COMMUNITIES THAT TEACH: THE COLLECTIVE MODEL OF VALENCIAN MUSIC BANDS AS A RESPONSE TO SOCIAL INDIVIDUALISM
Lydia Martínez-González1
Fechas de recepción y aceptación: 10 de noviembre de 2025 y 15 de enero de 2026
DOI: https://doi.org/10.46583/edetania_2025.68.1157
Resumen: Este artículo analiza el papel educativo y comunitario de las bandas y sociedades musicales valencianas, entendidas como estructuras sociales intergeneracionales que articulan la identidad colectiva y fomentan la participación cultural. Desde un enfoque cualitativo y mediante una revisión teórica, se contextualiza el impacto del individualismo contemporáneo y la globalización en la pérdida de vínculos sociales para posteriormente destacar cómo la práctica musical colectiva actúa como herramienta de reconstrucción del tejido social. Finalmente, se reflexiona sobre la posibilidad de trasladar los valores cooperativos y comunitarios de las bandas de música valencianas al ámbito escolar, especialmente a la educación musical como estrategia para fortalecer la convivencia y hacer frente al individualismo social actual.
Palabras clave: Educación musical; Bandas de música valencianas; Identidad colectiva; Individualismo social; Cooperación.
Abstract: This article analyses the educational and community role of Valencian bands and musical societies, understood as intergenerational social structures that articulate collective identity and encourage cultural participation. From a qualitative approach and through a theoretical review, the impact of contemporary individualism and globalisation on the loss of social ties is contextualised, to subsequently highlight how collective musical practice acts as a tool for rebuilding the social fabric. Finally, it reflects on the possibility of transferring the cooperative and community values of Valencian music bands to the school environment, especially to music education, as a strategy to strengthen coexistence and address current social individualism.
Keywords: Music education; Valencian music bands; Collective identity; Social individualism; Cooperation.
Actualmente, vivimos en la sociedad de la inmediatez y lo efímero, cada vez más individualista, donde las dinámicas educativas tienden a priorizar el éxito personal y la competencia, dejando en un segundo plano el sentido comunitario y colectivo del aprendizaje. De acuerdo con Bauman (2025), estamos ante una sociedad cambiante, inestable y difícil de controlar, una sociedad líquida, donde el sentido de pertenencia social del ser humano se ve disuelto por una marcada individualidad, resultado de la globalización y del acceso a las nuevas tecnologías.
Gracias a este mismo proceso, se han generado nuevas oportunidades de intercambio cultural, acceso al conocimiento, conexión entre personas y comunidades a nivel global. Sin embargo, tal como señalan Steger y James (2019), la globalización también se caracteriza por un desarrollo desigual, tanto espacial como temporal, ya que su impacto tiene repercusiones globales que reconfiguran las estructuras sociales, separando a las comunidades y generando un desarraigo en las poblaciones. Este desarraigo también se ve potenciado por el nuevo panorama digital al que estamos expuestos, especialmente las generaciones más jóvenes. La irrupción y el uso masivo de las nuevas tecnologías han transformado los hábitos en la ciudadanía, generando profundas consecuencias a nivel social, moral y educativo. Estas transformaciones tienen efectos negativos sobre la manera en que las personas se relacionan, construyen su identidad y aprenden, desplazando en muchos casos los espacios tradicionales de socialización y participación hacia entornos virtuales (Renés Arellano et al., 2020). No obstante, ante un panorama social tan fracturado y marcado por el desarraigo, resulta necesario reflexionar y preguntarnos: ¿Qué espacios pueden contribuir a reconstruir el sentido de comunidad y pertenencia? ¿De qué modo podemos fortalecer los vínculos colectivos y la cohesión social?
En este contexto, las bandas de música pueden entenderse como un ejemplo significativo de cómo la cultura y la participación comunitaria actúan como medios de recomposición del tejido social. Un claro ejemplo de ello lo encontramos en Valencia, donde las bandas de música constituyen una marca identitaria muy fuerte que une generaciones y promueve la cohesión social. Estas han sido clave desde el siglo XIX tanto para democratizar la educación musical como para acercar la cultura a toda la ciudadanía, sin distinciones. Su núcleo no se limita solo a los músicos, sino que se extiende a directores, socios, colaboradores, estudiantes y simpatizantes (Almeria, 2014). Estas agrupaciones son espacios abiertos de convivencia, educación y cultura que han evolucionado hasta convertirse en una gran red social y formativa que fomenta la música, la identidad colectiva y el desarrollo cultural y económico de su entorno (Almeria, 2014). Asimismo, se han consolidado como un símbolo cultural e identitario que forma parte de la vida y la cultura de cada territorio, con el que sus habitantes se sienten profundamente identificados (Oriola et al., 2018).
