo núcleo temático de Vita Christi. Se trata del pasaje en que, tras la resurrección de Cristo, este, acompañado por toda la corte celestial y los espíritus de los patriarcas del limbo, con el arcángel san Miguel al frente, van a visitar a María (caps. CCXXXVII-CCXXXVIII) y,
acostant-se ja a la posada hon la dita Senyora stava, sanct Gabriel, qui era hu dels ordenadors de la professó, cuytà, ab la verga d’or en la mà, per portar la bona nova a sa senyoria, de la qual era special servidor e privat10.
Pero, sin duda, aún es más relevante el papel del arcángel en los momentos finales de la vida de la Virgen. Esta, una vez transcurridos doce años desde la muerte de Jesús, suplica a Dios que ponga fin a sus días (cap. CCLXXIX), deseo que el Creador accede a satisface, tal como le hace saber a través del arcángel san Gabriel:
E volent lo Redemptor e Senyor nostre donar orde que la sanctíssima Mare sua ixqués del miserable món e anàs a regnar en lo cel com dignament merexia, manà sa Magestat cridar un gran e singular príncep de la cort sua per trametre’l per embaxador a la sagratíssima senyora dient-li la bona nova (lo qual príncep és crehedor fon lo gloriós archàngel Gabriel, acostumat ja de annunciar a la Senyora los seus goigs)11 […]. (cap. CCLXXX, p. 1169)
El arcángel se traslada a la casa de la Virgen para transmitirle su embajada y ella, tan pronto como lo ve, le expresa su alegría consciente de que este siempre le transmite buenas noticias: “O, Gabriel gloriós! Vós siau molt benvengut, car vós sou lo annunciador dels goigs meus: vós me portàs la excel·lent nova que seria mare de Déu, e ara aquesta que pujaré a regnar ab lo dit Senyor Fill meu” (cap. CCLXXXI, p. 1174). Se cierra así el círculo que evidencia el papel de este príncipe angelical y secretario singular de Dios como responsable de transmitir a María decisiones celestiales de gran trascendencia para ella.
5. UN CUERPO DE ASESORAS: LAS VIRTUDES
Entre los seres celestiales de Vita Christi, se hallan las virtudes, que, alegorizadas siempre como doncellas humanas, desempeñan el cometido de asesorar y auxiliar a Jesús y María. Resulta interesante constatar que su presencia solo se documenta en los dos primeros núcleos temáticos de la obra, o sea, los que se centran en el nacimiento e infancia de María y en el arranque del proceso redentor. Su intervención siempre se hace por grupos de ellas cuya composición varía según los valores específicos que se pretende subrayar en cada uno de los pasajes que coprotagonizan. Sor Isabel las incluye en el séptimo de los nueve órdenes en que se jerarquizan los entes angélicos y, según dice san Miguel a la Virgen, “són los discrets assessors de la cort de vostre divinal Fill, qui consellen e regeixen los prínceps de la terra e los regidors de aquella” (cap. LVI, p. 251), siempre atentos, ahora en palabras del Señor, a “administrar justícia e egualdat” (cap. CCLXVI, p. 1122).
La importancia de estos entes celestiales justifica que, ya desde el mismo instante del nacimiento de María, Dios le transmita y ponga a su servicio un grupo de cinco virtudes formado por Benignidad, Pobreza, Prudencia, Paciencia y Firmeza, que la habrán de acompañar durante toda su vida (cap. III). Asimismo, cuando san Joaquín y santa Ana llevan a su pequeña hija al templo, acompañan a estas otras cuatro virtudes: Virginidad, Deseo de soledad, Dulzura de contemplación y Diligencia virtuosa (cap. V). La niña asciende al edificio sagrado por una escalera de quince peldaños, tantos como salmos suplicantes del Canticum gradum va entonando sucesivamente, incitada en cada uno de ellos por sendas virtudes, cuyo orden, lejos de ser arbitrario, tiene su lógica, tal como se deduce de las propias intervenciones de cada virtud a lo largo del pasaje (caps. VI-VIII): Caridad, Fe, Esperanza, Piedad, Pobreza, Firmeza, Misericordia, Prudencia, Benignidad, Paciencia, Humildad, Devoción, Diligencia, Dulzura de contemplación y Virginidad.
