Fayos Febrer, R. (ed.). (2024). Personalismo y educación. Dykinson

Alfredo Esteve1

En La estructura de la persona humana, Edith Stein realiza una afirmación que muy bien puede servir como idea clave que sobrevuela este libro: «La pedagogía que carezca de respuesta a la pregunta qué es el hombre no hará sino construir castillos en el aire» (pp. 151-152). Se trata de una cuestión esencial, efectivamente, y más en estos tiempos en los que, sumergidos como estamos en ese mar de papeles y procedimientos, fácilmente se nos desvía la atención impidiéndonos dirigir nuestra mirada hacia lo que se supone que es el objeto de la educación; o mejor: hacia quien se supone que es el objeto de nuestra educación. Pregunta ―la realizada por Edith Stein― de la que no se espera tanto una respuesta teórica o intelectual, independientemente de que sea también preciso reflexionar sobre ello, como existencial.

Todo proceso educativo lleva asociado un modelo de persona, sea éste más o menos explícito, o más o menos consciente. Un modelo de persona que es el que se transmite precisamente al educando en el proceso educativo, en el cual va a una lo que se dice y lo que se hace con lo que se es. El buen maestro no sólo dice y hace, sino que trata de vivir en primera persona aquello que dice y hace. Porque en el fondo, uno dice y hace lo que es; todo lo que no sea eso, es una falsedad.

Ahora bien, transmitir un modelo de persona no es fácil, pues inadvertidamente podemos deslizarnos por la suave pendiente de cierta imposición, cuando no de dogmatismo. ¿Qué ha de ocurrir para que, teniendo un modelo de persona al que nos gustaría que un educando se aproximara, no caer en una educación dogmática? Pues que se caracterice primariamente por el cultivo de la libertad. De lo que se trata no es de que una persona, un educando, sea de tal o cual manera, sino de que sea capaz de ejercer su libertad del modo más humanizador o personalizador posible para que sea él quien logre ser de tal o cual manera. El asunto es que esto no es tan sencillo de determinar, porque va unido al hecho de ser persona una problematicidad intrínseca en su vivir, cierta inespecificidad en el desarrollo y despliegue de su existencia. Si la vida ya es problemática per se, ¡cuánto más tratar de acompañar a una persona a que vaya descubriéndose y definiéndose a sí misma!

Si digo esto es porque, a mi modo de ver, aquí se puede situar el meollo de los distintos capítulos que componen este libro, cada uno de los cuales está dedicado a un gran pensador contemporáneo, con una importante inquietud por la educación. No es fácil de determinar cómo se es persona; mucho menos acompañar a un educando para que descubra su vocación como tal, ni ayudarle a ejercer sus facultades del modo más humanizador posible; no es fácil ―digo― desde el respeto a la libertad de cada cual, pues la posibilidad de la imposición de las propias convicciones por parte del educador, aun con la mejor de las intenciones, siempre es una amenaza muy real. Es esta dificultad asociada de modo intrínseco a la educación la que conlleva que, si uno se la toma en serio, no pueda soslayar la responsabilidad de pensarla. Y de pensarse.

Esta inquietud es la que se vislumbra en los autores que participan en este libro colectivo, miembros del grupo de investigación ‘Persona y educación’ de la Universidad CEU Cardenal Herrera. Para ello se apoyan ―como decía― en grandes pensadores contemporáneos, en concreto en estos seis: Emmanuel Mounier, Romano Guardini, Ferdinand Ebner, Julián Marías, María Zambrano y Edith Stein. Todos ellos con una inquietud radical sobre lo que significa algo tan fundamental y complejo como es ‘ser persona’.

El libro se escribe partiendo de una inquietud radical por la educación, desde luego, pero a la luz del marco más general establecido por el personalismo filosófico. Así lo dice el editor en las primeras líneas de su Introducción: «Este volumen recoge un conjunto de ensayos e investigaciones que buscan ahondar y esclarecer los posibles lazos y vinculaciones de la escuela o corriente filosófica personalista con la fundamentación antropológica del hecho educativo». No es casualidad que el primer autor con que nos encontramos en el libro sea Emanuel Mounier. Esta intención abre una cuestión interesante, que en el libro se roza en determinados momentos aunque sin entrar a fondo en él, algo comprensible ya que no es su objetivo principal. Me refiero a la cuestión de si todo autor que se preocupe o que lea a la persona según un aire de familia con la corriente abierta por Mounier, debe ser considerado un autor personalista. Parece que no necesariamente tiene que ser así; de hecho, esto ocurre con algunos de los autores que aquí se nos presentan: aunque su preocupación por la persona está fuera de toda duda, más dudosa es su adscripción al personalismo como tal. Paradigmático es en este sentido el caso de Julián Marías, tal y como se explica muy bien en el capítulo que se le dedica.

