Putallaz, F. X. y Hadjadj, F. (2023). ¿Qué es la naturaleza? Traducción de M. Martín. Madrid: Rialp

David Torrijos Castrillejo1

Este pequeño ensayo filosófico escrito a dos manos aborda la cuestión de la «ecología integral». Ambos autores echan mano de la gran tradición de pensamiento clásica para volver sobre la cuestión ecológica en perspectiva humanista. Según ellos, no cabe una respuesta a la problemática ecológica sin contar con el hombre y mucho menos es pensable una ecología contra él. Vienen a intervenir en un debate de gran actualidad aportando una mirada positiva frente a tantos posicionamientos antihumanistas que ven en el ser humano el gran problema ecológico.

El libro consta de dos escritos de extensión algo desigual. El texto de Putallaz consta de 73 páginas, mientras que el de Hadjadj tan sólo de 39. La traducción española es fluida y facilita el acceso a la reflexión originalmente redactada en francés.

En cuanto al contenido, en primer lugar, Putallaz pone de manifiesto las limitaciones del planteamiento filosófico moderno. La modernidad, al ponerse como objetivo el control de la naturaleza, deja de admirarla y tiende a ver sólo en ella una fuente de recursos para poner en marcha su proyecto de desarrollo del hombre. Esto se aprecia de manera especialmente llamativa en el mecanicismo, por el cual se produce una reducción de la realidad natural a los factores cuantificables de la causalidad material y eficiente. En Kant se habría producido la máxima ruptura entre la naturaleza y la libertad (pp. 33-39). La naturaleza ya no puede ser un horizonte para orientarse en la vida humana, puesto que pertenece a un dominio totalmente ajeno al de la libertad. El de la naturaleza y el de la libertad representan dos campos excluyentes entre sí. Esto supondrá una libertad desnaturalizada y una naturaleza deshumanizada. La libertad se vuelve dueña y soberana de la naturaleza, la cual habría de plegarse al servicio de su arbitrio y de los designios que ella tiene para controlar la realidad. La naturaleza, por su parte, se convierte en puro material inerte manejable por la autonomía del espíritu, es muda y no tiene nada que indicarle, pues éste ya no lee en ella nada inteligible, ningún rastro de espiritualidad queda ya en ella.

Frente a esta situación de muto extrañamiento entre libertad y naturaleza, Putallaz nos propone volver la mirada al viejo Aristóteles. En él se halla aún una mirada a la naturaleza cargada de sorpresa. Si él puede repetir incansablemente que «el arte imita la naturaleza» es porque la naturaleza misma es inteligible y enseña al hombre cómo se debe obrar: «[…] si la naturaleza puede devenir normativa de la acción humana por su finalidad intrínseca, es porque ella es portadora de sentido» (p. 67, subrayado en el original). El arte es una plasmación del espíritu, de la mente, pero la naturaleza es más inteligible aún que el propio arte.

La naturaleza se encuentra, según Aristóteles, en el conjunto ecológico, pero sobre todo en cada cosa, es su identidad más profunda. Asimismo, la racionalidad propia de la naturaleza se sitúa en su carácter teleológico. Está orientada a fines, tiene tendencias que la guían hacia su plenitud. Por este motivo, puede ser orientadora también de la conducta, cuya racionalidad estriba precisamente en la determinación de fines para nuestros actos: «Es en el respeto de esta finalidad, diversa según las especies de realidades, donde se disciernen las indicaciones que seguir, a fin de realizar del mejor modo aquello a lo que está destinada toda cosa, incluso para servir a las justas finalidades humanas. El pan, por ejemplo, fruto de la naturaleza y del trabajo de los hombres, ¿no encontrará su verdadero sentido alimentando a la humanidad? ¿No es el desperdicio una falta moral? La educación más elemental en la más humilde de nuestras familias nos enseña a no tirar los restos de pan a la basura, sino destinarlo a un uso noble, como sería darlo a las gallinas» (p. 58). El ser humano debe reconocer la orientación interna que la naturaleza de cada cosa le otorga a ésta. Tal orientación se ha de descubrir y obrar de acuerdo con ella. Por tal motivo, se debe desechar la visión kantiana por la cual el hombre no puede reconocer la identidad profunda de las cosas, debiéndose limitar a clasificar sus factores fenoménicos. Se ha de poder penetrar en la índole profunda de las cosas, su naturaleza, para así ajustar nuestras acciones a ella.

Putallaz propone, en fin, retornar a una imagen del hombre más tradicional, que ni lo reduzca a «mera naturaleza», como estaría dispuesta una filosofía materialista, ni tampoco lo considere totalmente ajeno a ella: «[…] conviene no considerar al hombre como un puro sujeto, ni como una substancia pensante frente a un mundo disponible. Pues el hombre es él mismo un animal, parte integrante de la naturaleza y sometido a las leyes y finalidades de los vivientes» (p. 74); ahora bien, «el hombre no se reduce a su animalidad, por compleja que ella sea. Transciende la naturaleza biológica por sus operaciones específicas que son la abstracción, el uso de la palabra, la libre elección, la contemplación, pero también la actividad práctica, ética o técnica. En este sentido, es natural para el hombre no ser natural, pues es propio de la esencia del ser humano honrar su finalidad ejerciendo una actividad transformadora de las cosas que le rodean» (p. 75). El hombre, por su racionalidad, está obligado a poner su inteligencia en juego y llevar a cabo una serie de prácticas que no son producto de la mera biología. Sin embargo, siendo él mismo, sobre todo en su condición corpórea y biológica, un ser viviente, parte de un sistema ecológico, no puede disponer ni de sí ni de la naturaleza que lo rodea de manera tiránica y absoluta, como si su propio cuerpo y los demás seres naturales no dispusieran ya de una lógica y de unos fines que alcanzar. En este sentido, la propuesta es de una ecología humanista en que se logren armonizar ambos polos, una ecología integral como la augurada por los tres últimos papas, especialmente Francisco en su Laudato si’; sin embargo, la de Putallaz no es una propuesta confesional, ya que cualquiera puede reconocer esta doble dimensión del hombre, ser natural y ser libre, en dos facetas que no se excluyen entre sí sino que se reclaman mutuamente.