Más decisivo es, si cabe, el papel de estos entes angélicos en los albores del plan redentor. Adán encomienda a san Miguel que, junto a Misericordia y Piedad, las virtudes más apropiadas para el caso, comparezca ante el Señor y le transmita el ofrecimiento de su extraordinaria descendiente María como figura clave del proceso que ha de acabar con las funestas consecuencias del pecado original (caps. XIII-XIV). Dios dispone que la aceptación o no del perdón de la humanidad se dirima en una causa judicial, en la que Misericordia, por un lado, y Justicia, por otro, dos virtudes que sostienen puntos de vista contrapuestos sobre el asunto objeto de debate, defiendan sus argumentos respectivos en una comparecencia en que la primera defiende el perdón y la segunda se opone al mismo. Cada una de estas interroga a sus testimonios respectivos, Piedad y Verdad, proclives, la primera, a que la falta de Adán y Eva sea perdonada, y, la segunda, a que no lo sea. La confrontación dialéctica concluye, no obstante, con el consenso final de ambas partes a favor de la remisión del pecado a través de la redención, a lo que Dios accede.
En la fase segunda del proceso salvífico, cuando san Gabriel, a propuesta de las virtudes, es elegido por Dios como responsable de anunciar a María lo decidido y de convencerla de que asuma el papel de madre de la divinidad encarnada en hombre, el arcángel cuenta con la eficiente colaboración de doce virtudes12 (caps. XXV-XXXV). Una tras otra, a lo largo de una extensa secuencia que consta de otros tantos capítulos, manifiestan a la Virgen sus razones respectivas para que acepte la propuesta transmitida por el arcángel, tal como, finalmente, esta hace y, de inmediato, concibe milagrosamente a su hijo (cap. XXXVI). Acto seguido (cap. XXXVIII), la futura madre, dirigiéndose a un grupo más reducido de virtudes, indica los momentos oportunos en que cada una de ellas “faria matrimoni” se uniría a Jesús (cap. XXXVIII)13. Más tarde, los nueve órdenes de “ciutadans del paradís” o conjunto total de criaturas angélicas14, en el séptimo de los cuales, recordemos, se incluyen las virtudes, rinden acción de gracias a María, a quien Misericordia y Piedad ruegan que permita que Adán y los habitantes del limbo también lo hagan tras ellas (cap. LIX), tal como acontece (cap. LX). Finalmente, tras el nacimiento de Jesús, seis virtudes ayudan a María a arroparlo, con toda la carga simbólica que ello entraña: “Diligència li donava los bolquers, Caritat los escalfava, Pobretat los estirava tant com podia perquè bastassen a cobrir los peuets del Senyor, e Pietat portava un drap que li fos posat damunt lo cap” (cap. LXV, pp. 299-300).
6. LA GESTUALIDAD RITUAL Y PROTOCOLARIA
Si sor Isabel se inspira en las cortes terrenales para que, mediante la visualización imaginada de los elementos de estas, se hagan más comprensibles las complejidades de orden sobrenatural y teológico que encierra su obra, se entiende que en Vita Christi sean abrumadoras las secuencias que reflejan con detalle los saludos, reverencias y otras manifestaciones gestuales de carácter ritual entre diferentes personajes. El abrazo entre dos individuos o que uno de ellos tome al otro de la mano o del brazo son los gestos más espontáneos y, por tanto, menos protocolarios de salutación y expresión de afecto que encontramos en la obra. Así lo vemos, por ejemplo, cuando san Joaquín, obedeciendo a san Miguel, vuelve de nuevo con su esposa para implementar con éxito la paternidad de ambos insatisfecha hasta entonces, “fent-li Anna reverència, abraçaren-se ab molta amor; e, prenint-la lo marit per lo braç tornaren a sa posada” (cap. II, p. 21).
En el extremo opuesto, besar los pies y las manos15 a un personaje de rango superior por parte de otro de rango inferior, unido en muchos casos a la genuflexión ante este último, es el gesto que mejor y más reiteradamente representa una idea de respeto formal, veneración o subordinación jerárquica. Esto explica que, en el pasaje de la anunciación, las virtudes que ayudan a san Gabriel a convencer a María para que acepte concebir al hijo de Dios, comiencen y finalicen sus respectivas intervenciones ante la Virgen besándole los pies, las manos o ambos e, incluso a veces, arrodillándose ante ella (caps. XXV-XXXV). La genuflexión es sistemática en todos aquellos casos en que un personaje interacciona directamente con el Ser Supremo. Así, Adán se arrodilla ante Dios para suplicarle que se haga hombre y descienda a la tierra para salvar a la humanidad (cap. XII), como también lo hacen al mismo efecto las virtudes Piedad y Verdad (cap. XVII). Por su parte, san Miguel se postra genuflexo ante el Creador cuando este le encomienda que descienda al mundo terrenal para constatar in situ el estado real en que se halla la humanidad (cap. XII), mientras que san Gabriel lo hace ante María cuando le anuncia el proyecto divino del que ella va a ser instrumento principal (cap. XX). Hemos aludido tan solo a unos pocos casos exponenciales a los que aún cabría añadir, por su candorosa singularidad, otro que se documenta cuando Jesús nace, momento en que hasta “lo bou e l’ase, segons sa natura bestial, feren gran demostració de sentir la presència del seu Creador, e, ficant los genolls, adoraren-lo com a son Déu y Senyor” (cap. LXVI, p. 301).