Obviando este asunto, que no quería dejar de destacar por su relevancia filosófica, quería insistir también en una riqueza añadida que presenta el libro, y es que de cada uno de los pensadores estudiados se nos hace una introducción más general tanto en lo que se refiere a su biografía como a su pensamiento, lo que nos ayuda a comprender mejor sus propuestas educativas. El pensamiento de un autor en absoluto es algo independiente de sus vicisitudes biográficas; más bien al contrario, habría que afirmar su estrecha vinculación. Nada de lo que uno ha vivido queda al margen de su pensamiento: ¿podría ser de otro modo? Con esto no se quiere decir que su pasado les aboque necesariamente a ‘esta’ forma de pensar, ni mucho menos, pero qué duda cabe de que las experiencias vividas así como las vicisitudes sociales en que se han visto inmersos les influyen y condicionan en mayor o menor medida. Su vida y, con ella, su pensamiento, se endereza hacia ciertas posibilidades existenciales tratando de resolver la problemática que su historia y su biografía les ha presentado. Y nada de esto se da al margen de un horizonte antropológico hacia el que entienden que hay que caminar, y que a la postre fundamenta su postura educativa. Una postura pensada, y vivida.

Una vez conocida su vida y comprendido su pensamiento filosófico general resulta más asequible comprender su propuesta pedagógica, y ello en los dos aspectos principales: hacia qué modelo de persona cabe enderezar el proceso educativo, y cuál es el modo adecuado para ir implementándolo en el educando sin ejercer ningún tipo de violencia sobre él, desde el máximo respeto por su dignidad y su libertad. Como muy bien explica Guardini, precisamente la condición de posibilidad de la educación pasa por aquí: que uno disponga libremente de sí mismo. Y no sólo eso, sino que para poder considerar al acto educativo como tal, además de garantizar la libertad del educando es preceptivo que dicho acto esté orientado a crear libertad (p. 49). ¿Acaso hay otra manera?

Como decía, cada uno de los capítulos nos sitúa en este marco en referencia a los seis filósofos citados. Los respectivos autores que participan en el libro muestran un gran dominio tanto a nivel biográfico como filosófico y pedagógico de los mismos. Gracias a su buen hacer el lector puede percibir en todos ellos una sensibilidad especial para leer la realidad y para pensarla, para ver a la persona y reflexionar sobre ella. Se percibe en todos ellos un aroma común que podría articularse en torno a esa preocupación radical por la persona y por su personalización. No pretenden hacer un tratado teórico de lo que sea o signifique ser persona, ser miembro de la especie humana, sino más bien poner de manifiesto su dignidad como tal, y alumbrar posibilidades para que cada uno pueda encarnarla en su vida del modo más pleno posible. Pero que entre todos ellos se perciba ese aroma común no debe llevarnos a engaño y concluir precipitadamente que se trata de un pensamiento único, pues ciertamente cada uno encara esta tarea desde su existencia personal y su tradición filosófica, entreviéndose no pocas diferencias que, lejos de atomizar el texto, lo enriquecen ―en mi opinión― al encarar el problema desde perspectivas diferentes y complementarias.

Todos buscamos realizarnos, todos tratamos de seguir una vocación que queremos alcanzar. Otra cosa es qué posibilidades tenemos, es decir, a qué podemos aspirar de modo efectivo. Los ideales que uno se pueda proponer como meta en su vida penden en buena medida de su bagaje existencial; de alguna manera, nuestro pasado compromete nuestro futuro, pues nos dibuja el ámbito por el cual vamos a poder desplegar nuestra existencia. Qué importante es, entonces, que en el seno de este despliegue existencial podamos contar con experiencias que nos enriquezcan y nos iluminen sobre lo que significa ser persona, y nos ayuden a enderezar hacia ahí nuestras vidas. Sin duda, este libro puede erigirse en una buena oportunidad para ello.

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1 Universidad Católica de Valencia. alfredo.esteve@ucv.es