Díaz del Rey, María de los Ángeles; Esteve Martín, Alfredo; Peris Cancio, José Alfredo y Sanchis Matoses, Pau (Eds.) (2016). Reflexiones filosóficas sobre compasión y misericordia. Valencia: Servicio de Publicaciones de la Universidad Católica San Vicente Mártir.

Jaime Vilarroiga


a Departamento de Humanidades. Universidad CEU Cardenal Herrera.

E-mail: jaime.vilarroig@uch.ceu.es

 

El presente volumen recoge una serie de ensayos sobre la compasión y la misericordia. La causa remota es el grupo de investigación sobre “Emoción, Empatía y Conducta”, de la Universidad Católica de Valencia; la causa próxima es el año de la misericordia proclamado por el papa Francisco; la causa inmediata es la jornada que tuvo lugar en torno a este tema en dicha universidad. El estudio se divide en tres partes: la primera más conceptual, la segunda de carácter más aplicado y la tercera de carácter más teológico. Con todo, el tono filosófico no se pierde en ningún momento.

En “La compasión y la naturaleza humana” José Sanmartín insiste en algunas tesis expuestas en los estudios que viene realizando sobre la violencia: es cierto que el ser humano sea cruel por naturaleza (p. 17). Con la pericia que le caracteriza, Sanmartín elenca los autores que no tienen razón al proponer el egoísmo natural de todo ser humano: (p. 19), Dawkins (20), o Ayn Rand (21). Sanmartín estaría más bien de parte de Taylor, para quien la compasión sería una respuesta primitiva al sufrimiento humano (p. 23). La naturaleza compasiva del ser humano encuentra en las neuronas espejo de Rizzolatti un correlato físico considerable, una especie de confirmación por parte de la biología (pp. 29, 30). Sin embargo, nos preguntamos si buscar apoyos en la biología no es lanzar piedras contra el propio tejado de la filosofía; porque ¿qué sucedería si a la larga la biología confirmara precisamente lo contrario, a saber: que somos egoístas por naturaleza? Provocadoramente concluye Sanmartin que la razón divide al género humano, y más bien parece que es la emoción la que nos mantiene unidos (p. 33).

Alicia Villar Ezcurra habla de “La complejidad y ambivalencia de la compasión”. El carácter ambivalente de este sentimiento viene dado porque por un lado nos llena de benevolencia hacia el que sufre, pero por otro lado puede humillarle al sentirse este rebajado (p. 39). Partiendo de la definición de la compasión que Aristóteles da en la Retórica (p. 41), Villar va desgranando sus componentes: observación del sufrimiento del otro, sufrimiento grave, sufrimiento inmerecido, tristeza, identificación con el que sufre (pp. 41-45). Como Sanmartín, también se pregunta si se trata de un sentimiento natural y presenta a tres autores que así lo piensan: Rousseau (p. 47), Schopenhauer (p. 47) y Unamuno, para quien mediante la compasión incluso nos unimos con el universo personalizándolo (p. 49); aunque nos preguntamos si dicha trasposición de lo personal al plano de las cosas es definitivamente aceptable. Pero otros autores piensan que la compasión es un sentimiento malo o inútil, como Spinoza, en la línea de los estoicos (p. 51), o que es un intento interesado y egoísta de imponer la voluntad de poder como opina Nietzsche (p. 54). En el fondo, concluye la autora, que algunos hayan usado mal de la compasión no anula su valor (p. 56).

En un artículo a tres bandas sobre “El rasgo radical del ser humano: ¿crueldad o egoísmo?”, escrito por María Díaz del Rey, Pau Sanchis Matoses y Alfredo Esteve Martín, se analizan en primer lugar los textos de Nietzsche que no dejan lugar a dudas: ver sufrir sienta bien; hacer sufrir todavía mejor (p. 65); y nos sorprende que críticos contemporáneos se sigan resistiendo a apurar el cáliz de la filosofía de Nietzsche hasta las heces. Se repasan de nuevo los autores a favor del egoísmo natural del hombre como Hobbes (p. 68), Bentham (p. 69), Ayn Rand (p. 70) o Dawkins. Pero en realidad, como apuntaba Sanmartín en su trabajo, la biología no justifica que el ser humano sea egoísta. Por ello se concluye con un análisis de la interesante posición de Taylor, para quien la compasión forma parte de la naturaleza humana y cualquier intento de justificarla mediante una decisión, un deseo o un interés personal sería despojarla de lo que la hace única; más bien somos compasivos por naturaleza (p. 75). El argumento nos parece muy interesante: si la compasión fuera preferible por razones extrínsecas a ella misma, entonces cabría imaginar ocasiones en las que no sería deseable. Aunque los autores del artículo cuestionan que la palabra primitiva asociada a este sentimiento sea la más adecuada (p. 78).