Una mención aparte merecen los saludos entre dos personajes cuando en uno de ellos concurren a la par una naturaleza humana y otra sobrenatural, como en Jesús y, en menor medida, María. En estos casos, es siempre el personaje humano quien reverencia con subordinación al que, teniendo asimismo idéntica condición, une a esta otra de carácter celestial, cualesquiera sean las circunstancias de edad o de otro tipo que concurran en el mismo. Una muestra elocuente de ello nos la ofrece la escena doméstica en que santa Ana, de vuelta a casa tras haber presentado en el templo a su pequeña María, “posà la sua dolça Filleta en lo breç perquè reposàs e dormís un poquet. E ella stava-li davant, agenollada, besant-li los peuets e manetes ab goig no recomptable”; es decir, la madre se postra de rodillas ante su bebé y le besa pies y manos, un gesto reverencial y de subordinación que motiva que la niña, “no podent comportar que la sua mare li fes tals servirs, ab tot no parlàs, mostrava en la sua careta no li plahyien semblants coses”, lo que fuerza a cambiar de actitud a santa Ana, que, “d’aquí avant, no li besava peus ni mans, sinó solament la boqueta, frontet e galtetes” (cap. III, p. 26).
Análogamente, cuando nace Jesús, María solo osa abrazar al recién nacido tras haberlo adorado previamente como hijo de Dios, “recordant-se primer de la reverència divina que de la amor de mare, ab tot que sens terme lo amava” (cap. LXV, p. 299). Muy interesante es también, a este propósito, la secuencia de la adoración del Niño Jesús por parte de los Reyes Magos, en la que estos, pese a su alta condición, “anant axí agenollats, acostaren-se al Senyor, ab molta reverència, de hu en hu, besant lo peu de sa Magestat ab devoció no recomptable”, si bien, cuando, acto seguido, se disponen a besar la mano de María, “sa Mercé no u volgué permetre, per donar honor a la dignitat reyal” (cap. LXXII, p. 323), con lo que se neutraliza, de algún modo, el “conflicto” protocolario entre “autoridades reales” de naturaleza dispar. Por otro lado, en el pasaje de la presentación en el templo del niño Jesús por su madre, la edad provecta y la autoridad del oficiante, el reverendo sacerdote Simeón, no obsta para que, “anant axí agenollat, acostà·s al senyor, besant-li lo peu ab grandíssima devoció” (cap. LXXVII, p. 345). Y, ya para finalizar, cuando Cristo, después de haber resucitado, visita a su madre e intenta besarle la mano como muestra de veneración filial, esta no lo permite, consciente de la dimensión divina de Jesús, y opta por fundirse con él mediante un nada jerárquico abrazo (cap. CCXXXXVII, p. 1024).
Las modalidades de saludo entre los personajes de Vita Christi poseen algunas veces un valor especial, en la medida en que se convierten en el mejor refuerzo de las nociones conceptuales que pretende transmitir el texto. Así lo vemos, por ejemplo, en la secuencia en que, tras haber concebido María a Jesús, los personajes del limbo la visitan en su casa para agradecerle su generosa decisión. Entre estos se halla Eva, quien, al encontrarse por primera vez cara a cara con la Virgen, entona un mea culpa por su antiguo pecado, que merece una amable réplica de María, alejada de la más mínima recriminación. La reciprocidad de los gestos de saludo, afecto y reverencia de ambas mujeres subraya eficazmente las palabras de arrepentimiento de la una y de perdón magnánimo de la otra16:
E, seyta la Senyora, acostà’s la venerable mare Eva per fer reverència a sa Altesa, la qual, vehent-la, se levà de peus, rebent-la ab molta amor e honor, com a mare molt cara.
E la dita mare Eva, prostrada en terra, adorà lo seu redemptor […].
E […] dreçà’s aquella sanctíssima mare Eva ab fervor de amor; e prenint les mans de la Senyora, ab tot que sa Senyoria no u volgués permetre, besava aquelles […].
E, levant-la sa senyoria ab una singular familiaritat e amor, abraçant-la e besant-la dix-li:
—Bé siau venguda, mare mia e de tota humana natura […].
E hoint açò, Eva, besava aquell ventre de sa senyoria ab goig no recomptable […].
