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Bespaloff R. (2022). El instante y la libertad en Montaigne. Prólogo y traducción de Manuel Arranz. Madrid: Hermida Editores

Por Jairo López Hernández1

Nos encontramos un corto libro de la filósofa búlgara Rachel Bespaloff (1895 – 1949), en el que se refleja la preocupación ética de su pensamiento, al servicio de la lucha por la libertad y la justicia, desde una perspectiva de una filosofía ligada a la vida, una filosofía del arte de vivir.

En este ensayo, como en sus otros escritos, interpreta las grandes obras que ha producido la mente humana. En este texto, en sus ocho partes, se hace una relectura de la libertad y del instante a partir del contraste entre el pensamiento sobre la libertad y el instante en las Confesiones y La Ciudad de Dios de Agustín y la filosofía de vida de los Ensayos de Montaigne. Junto a estos dos pensadores, se une a este análisis el texto de Las ensoñaciones del paseante solitario de Rousseau. A los tres autores Bespaloff los considera poetas de la subjetividad y los identifica con el compromiso con el drama de la ruptura -con el mundo pagano, con la cristiandad medieval y con la civilización clásica – y con una conversión -al cristianismo, a un nuevo humanismo y al socialismo-. Para esta filósofa, estos tres pensadores nivelan al ser humano frente al flujo y al movimiento en el tiempo, ubicándolo en un constante instante en el que pretenden encontrar plenitud, paz, conocimiento y dominio de sí mismos en una presente auténtico. En el cristianismo de Agustín, el humanismo crítico de Montaigne y el quietismo crítico de Rousseau se encuentra el sentimiento de la existencia como modo privilegiado del desvelamiento del ser mediante el conocimiento de uno mismo.

La pensadora búlgara trata en San Agustín la idea de tiempo la cual está ligada a la preferencia del ser humano por la inmutabilidad divina en el que se pasa del continuo fluir a la estabilidad donde encuentra su plenitud. En contraste, para Montaigne el instante es a la vez una llamada del ser que con su único ahora llena el siempre (Ensayos II, 3, p. 912)2 y un reflejo del devenir en la medida en el que reflejar significa circunscribir, captar, transcribir la apariencia que surge de la nada. Así se llega al goce de lo breve porque en la medida en que la posesión de la vida es más breve, se vuelve más honda y más plena (Ensayos III, 13, p.1661). Se encuentra en Montaigne una conversión a lo terrenal, conversión que también se continúa en Rousseau, quien propone llevar una felicidad suficiente y terrenal.

En contraste con Agustín, en quien hay un sentido de mundo como misión, tarea y compromiso, y además un deseo de apartamiento de los excesos del mundo (lo mundano), en Montaigne no hay un abandono del mundo, lo que éste ensayista procura es un entrar en uno mismo, para redescubrirse, juzgar y asumirse mediante la inteligencia y los sentidos, y aceptar la posibilidad de perfeccionarse, a través de la educación del yo. Sucede una aceptación activa de uno mismo, a la que se accede por la duda, el tiempo y el juicio como capacidad de evaluar la vida. Puede darse una impotencia al explicar el presente y comprender la libertad. En el bordelés, la conciencia del instante sobre la que se basa la inteligibilidad del tiempo se concibe como un acto de presencia del ser humano, en el que se preserva el sentido de la interioridad y de la duración, desde una justa comprensión de la existencia. Un individuo que se aloja en el mundo y al que no se le pide más, sino que ocupe su lugar. No hay esa tensión entre inmanencia y trascendencia que hace de la obra de Agustín un drama dominado por el instante de la conversión. La insistencia de Montaigne está en la ética, mediante la honestidad de la vida cotidiana, mediante la lealtad de ir tras la verdad, lo que lo lleva a crearse (pintarse) constantemente. Es un crearse constantemente que se sitúa en medio del nacer y del morir. No tenemos comunicación con el ser, lo que sucede es que se disuelve el ser en el devenir. Así que se sitúa al ser humano en la vida cotidiana donde se encuentra con las contradicciones que se viven en la experiencia vital, donde la relación con el otro depende de la relación consigo mismo, desde una perspectiva dialéctica. En este orden de ideas, Bespaloff resalta la figura de Sócrates que reivindica Montaigne en sus escritos, quien vive esta sabiduría de una existencia auténtica, libre y en cada instante hasta su muerte.