El ensayo de Hadjadj, por su parte, pretende incidir en un aspecto central de la concepción tradicional de la naturaleza: su propia finalidad la hace apta y, en cierto modo, llamada al cultivo humano. Si el hombre forma parte de la naturaleza, entonces la racionalidad y la libertad son un elemento constitutivo de ella. En este sentido, la tradicional idea de «cultivo» de la naturaleza refleja muy bien una concepción de la presencia del hombre en el mundo como parte de la naturaleza con una grave responsabilidad en ella: la de llevar a la naturaleza a su máximo desarrollo y perfección. Para persuadirnos de la importancia de esta misión del hombre, Hadjadj recuerda una muy pertinente afirmación de Aristóteles, enfatizada por Rémi Brague ya en su tesis doctoral (de hecho, quien esté interesado por estos temas encontrará una toma de posición bastante similar en las recientes obras de este filósofo, también galo): «El hombre es el animal más conforme a la naturaleza» (Historia de los animales, 706a19, cit. en p. 103). Comenta esta sentencia Hadjadj diciendo: «El nombre de naturaleza, recibido en un sentido analógico y designando el principio de formación y de operación específica de un ser, encuentra su expresión más completa en la realidad humana. El logos no desciende de un algo supra lunar, remonta de las profundidades de la naturaleza misma, como un geiser vertical, brotando de abajo hacia arriba, a nuestra animalidad» (p. 104). La naturaleza espiritual del hombre es algo que también pertenece a la naturaleza, de modo que la «cultura» y el «arte», concebido como transformación de la naturaleza, no son extraños a ella sino parte de su propia índole. En efecto, Aristóteles concibe la naturaleza como algo dado no sólo en la esencia sino sobre todo en el dinamismo originado por ésta. Lo propio de la naturaleza aristotélica es el despliegue de sus actos y se encuentra en cierto modo más plenamente en sus actividades que en las condiciones de las que se parte para ejecutarlas. Por tanto, la naturaleza está llamada a semejante desenvolvimiento y es el cometido del hortelano y del pastor humano permitirle alcanzar su máximo rendimiento.

Estos planteamientos le llevan a Hadjadj a insistir en que la máxima belleza y plenitud de la naturaleza infrahumana no es alcanzada en la «selva virgen» o en el «territorio salvaje» sino en el jardín y la huerta. Al ser humano se le ha confiado la naturaleza para custodiarla y cultivarla, de modo que adquiera su esplendor. Hadjadj se enfrenta aquí a toda la mística de la naturaleza inculta popularizada por Rosseau y otros autores similares, quienes, más que amor por la naturaleza, ocultan en sus palabras un resentimiento y un desprecio por el espíritu humano. Sobre este tipo de ideología denuncia que se ha generado hoy en día una nueva forma de colonialismo imponiendo en ciertos lugares, como en África, la forzada y artificiosa «conservación» en estado salvaje de amplios territorios, expulsando de allí al ser humano. Se implanta así un extraño ecologismo que fuerza al hombre a retirarse de la naturaleza. Por supuesto, no pretende Hadjadj proponer un dominio despótico de los seres naturales sino que nos invita a volver la mirada sobre el hombre tradicional, el campesino que cultiva su terruño, que —me permito decirlo con palabras de nuestro Wenceslao Fernández Flórez— «rotura la tierra con el mismo amor como fecunda a su esposa». Leamos sus palabras traspasadas de lirismo: «La naturaleza se manifiesta en la variedad de un jardín bien cuidado: se ven allí la peonía junto a las lilas, el peral cerca de la calabaza y la lechuga, y la espalda de la jardinera, afanada en escardar, que se pone en pie entre una gallina y un pato, mientras que su esposo, que acaba de enseñar a su hijo cómo se podan las vides, recompone el cántico “La higuera comienza a madurar sus frutos, las viñas en flor ya exhalan su fragancia. ¡Levántate, ven, amada mía, hermosa mía, vente!” (Ct 2, 13). E invitan a los vecinos a su mesa. Helos aquí dando lo que les sobra a los que no tienen, pero no se alegrarían si cada familia no pudiese tener su casa y su parcela de tierra (Cf Lv 25, 10)» (pp. 120-121).

En resumen, según Hadjadj, existe un modo humano de cooperar al cultivo de la tierra, en el uso de la naturaleza sin incurrir en su abuso. Por fin, se ha de ver en ella —apunta Hadjadj— no pura naturaleza, sino también creación de Dios. El hombre se inscribe en la obra divina como en un diálogo con el creador que lo ha llamado a una relación personal con Él, una conversación que no se puede verificar sin la existencia del espíritu y la libertad en el universo. De tal modo, la naturaleza se convierte en altar, el escenario para una liturgia de amistad entre el autor de la naturaleza y su criatura material más querida, el ser humano.

1 Universidad Eclesiástica San Dámaso. Correo electrónico: dtorrijos@sandamaso.es.