E, dient açò, tornava a abraçar e besar aquel excel·lent ventre; e la Senyora lo y comportava ab molt plaer, adelitant-se en la devoció ferventíssima sua. E a cap de una gran peça que la sancta mare Eva fon stada axí agenollada, alegrant-se en lo seu Redemptor e Senyor, la Senyora Reyna li manà que sigués molt prop de sa Mercé en coxins; la qual, hobeint sa senyoria ab molta reverència, sigué allà hon li era manat, no partint jamés los ulls ni la pensa de aquell sagrat ventre […]17. (cap. LX, pp. 270-272)
Nos referiremos, finalmente, a otros dos gestos rituales que, aunque en menor medida, también se pueden constatar en la obra de sor Isabel. Uno es la colocación de las manos de un personaje jerárquicamente superior sobre la cabeza de otro inferior como manifestación de afecto y bendición. Es, justamente, lo que, por ejemplo, hace la Virgen con relación a José de Arimatea y Nicodemo, los hombres que han prestado su ayuda en la pasión y muerte de Cristo, cuando se despide de ellos tras haber enterrado a su hijo: “e tornava’ls abraçar, e posava’ls les mans sobre los caps, mostrant-los molta amor” (cap. CCXXV, p. 981). El segundo gesto consiste en arrojarse al suelo ante alguien jerárquicamente superior para expresar un sentimiento de gran culpabilidad y arrepentimiento sincero por haberle infligido una ofensa. Así lo hace, entre otros personajes, san Pedro cuando, tras la muerte del Señor, visita a María en el cenáculo profundamente afectado por haber negado tres veces conocer a Cristo durante la pasión de este, a causa de su humano temor (cap. CCXXIX, p. 992).
7. ORDEN DE PRECEDENCIAS Y BAILES DE SALÓN
Estrechamente vinculadas a los saludos y gestos reverenciales se encuentran las precedencias, que en Vita Christi constituyen un elemento de primera magnitud a la hora de reflejar la siempre significativa cosmovisión jerárquica y ordenancista de su autora, claramente tributaria del universo de una corte real. Por su propia naturaleza, el énfasis en las precedencias se documenta primordialmente en los pasajes que protagonizan colectivos de personajes, tales como comitivas, procesiones o acontecimientos estáticos de una especial solemnidad. Veámoslo mediante una selección de casos representativos.
Cuando, tras la anunciación, María acepta implicarse directamente en el proceso redentor, acuden a reverenciarla todos los “ciutadans de paradýs” (caps. L-LVIII), los cuales lo hacen según una disposición jerárquica evidente que se corresponde con los nueve órdenes de espíritus celestiales establecidos por la angelología. Así, pues, comparecen ante la Virgen, a razón de uno por día, los contingentes de serafines, querubines, tronos, dominaciones, principados, potestades, virtudes, arcángeles y ángeles, todos con forma humana y encabezados por sus príncipes respectivos, que son presentados a “sa Senyoria” por el camarlench san Miguel. La llegada de los diversos contingentes de seres angélicos a la casa de María es anunciada por un “gran so de trompetes” y cada colectivo repite sistemáticamente ante ella unas mismas acciones: se arrodillan para besarle los pies, le dirigen la palabra elogiosamente, le besan la mano para despedirse y, finalmente, cantan y danzan en la fiesta que cierra cada jornada, encabezados por sus príncipes respectivos, cada uno de los cuales tiene como pareja de baile a la doncella-virtud más aconsonantada con su naturaleza específica.
A continuación, los habitantes del limbo (caps. LIX-LX), también deseosos de manifestar su gratitud a la Virgen, obtienen autorización para trasladarse a la tierra y rendirle pleitesía. De nuevo es el arcángel san Miguel, quien, a instancias de Misericordia, en su condición de “lochtinent general de la magestat real de nostre senyor Déu”, se encarga de organizar el cortejo conforme a un orden de precedencias nada azaroso que garantiza que cada patriarca del limbo, según lo que representó en vida, ocupe el lugar pertinente y vaya acompañado de las dos virtudes que le sean más concordes:
[…] l’orde que a mi par se deu tenir en aquesta anada és aquest: que vós [Misericordia] e Pietat, vostra germana, porteu lo venerable Adam enmig de vosaltres, e la senyora Fe vaiga primera e sia guia de tots, car a ella deuen dir los hòmens […]:
[…] “portau-nos per les vies stretes e diffícils, segurs e ferms, per què pugam pervenir allà hon desijam anar, ço és, a veure la claredat divina hon vós stau e habitau”. E al costat de Adam irà la sua virtuosa muller Eva, e portar-la’n del braç Amor e Sperança, car qui molt ama molt spera. E, com les dones sien singularment amables per natura, amor les ha de unir ab nostre Senyor Déu […].
