Han, B.-Ch. (2021). No-cosas: quiebras del mundo de hoy. Traducción de Joaquín Chamorro Mielke. Madrid: Tecnos

Rafael Castro1

En su último libro, Han afirma: «[y]a no habitamos la tierra y el cielo, sino Google Earth y la nube» (p. 12). En No-cosas, Han critica el paso del mundo de las cosas hacia el mundo de las no-cosas. Las cosasson vendrían a ser los objetos físicos que solían constreñir nuestra vida cotidiana: los árboles, los libros, las casas y sus respectivos habitantes. Frente a ellas, Han nos muestra las no-cosas —o información digital—. Las no-cosas son realidades intangibles y, por ende, inmunes al paso del tiempo. Los e-books o libros electrónicos, por ejemplo, son las no-cosas que en la actualidad intentan reemplazar a los libros. La naturaleza se aleja de nosotros siendo únicamente accesible mediante la pantalla de nuestros smartphones. Las personas también escapan de nuestro alcance, disponiendo únicamente de ellas en redes sociales como Facebook o Tinder (p. 94). En suma, No-cosas es una crítica social a la digitalización del mundo y una elegía al ‘misticismo’ del mundo de las cosas.

No-cosas también puede entenderse como una crítica a la ontología de Heidegger. Heidegger desarrolla una ontología que se centra principalmente en las cosas desde la perspectiva de nuestra mano. Para Han, la mano es el «órgano del trabajo», mientras que el dedo es el «órgano de la elección» y del «juego» (p. 22-23). El declive de las cosas frente al florecimiento de la información refleja el reemplazo del Dasein de Heidegger por el Phono sapiens de Han. Mientras que el Dasein se veía obligado a lidiar con el mundo que le rodeaba, el Phono sapiens interactúa con el mundo mediante su smartphone. De este modo, nuestros dedos nos permiten consumir nueva información mientras que desechamos aquello que no nos interesa. La información, en tanto que no-cosa, nos libra de «la perfidia de las cosas» (p. 64), de la frustración y la dificultad que nos genera el mundo. Sin esa frustración, el Dasein parece no tener lugar en nuestro mundo: «El ser humano ya no es un Dasein, sino un inforg que se comunica e intercambia información» (p. 16).

El libro se divide en ocho capítulos de una extensión pareja. Los dos primeros («De la cosa a la no-cosa» y «De la posesión a las experiencias») introducen al lector en el cambio social que Han trata de analizar. Desde los albores de la humanidad, el ser humano ha tratado de modificar su entorno para facilitar su vida. Este proceso culmina con la Revolución Industrial, en la que ya no sólo disponíamos de las cosas tal y como se daban en nuestro entorno, sino que fuimos capaces de «expandir la esfera de las cosas», elaborando autómatas. Los autómatas también eran cosas; eran objetos burdos pese a ser útiles. El siguiente paso fue la «espiritualización de la realidad» (p. 20), esto es, el trasvase de nuestras facultades intelectuales a los autómatas, convirtiéndolos en infómatas. Los infómatas son los únicos objetos que podemos poseer en la actualidad. Entre ellos, encontramos los coches inteligentes, la smart TV, los smartwatches y los smartphones. Los infómatas son los intermediarios entre las personas y los objetos. Para Benjamin, según cita Han, «la posesión (...) es la relación más profunda que se puede tener con las cosas» (p. 28). Como las únicas cosas que habitan en este mundo son los infómatas, la forma por excelencia de obtener rédito económico es mediante la comercialización del acceso a la información, puesto que la información, en tanto que no-cosa, no se puede poseer. El paso de las cosas a la información es también el paso de la posesión a la experiencia, al acceso y al juego.

La importancia de los smartphones en nuestra época cobra importancia en los dos siguientes capítulos: «Smartphone» y «Selfie». Los smartphones debilitan nuestra relación con los objetos. Los objetos (del latín obicere) son cosas completamente opuestas y distintas de nosotros (p. 37). El smartphone elimina las dificultades que genera conocer lo otro, lo distinto del sujeto. Convierte los objetos en imágenes, «se hace» con el mundo (p. 36). El paso de la fotografía analógica a la digital también certifica la anulación de la alteridad. Mientras que la fotografía analógica está «enamorada de la realidad» (p. 47), la fotografía digital guarda una tenue relación con el mundo. Asimismo, mientras que la unicidad de las fotografías analógicas dotaba a estas de gran importancia y las cargaba de valor sentimental, la facilidad de fotografiar nuestro día a día convierte la fotografía en un acto de comunicación, en mera información.