La segunda parte del libro, de carácter más aplicado, se abre con un capítulo de Marta Albert dedicado al “Ordo Amoris: una gramática de los sentimientos”. Arranca con una conocida frase de San Agustín sobre el orden del amor (p. 83) y se insiste en que dejarse llevar por las emociones primarias amenaza con destruir este orden (p. 84). Por ello se propone mostrar de la mano de Scheler que la vida emocional posee su propio logos (p. 85) y que este orden del amor no es estático, sino dinámico y personal (p. 86). El ser humano es un ens amans, y el orden de sus amores le revela quién es (p. 88). Además de descubrir el orden no arbitrario en el amor es importante constatar que en el amor no se trata de cumplir unas normas, sino de seguir un modelo que encarna unos valores (p. 94). El modelo hace que amemos los valores y queramos ser como él (p. 95). Finalmente se parte de aquí para denunciar la deriva contemporánea en el mundo del derecho, que a menudo pretende fundar los derechos en los sentimientos (p. 100). Quizá sea este el artículo menos relacionado directamente con el título del libro.

Sara Martínez Mares se pregunta “¿Qué es una emoción moral? Una propuesta desde la ética del cuidado”. Comienza alabando las aportaciones de W. James al estudio de las emociones (pp. 104-106), aunque consideramos algo cuestionable la importancia que le supone para el estudio de las emociones: el correlato objetivo corporal de cualquier emoción era algo conocido desde antiguo (véase por ejemplo el Tratado del alma de Vives, o ejemplos más antiguos en la medicina hipocrática); y por otro lado, si reducimos las emociones a descripciones de estados corporales, quizá la filosofía no tenga nada más que decir sobre ellas. Sara Martínez distingue las emociones básicas (miedo, sorpresa, ira, asco, alegría, tristeza) de las emociones morales (orgullo, humillación, bochorno, vergüenza, culpa, remordimiento, compasión), que tienen que ver con la relación entre personas y el respeto mutuo (p. 115). Distingue igualmente una concepción estrecha de la moral, preocupada por cumplir los estándares de conducta que se esperan de nosotros, y una concepción más amplia que tiene más que ver con la vida lograda (p. 122). Al final, los sentimientos morales son importantes porque, como dice Taylor, “incorporan un sentido de lo que es ser humano, esto es, de lo que nos importa como seres humanos” (p. 131).

Ginés Marco Perles reflexiona sobre “La compasión: de la esfera del sentimiento a la esfera de la voluntad”. La tesis general es que si abandonamos la compasión al mundo del sentimiento lo estamos naturalizando en demasía (p. 137); y por tanto en la compasión habría que hacer entrar en juego también la racionalidad y la libertad. La modernidad tardía critica tanto el racionalismo que se queda solo con lo sensitivo y lo tendencial: con lo puro natural (p. 139). Pero en el sentimiento también hay comprensión intelectual, concepto, libertad (p. 142). Para ejemplificarlo reflexiona sobre el concepto de cuidado, que no tiene que ver solo con lo sentimental sino que incorpora una dimensión de voluntariedad evidente (p. 144). El hacerse cargo en que consiste el cuidar (p. 145) ha de tener un componente volitivo si no quiere caer en el sentimentalismo (p. 149). En definitiva, hace falta una visión menos naturalista de los sentimientos (esto es lo que precisamente se quería poner de relieve en el apunte hecho al anterior capítulo a propósito de W. James). Son muy interesantes, además, las sugerencias fílmicas que el autor hace a lo largo del capítulo.