E aprés de Adam ý de Eva irà lo seu santíssim fill Abel, acompanyat de Puritat e de Devoció; e tots los altres seguiran aquestos e cascú irà acompanyat de dos donzelles de aquelles que vivint en lo món hauran amat e seguit. (cap. LX, pp. 267-268)
En los momentos previos a la muerte de santa Ana (cap. C), también se refleja el reiterado interés que la autora concede a la observancia de las precedencias. Así, pues, las personas que se despiden de la madre de la Virgen lo hacen siguiendo un orden jerárquico significativo: primero, su nieto, Jesús, por su condición divina; a continuación, su hija mayor, María, madre de Jesús; en tercer lugar, sus otras dos hijas, y, finalmente, su nieto menor Juan (hijo de María Salomé y, luego, evangelista).
Inmediatamente después de la muerte de Cristo, su alma visita el limbo acompañada de una gran multitud de ángeles que encabeza lo visrey san Miguel con su bandera alzada. Allí la reverencian las almas de los personajes veterotestamentarios. Primero las de los hombres (caps. CXC-CXCVI), conforme a un orden no carente de sentido: Adán, San José, san Joaquín, Zacarías, san Juan Bautista, Abraham, Moisés, David, los Inocentes y “tota la altra multitud de hòmens que aquí eren” (cap. CXCVI, p. 883); luego, las de las mujeres, que lo hacen de dos en dos (caps. CXCVII-CC): Eva y Santa Ana, Judit y Ester y, finalmente, “totes les dones que restaven” (cap. CC, p. 897). Adán y Eva suplican al espíritu del Señor poder contemplar su cuerpo crucificado, y “tantost fon fet un camí de aquí hon ells staven fins a Monticalvari, e sens exir de aquell loch los paregué ésser tots entorn de la creu e veure lo cors del Senyor molt clarament e adorant aquell ab profunda humilitat” (cap. CCI, pp. 898-899). Merced a este prodigio, Adán y sus descendientes masculinos, en primer lugar, contemplan y reverencian el cuerpo de Jesús en la cruz y, luego, a una María desconsolada al pie de la misma (caps. CCII-CCIII)). A continuación, son Eva y sus descendientes femeninas, con una mención expresa a santa Ana, madre de la Virgen, quienes hacen lo propio (caps. CCIV-CCV). Una vez finalizada la contemplación, y hallándose todavía el alma de Jesús en el limbo, Adán invita a bailar a todos los “pares antichs” que allí habitan para celebrar la visita del Señor, cosa que estos aceptan iniciando así un muy protocolizado baile cortesano (cap. CCVII), que tiene un segundo tiempo cuando “lo gran baptista sanct Joan, prenint Daniel per la mà, seguint-lo tots los altres jóvens, començaren a ballar e cantar ab gran concordança e melodía” y, todavía, un tercero, en las danzas de los ángeles y arcángeles con las mujeres que moran en aquel espacio:
E venint sanct Miquel, pres la gloriosa Eva, la qual, per sa gran dignitat, a totes preceÿa; e sanct Gabriel prengué la excel·lent sancta Anna, car era secretari e misatger de la dita senyora e de la Senyora Reyna sa Filla, e molt afectat a tots los que a sa Senyoria atanyen; e los altres prínceps angelicals prengueren aquelles altres senyores, cascú la sua; e lo gloriós sanct Raphel prengué la muller del jove Thobies, per la gran amistat que ab son virtuós marit tenia. (cap. CCVIII, pp. 913-914)
Otro ejemplo interesante de precedencias lo hallamos en el pasaje en que, con la ayuda del noble José de Arimatea y del “doctor e gran home d’sciència” Nicodemo, María, sus dos hermanas, san Juan, María Magdalena y unas anónimas mujeres, trasladan el cuerpo yacente de Cristo desde el monte Calvario hasta su sepultura (caps. CCXII-CCXVII). Sor Isabel describe la comitiva fúnebre de una manera muy plástica, en la que la disposición de los portadores del cadáver está llena de sugerentes connotaciones:
[…] Joseph e Nicodemus, prengueren lo Senyor per les espal·les, e Joan e Magdalena portaven los peus; les altres devotes dones anaven al mig. E la dolorosa mare anava al cap, retenint aquell ab les sues mans, no sens infinida dolor; e les germanes de aquesta Senyora tan dolorada anaven-li la una a la part dreta, l’altra a la esquerra, portant sa senyoria per lo braç, car tenir no·s podía […]. (cap. CCXXIII, p. 972)
Transcurridos tres días desde la muerte del Señor, su espíritu considera llegado el momento de reincorporarse a su cuerpo sin vida, para que de este modo se pueda materializar la resurrección del mismo (cap. CCXXXIV). Ello implica trasladarse desde el limbo, donde se encuentra el alma, hasta la tierra, donde está sepultado el cuerpo. A tal fin, san Miguel, como “príncep major en la cort de Sa Magestat”, organiza una espectacular procesión, formada por los entes del limbo y los angélicos, que acompañarán al espíritu de Cristo hasta la tumba terrenal en que fue sepulado. La preservación del buen orden de la comitiva se encomienda a los arcángeles san Gabriel y san Rafael, cada uno de los cuales, a tal efecto, portará “una verga d’or en la mà”. San Miguel, por su parte, manda preparar un bello palio, bajo el que hará el trayecto el Señor, cuyos ocho bordones de oro portarán, según el orden de precedencias que se explica y razona en cada caso, san Juan y Moisés, Adán y san José –entre los que se situará el Señor–, Abraham y san Joaquín y, finalmente, el rey David y el buen ladrón Dimas. El palio irá precedido por dos ángeles con sus respectivos incensarios (caps. CCXXXV-CCXXXVI). Cuando al fin se produce la resurrección de Jesús (cap. CCXXXVI), como en otras ocasiones, los personajes del limbo, primero, empezando por Adán y Eva, y las criaturas angélicas, después, desfilan en acción de gracias ante el trono del Señor. Luego, harán lo propio visitando a María (caps. CCXXXVIII-CCXXXIX) en otra procesión ordenada, una vez más, por san Miguel.