El pensamiento existencialista traspasa este libro de Rachel Bespaloff y resulta inspirador en la manera como relee y asume el pensamiento montaniano en comparación y contraste con el de Rousseau y especialmente con el de Agustín. Poner en diálogo desde categorías filosóficas modernas, y desde la filosofía contemporánea, ayuda a redescubrir la profundidad de pensadores como Montaigne que invitan a un arte de vivir libre y en lo terrenal. Al hacerle fuerza a este autor frente a los otros, los sitúa más en una perspectiva actual que recrea ese ensayarse y experimentarse propio del filósofo humanista bordelés. Es quizás que por eso que esta filósofa búlgara en el momento final de su trágico suicidio recordó la frase del ensayo sobre la vanidad que cita en este libro: “No me produce tanta extrañeza estar muerta como confianza morir. Me arropo y me agazapo en esta tormenta que ha de cegarme y arrebatarme furiosamente con un ataque rápido e insensible” (Los ensayos, III, 9, p. 1448). Besapaloff se sitúa como Montaigne, en esa línea socrática y estoica de que la filosofía enseña a vivir, y también a morir bien. Un Montaigne que confiado en la naturaleza quiere asir y fijar la espontaneidad del instante mediante el arte de vivir. A este arte conduce finalmente su humanismo crítico, sus ascesis de la duda y su dialéctica. La grande y gloriosa obra maestra del hombre es vivir de modo conveniente. Todo lo demás, reinar, atesorar, edificar, no son más que pequeños apéndices y adminículos a lo sumo (Los Ensayos, III, 13, p. 1655 – 1956).

En ese sentido, en los escritos del bordelés, como ya hemos mencionado, no se fabrican mundos por encima de la vida corriente, un mundo que contemplar, que sirva de refugio a la realidad que vive el ser humano en su condición natural. Le interesa “la vida baja y sin lustre”, la vida cotidiana, normal tal como la viven todos los seres humanos en sus particularidades. Si bien nos refiere lo heroico y lo extraordinario de los seres humano, estos hechos y testimonios los juzga según el lugar que ocupa en la vida cotidiana de quien lo lleva. Bespaloff analiza como Montaigne somete el pensamiento al uso y a la prueba de la vida cotidiana como fundamento de un método dialéctico, que descubre las contradicciones, inspirado en su filósofo favorito, Sócrates. Una vida cotidiana que significa vida privada, experiencia propia de la situación compartida, desvelamiento personal de la condición humana. En un contexto de guerra donde lo privado se vuelve público, el filósofo de Burdeos defiende la vida cotidiana del terror, a rehabilitar la elección de lo cotidiano, del instante en el que ubica al ser humano en movimiento3.

En ese orden de ideas, nuestra filósofa búlgara terminará interpretando ese arte de vivir montaniano como un arte de curar, tanto a los individuos como a los grupos sociales y naciones, de la enfermedad de la presunción que lleva a los dogmatismos, a los odios, a la violencia, a la guerra, al terror y a la crueldad, no sólo entre los pueblos y religiones, sino que fomenta continuamente una rebelión contra sí mismos. Una cura que es la posibilidad de la libertad del ser humano que escoge entre los términos medios de un extremo en el que se avanza por un prodigio de equilibrio, que se logra mediante la sabiduría cotidiana, a la que se está siempre a la caza, pero en la que sucede también una gracia. Una gracia entendida como don, como libertad otorgada y conquistada, fruto de un entrenamiento en la vida, con sus logros y sus frustraciones.

De esta manera, referirá Bespaloff, que Montaigne propone un arte de vivir, de vivir de manera conveniente, en el instante, la dialéctica y las contradicciones de la vida. Se trata de un vivir la vida normal tal y como es vivida por cada individuo en particular. Se trata de someter la vida privada, la experiencia personal de la situación compartida, muchas veces desgarradora y violenta, donde la tarea es curarse de las presunciones en las que cae el ser humano, pueblos y naciones, así como promover el diálogo consigo mismo y con los otros. En últimas, el bordelés nos enseña modestamente a no transformar la vida en un infierno, al que se puede descender por la vanidad y el engreimiento. Más bien optar por la humildad, lo cotidiano y el instante donde es posible la libertad de elegir vivir bien y morir bien.

1 Instituto Montaigne y Universidad del Norte (Colombia) jrlopez@uninorte.edu.co

2 Montaigne, Michel de (2007). Los Ensayos. (Traducción al español de J. Bayod Bau). Barcelona: Acantilado.

3 López Hernández, Jairo, El ser humano en Los ensayos de Miguel de Montaigne, en Eidos: Revista de Filosofía, Nº. 38, 2022, págs. 71-97.