La tercera parte del libro, como hemos dicho, se centra en aspectos más teológicos. Especialmente significativo de la transición de lo filosófico a lo teológico es el artículo de José Alfredo Peris Cancio, “¿Por qué puede alegrarnos la voz que nos invita a la misericordia?”. Y la respuesta la encontramos al final: porque es una invitación a la filosofía a abrirse a terrenos nuevos, como preparación a la revelación plena de Dios (p. 174). El autor centra su análisis en la obra de von Hildebrand, que traza su imagen del hombre en la tripartición de intelecto, voluntad y afectos. Notemos de pasada que esto, en la más pura tradición fenomenológica que se remonta a Platón, tiene evidentes dificultades para encajarse dentro de la visión cuatripartita (sentidos-inteligencia; tendencias-voluntad) de raigambre más tomista. Lo novedoso de Hildebrand está en rescatar la dimensión espiritual de la afectividad (o la dimensión afectiva de la espiritualidad), porque lo espiritual se había reservado excesivamente a lo intelectual-volitivo (p. 160). Peris Cancio recuerda el atinado ejemplo de Hildebrand sobre el parecido entre un borracho y uno que se alegra de una buena noticia, pero también la profunda diferencia entre ambas actitudes; ejemplo que nos obliga a jerarquizar las experiencias afectivas (p. 162). Después de estudiar la dimensión afectiva del corazón, junto con sus patologías (hipertrofia, atrofia, etc.), acaba mostrando que el análisis precedente era una preparación para hablar del Corazón divino: un corazón de carne que manifiesta precisamente la misericordia de Dios para con el hombre (pp. 170 y ss.).

José Luis Sánchez estudia “La compasión y la misericordia en la Sagrada Escritura”. Partiendo de la guía teológica de Dufour distingue en el Antiguo Testamento entre Rahamin (apego entrañable) y Hesed (piedad fiel entre dos personas) (p. 180). Aunque el castigo divino está indudablemente presente en todo el Antiguo Testamento, al final Dios se apiada de su pueblo. En el Nuevo Testamento es la cruz de Cristo lo que ha revelado la misericordia de Dios (p. 184). Por ello es imposible eliminar el concepto de misericordia de la Revelación y más bien habría que afirmar que es uno de sus meollos. De la mano de Juan Pablo II y del papa Francisco, Sánchez va manifestando la centralidad de la compasión que se duele con el dolor ajeno, la importancia del perdón y el auténtico rostro del Padre manifestado en Jesús.

El artículo de Xavier Quinzà Lleó, “Compasión y misericordia: una reivindicación del amor al prójimo”, se adentra en lo testimonial sin dejar de lado el rigor académico. Se respira en todas sus páginas la sabia y profunda reflexión de una experiencia personal decantada durante años. El corazón humano se mide por su capacidad de acoger el sufrimiento, según Blondel (p. 197); y este sufrimiento sacude al ser humano de tal manera que primero lo enmudece y a continuación le hace gemir (p. 198). En la Biblia se nos habla de un Dios que va dando salida a las situaciones de sufrimiento (p. 201). Quinzà concreta los rasgos del encuentro compasivo en la gratuidad, la proximidad y la hondura (p. 202). Y recuerda también que, aunque la justicia es parte inherente del mensaje cristiano, cometería un grave error quien solo se quedara en la denuncia olvidándose de la compasión (p. 204). En las páginas del Evangelio se nos muestra la misericordia de Jesús, compadecido de aquellos a los que cura, y que lleva a cabo una praxis misericordiosa en tres momentos: ver, estremecerse y actuar (p. 209).

El volumen conforma una excelente introducción al tema de la compasión y la misericordia, sobre todo desde los puntos de vista filosófico y teológico, de manera breve y compendiada. Quizá se echa de menos una distinción nítida entre compasión y misericordia: ¿es lo mismo o tienen alguna diferencia? También sería muy interesante abordar el tema desde algunas tradiciones religiosas distintas, como el budismo, donde la compasión ocupa un rol central; pero quizá esto habría hecho el volumen demasiado extenso. Por otro lado, hemos apuntado ya cómo puede resultar problemático el hecho de naturalizar en demasía las cuestiones filosóficas, buscando aliados desde el punto de vista científico. Interesantísimo nos parece el trasfondo de autores que recorren las páginas, de suyo significativo: Taylor, Scheler, García-Baró, el papa Francisco. Es necesario continuar avanzando en la restauración de la compasión y la misericordia como virtudes eminentes, cuando tantas suspicacias levantan en nuestras coetáneas ciencias del cuidado. Y este libro, sin duda, contribuye a ello.