La ascensión de Cristo se produce desde el monte Olivete (caps. CCLI-CCLII), lugar donde se reúnen con María tanto los personajes veterotestamentarios del limbo como las criaturas angélicas, todos los cuales acompañarán al Señor en su subida al cielo:
E, venint primer lo príncep sanct Miquel a exercir son offici de camarlench, adorà lo Senyor ab profunda humiliació e féu gran reverència a la Senyora Mare sua; e manà als àngels que ab ell venien que apparellassen aquí solempne strado entre aquelles oliveres, e una cadira de gran excel·lència per a la Magestat sua e altra per a la Senyora Mare sua.
E, sient sa clemència en la dita cadira ab aquella roba de immortalitat, qui resplandia sens comparació molt més que lo claríssim sol, tenint en lo seu excel·lent cap la corona triümphal de la maravellosa victòria sua, manà seure la Senyora Mare sua en l’altra cadira.
E tantost fon aquí juncta la gran cavalleria angèlica tramesa per la Magestat del Pare eternal per servir e acompanyar lo Senyor Fill seu en aquella excel·lent jornada, qui devia entrar en lo realme seu. (cap. CCLI, p. 1080)
Jesús se despide de su madre (cap. CCLII), a la cual san Miguel y los príncipes de las tres jerarquías en que se agrupan los nueve órdenes angelicales rinden pleitesía (caps. CCLIII-CCLIV) por su cooperación decisiva en el proceso redentor. Lo mismo hacen, seguidamente, Adán, los patriarcas y los profetas (cap. CCLV). Luego, el Señor se despide de los apóstoles, empezando por san Pedro y san Juan (cap. CCLVI) y, finalmente, de María Magdalena (CCLVII). Después, “los àngels e sancts pares que ab sa magestat havien a pujar supplicaren sa clemència volgués tornar a seure en la cadira, e la senyora reyna al seu costat, perquè tots ells poguessen despedir-se de sa senyoria e besar les mans a sa altesa”. Una vez finalizadas todas las despedidas, Jesús empieza a ascender al cielo, junto a la comitiva de patriarcas y ángeles, cuyos miembros respetan un perfecto orden de precedencias de acuerdo con el cual, significativamente, corresponde a Adán ocupar el primer lugar, “molt prop de sa Magestat com a capità de la presa per sa clemència remuda e de captivitat deliurada ab la propia sanch” (cap. CCLVIII, p. 1097).