El quinto capítulo («Inteligencia artificial») desvela la importancia de la frustración que generan las cosas para la vida intelectual del sujeto. Esta frustración, la emociones que la interacción con el mundo despierta en nosotros, constituyen lo que Heidegger denominó «disposición anímica» (p. 54). La disposición anímica es lo que obliga al Dasein a pensar, a interrogarse sobre las cosas que le rodean. La disposición anímica —que, para Heidegger, es el principal objeto de estudio de la filosofía— hace que el pensamiento se enfrente a la totalidad de las cosas existentes. Sin esta «totalidad afectiva», algo exclusivo del Dasein, los infómatas nunca serán capaces de pensar.

El sexto capítulo («Vistas de las cosas») desarrolla algunas características de las cosas a través de siete secciones. Por ejemplo, «La perfidia de las cosas» habla acerca de cómo nuestro mundo está cada vez más alejado del dolor y de la frustración propio de las cosas. En «La magia de las cosas», las cosas se describen como algo mágico, como algo que nos «hiere», utilizando la terminología de Barthes (p. 77-78). «La espalda de las cosas» habla acerca de un mundo sin rostro (p. 71), un mundo que ha perdido la alteridad (p. 69). En suma, todas las secciones de «Vistas de las cosas» procuran perfilar con mayor detalle las características del mundo de las cosas y reflejan aquello que se está perdiendo en la actualidad con el auge del mundo de la información.

En el séptimo capítulo, «Silencio», Han revindica el silencio y la escucha como forma de relacionarse con «lo innominado» (p. 105). El silencio es el principal ausente en el «tsunami del sharing» (p. 102), en el que el sujeto está continuamente compartiendo información. «Silencio» puede entenderse como una forma de escapar del mundo de las no-cosas, ya que el silencio requiere tiempo y esfuerzo (p. 99), lo cual nos permite ir más allá del sujeto y de su constante comunicación dentro de la infosfera.

Finalmente, «Una digresión sobre la gramola» parte de una narración autobiográfica del propio Han. Tras caer de la bicicleta en el barrio de Schöneberg, Han visita una tienda de antigüedades en la que compra una gramola de los años cincuenta. Han describe esa experiencia como un viaje «en el tiempo al mundo de las cosas» (p. 108), un mundo que «debió de ser de algún modo más romántico, más soñador en aquella época que en la actualidad» (p. 111). En este capítulo, el autor plasma alguno de los puntos ya mencionados proyectándolos en la gramola, como su «magia» (p. 114-115) o su «silencio» (p. 113-114).

Han ofrece un interesante análisis de la sociedad actual bajo una constante mirada a la ontología de Heidegger. En cuanto a su estructura, el libro presenta cierto desorden fruto de la gran cantidad de temáticas que Han trata de abordar. Por ejemplo, encontramos menciones fragmentarias a la pérdida de la libertad del sujeto actual (p. 17; p. 22-24) que no reciben la atención que parecen necesitar. A mi juicio, no parece aconsejable introducir una línea argumental durante el primer capítulo si no se retoma con posterioridad. Lo mismo sucede con el término ‘infosfera’, cuya primera mención aparece en las primeras páginas para no volver a utilizarse. Considero que los primeros cuatro capítulos mantienen cierta cohesión, mientras que el sexto y el octavo desarrollan algunas de las ideas ya introducidas, olvidándose de algunas otras. En el quinto capítulo, «Inteligencia Artificial», Han expone por qué un infómata nunca podrá pensar sin esclarecer qué relación guarda esta tesis con los puntos desarrollados durante los primeros cuatro capítulos. No obstante, y pese a que No-cosas adolece de algunos defectos estructurales, estos no suponen una dificultad mayor para el lector, ofreciendo una lectura cómoda a la par que intelectualmente desafiante.

Respecto al contenido, la argumentación que encontramos en No-cosas presenta una cantidad excesiva de enunciados exentos de justificación. Afirmaciones tales como que hoy apenas leemos poesía (p. 81) o que preferimos enviar mensajes de texto en lugar de llamar por teléfono (p. 35) son fácilmente rebatibles y no deben mencionarse en ausencia de justificación empírica. Otra de estas afirmaciones es la premisa de que el otro sólo está presente en nuestro día a día a través de las redes sociales y no cara a cara. Con toda seguridad, Han no afirmaría que las relaciones sociales sean «completamente digitales», sino que lo son casi por completo. No obstante, esta puntualización no aparece en ningún capítulo. En definitiva, No-cosas es un libro donde encontramos detalles importantes que no se desarrollan y datos aparentemente innecesarios para su argumentación que aparecen y desaparecen sin mayor justificación. Sin esta justificación, el lector puede no sentirse forzado a aceptar el enfoque metafísico propuesto por Han. Aun así, No-cosas proporciona una valiosa crítica de nuestra relación con la información, además de introducir al lector a la ontología de Heidegger.

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1 Universidad de Granada.

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