Una vez en el mundo celestial (cap. CCLIX), el Señor, tras ser recibido con cantos por los ángeles, es acogido por Dios Padre, quien, entre otras palabras, le dice:
[…] vull que vós, com a Fill meu humanat, siau entronizat a la dreta mia, fruint los majors béns de glòria que comunicar se poden, donant a vós possessió del regne meu en plenitut de senyoria, comanant a vós lo regiment de la universal monarchia del cel e de la terra […]. (cap. CCLIX, p. 1103)
Finalmente, es el propio Jesús quien asigna a todos los por él redimidos los lugares que estima pertinentes que ocupe cada uno de ellos entre los integrantes de cada orden angélico. Así, Adán, Eva, san José y santa Ana se ubicarán entre los serafines, “los que más sentiu de la amor divina” (cap. CCLX); “lo gran preïcador Joan Baptista e los sabuts Ysaÿes, Ezechiel e Daniel, ab tots los doctors, mestres e preÿcadors qui en lo món havien a venir” deberán instalarse entre los querubines, que es un orden “molt entés e sabut en la sciència divina” (cap. CCLXI); por su parte, Abraham, Isaac, Jacob, Melquisedec y su tía Isabel, junto a “tots aquells a qui los secrets divinals són revelats”, se integrarán en el orden de los tronos (cap. CCLXII), mientras que a Abel, los Santos Inocentes, la madre de los Macabeos y todos los mártires se les concede situarse entre los invencibles caballeros que integran el orden de las dominaciones (cap. CCLXIII) para que estas los protejan; al orden de los “obedients e devotíssims” principados se asigna “lo obedient Moysés, els devots sacerdots Aron, Symeon e Zacharies, e los capitans de religions Samuel, Eliseu e·ls altres qui en lo món serien” (cap. CCLXIV); en sexto lugar, Jesús ordena que los grandes celadores de la ley divina Elías, Enoc, el rey David, Judit y Ester tengan su aposento eterno en el orden de las potestades, al que también se incorporarán cuantos en el futuro “fidelíssimament pugnaran contra los infels e perseguiran aquells en defensió de la ley mia” (cap. CCLXV); asimismo, “en l’orde de les virtuts, qui administren egualtat e justícia, lo Senyor manà fossen posats lo benigne rey Josías e lo justificat Josué, ab la prudent e sabuda dona Dèlbora e tots los rectíssims jutges esdevenidors” (cap. CCLXVI); en penúltimo lugar, el Señor manda alojarse entre los arcángeles a Jeremías, José, Tobías y Abigaïl (cap. CCLXVII), y, ya finalmente, dispone que se instalen entre los ángeles del noveno orden “tots los qui ab benignitat tracten sos proïsmes” como Job, Matatías, Caleb y la profetisa Ana (cap. CCLXVIII).
Añadamos, por último, que, en los momentos previos a la muerte de María, también se advierte, una vez más, un esmerado orden de precedencias a la hora de enumerar los personajes de los que se va despidiendo: en primer lugar, el apóstol san Juan; luego san Pedro (cap. CCLXXXIII), san Pablo, san Andrés y el resto de apóstoles (cap. CCLXXXIV) y, finalmente, María Magdalena (cap. CCLXXXV), sus propias hermanas y Marta (cap. CCLXXXVI).
8. CONCLUSIÓN
La obra de sor Isabel de Villena refleja un complejo cosmos cuyos componentes están jerárquicamente interrelacionados. Los personajes de este universo se ubican en tres planos o escenarios distintos: dos de carácter sobrenatural, el cielo y el limbo, y otro de carácter natural, la tierra. El cielo es el espacio de Dios y los entes angélicos; el limbo, el de las almas de los personajes veterotestamentarios; la tierra, finalmente, el de las criaturas humanas. Desde el primero de estos tres escenarios, se dispone y manda ejecutar, con precisión milimétrica, el complejo plan redentor del que se han de beneficiar los moradores de los otros dos. Por esta razón, los actores celestiales interactúan permanentemente con los terrenales y los del limbo, desplazándose al efecto, cuando corresponde, a los escenarios propios de los unos y de los otros. La interacción se da también, aunque en menor medida, entre los moradores del limbo y dos seres excepcionales de la tierra, María y Jesús, que, tocados del hálito divino, desempeñan un papel clave en el plan salvífico.
La intención didáctica y devocional (Escartí, 2016; Criado, 2016; Peirats, 2019), a un tiempo, de Vita Christi lleva a sor Isabel de Villena a habilitar una retórica substanciada, fundamentalmente, en los recursos que equiparan complejos universos nocionales abstractos con realidades cercanas y tangibles, tales como las metáforas, las alegorías18 o los símbolos (Alemany, 2020), que facilitan la descodificación del mensaje por parte del receptor. Se trata, en cualquier caso, de un rasgo compartido por otros exponentes de los géneros didácticos en general, que aquí, sin embargo, adquiere una relevancia muy especial.
En Vita Chrtisti, el orbe todo está regido por una suerte de monarquía cuyos perfiles literarios se trazan a partir de la resemantización metafórica de los diversos cargos, fórmulas de tratamiento, gestos de saludo, orden de precedencias y fiestas propios de las cortes terrenales. La gobernanza de ese universo corresponde a los seres de naturaleza celestial, o que participan de la misma, debidamente estratificados: Dios es el rey, María la reina, mientras que, en los nueve órdenes angélicos, se encuadran los “funcionarios”, que, como los arcángeles san Miguel y san Gabriel o las virtudes, principalmente, se encargan de llevar a buen puerto las importantes misiones específicas que se les encomiendan.
La excepcional importancia cuantitativa y cualitativa de este recurso en la obra de la clarisa valenciana, sin perjuicio de lo que pueda tener en común con otras manifestaciones literarias o plásticas afines, puede ponerse en relación con una fuente experiencial de primer orden: los vivos recuerdos de la organización y los ceremoniales de la corte valenciana de la reina María de Castilla, en la que la autora vivió hasta los 16 años. La estrategia de metaforizar “a lo divino” la monarquía terrenal, además de ser un potente instrumento didáctico de carácter general, como ya hemos indicado, adquiere un valor añadido en nuestra Vita Christi, en la medida en que contribuye a implementar el método franciscano de meditación. Ello es así porque este fomentaba la contemplación imaginada de los pasajes de las sagradas escrituras de mayor calado teológico e impacto emotivo, a través de una recreación muy visual de los mismos, que, en nuestro caso, debió encontrar un estímulo decisivo en las vivencias personales pretéritas que sor Isabel guardaba en su memoria y que supo reciclar con admirable eficacia didáctica, habilidad estilística y, en fin, maestría literaria.
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1 Catedràtic emèrit Universitat d’Alacant. Departament de Filologia Catalana. Carretera Sant Vicent del Raspeig s/n, 03690 Sant Vicent del Raspeig – Alacant. Mail: rafael.alemany@ua.es
2 Para una aproximación de conjunto a la biografía y obra de la autora, además de la introducción de A. G. Hauf a su edición crítica de Vita Christi (Villena, 2022, pp. XIII-CLXII) y otras aportaciones anteriores del mismo autor (fundamentalmente: Hauf, 1990a; Hauf, 1990b, y Hauf, 2006), véase Orts, 2021; Cantavella, 2015a, y Cantavella, 2015b.
3 A la primera jerarquía pertenecen los serafines, querubines y tronos; a la segunda, las dominaciones, virtudes y potestades, y, a la tercera, los principados, arcángeles y ángeles.
4 Todas las referencias correspondientes al texto de Vita Christi que aparecen en este artículo remiten a la edición de Hauf (Villena, 2022). Al final de cada una de ellas indico, entre paréntesis, el capítulo o los capítulos correspondientes y también la página cuando se trata de citas literales.
5 Como la de “visrey” (cap. XIV, p. 89), “lochtinent general” (cap. XVIII, p. 110) o “camarlenc” (cap. LIV, p. 245).
6 Es decir, el encargado de preparar los aposentos.
7 Las palabras que se destacan en cursiva son un buen ejemplo de metaforización “a lo divino” de la corte terrenal, implementada en este caso mediante la significativa alusión a san Gabriel como miembro excelente de la caballería de la corte de Dios.
8 Las cursivas son nuestras.
9 Destacamos en cursiva las palabras que evidencian el habitual papel de san Gabriel como mediador ante la Virgen, ya sea en asuntos trascendentes como en otros más triviales como el que nos ocupa.
10 Las palabras que transcribimos en cursiva explicitan, una vez más, el especial vínculo entre san Gabriel y la Virgen.
11 La cursiva es nuestra y, de nuevo, subraya el particular vínculo entre el arcángel y María.
12 La “excel·len reyna” Caridad, el tándem formado por Misericordia y Piedad, Esperanza, Fe, Paciencia, Fortaleza, Prudencia, Virginidad, Devoción, Humildad y, por último, Obediencia, la más contundente de todas en su argumentación.
13 Caridad, desde antes de nacer; Pobreza, en la Natividad; Paciencia, a los ocho días del nacimiento del niño; Humildad, cuando se inicien las persecuciones contra Cristo y sus seguidores; Penitencia, al cumplir Jesús sus 30 años y vencer al diablo en su retiro al desierto; Piedad, al iniciar su predicación y Misericordia, en el momento de su muerte.
14 Ver nota 3.
15 Para los diferentes significados del beso en la Edad Media, puede ser notablemente orientativo Cacho, 1993, por bien que se trate de una aportación aplicada a otra gran obra medieval valenciana, el Tirant lo Blanc.
16 A propósito de la “cooperación” de Eva y María en el proceso redentor, según la obra de sor Isabel de Villena, y, en consecuencia, de la neutralización de la generalizada visión antagónica de ambos personajes femeninos, ver Alemany (2021) y Alemany (2012b).
17 Todas las cursivas son nuestras y subrayan la enorme importancia que la gestualidad, casi teatral, adquiere en los fragmentos citados.
18 Para un caso especialmente interesante del uso de la alegoría en Vita Christi, como es el que concierne a la relación entre Jesús y María Magdalena, ver Alemany, 2022. Véase también, con unos objetivos más generales, Cortijo (2016).