Resulta especialmente significativo comprobar cómo, en un contexto social marcado por el individualismo y la apatía, las bandas de música continúan preservando valores cooperativos, solidarios y comunitarios. Sin embargo, no están exentas de los efectos de estos cambios sociales, ya que también se han visto afectadas por las nuevas dinámicas culturales y por la incorporación de las nuevas tecnologías, lo que las ha llevado a adaptarse y transformarse para seguir siendo espacios vivos de encuentro, participación y aprendizaje compartido. Este hecho evidencia su papel como espacios de resistencia cultural y cohesión social, lo que invita a reflexionar sobre la posibilidad de trasladar dichos valores a otros ámbitos de la vida social. Dada la relevancia de este fenómeno en la sociedad valenciana, es conveniente promover estrategias que permitan incorporar estos principios en la educación y, más concretamente, en la educación musical por su conexión directa con la práctica colectiva, la creatividad compartida y el sentido de pertenencia.
Por estos motivos, el objetivo principal es analizar de qué manera las características cooperativas y comunitarias de las bandas de música valencianas pueden ser incorporadas en la educación musical escolar como estrategia frente al individualismo social contemporáneo. En cuanto a los objetivos específicos (OE), se pretende:
OE1. Analizar la importancia cultural y social de las bandas de música en la Comunidad Valenciana, entendidas como comunidades de aprendizaje y agentes de cohesión social.
OE2. Examinar las características del individualismo social contemporáneo y su repercusión en procesos educativos y relaciones sociales en el ámbito musical.
OE3. Explorar, desde la revisión teórica, cómo los valores cooperativos y comunitarios presentes en las bandas de música valencianas pueden ser promovidos en la educación musical escolar para fomentar la convivencia y contrarrestar el individualismo social.
En definitiva, este artículo pretende ofrecer una reflexión teórica en torno a la relación entre globalización, individualismo y educación musical, tomando como referencia el modelo comunitario de las bandas de música valencianas. A partir de esta aproximación, en los siguientes apartados se abordarán los fundamentos conceptuales que sustentan el estudio y se profundizará en la revisión bibliográfica para comprender el valor educativo y social de estas agrupaciones en el contexto actual.
Nos encontramos ante una sociedad profundamente fragmentada en la que el ser humano está cada vez más marcado por la individualidad, lo que provoca la disolución del sentido de pertenencia en la comunidad y debilita los valores colectivos y democráticos. En este contexto, las personas buscan estabilidad, progreso y encontrar sentido al mundo que les rodea. Tal como señala Bauman (2025), vivimos en una modernidad líquida, un momento histórico en el que la sociedad moderna se caracteriza por su constante cambio e inestabilidad, tan difícil de controlar como intentar retener el agua entre las manos. En este punto, observamos cómo la modernidad nunca es definitiva, siempre está en proceso de transición hacia otra forma de sociedad, por lo que nunca se asienta, siempre fluye. Incluso los vínculos humanos caducan con rapidez.
En este marco, el concepto de tiempo y espacio adquiere un nuevo significado. Tradicionalmente, estar en un lugar implicaba compartir un espacio y una experiencia, pero, hoy en día, el tiempo es el que domina sobre el espacio. La globalización, junto con las nuevas tecnologías, nos permite “atravesar” el espacio a gran velocidad -mediante videollamadas, redes sociales y plataformas virtuales-, pero al mismo tiempo generan entornos donde prevalece el aislamiento y la exclusión. Por lo que, aunque convivamos físicamente, formamos parte de una individualidad colectiva en la que las conexiones son múltiples pero superficiales.
El antropólogo francés Marc Augé (2017) acuñó el término no lugar para referirse a los espacios del anonimato: lugares de tránsito donde las personas no establecen vínculos ni se reconocen como parte de una comunidad. No obstante, aunque Augé define los medios de transporte, supermercados, áreas de descanso, etc. como espacios del anonimato -como no lugares- su carácter puede ser relativo, pues depende de la experiencia y el contexto de cada individuo. Un espacio impersonal puede tornarse en un lugar significativo cuando en él se construyen relaciones humanas. En la sociedad contemporánea, estos no lugares se multiplican y generan nuevas formas de individualidad y desarraigo que, a su vez, producen angustia y pérdida de referentes. La falta de sentido social se respalda en el concepto de anomia propuesto por Durkheim (2017), entendida como la ausencia de normas colectivas que orientan la conducta y fortalecen la cohesión social. Además, esta aparece cuando los vínculos se debilitan y los individuos se enfrentan a un vacío existencial. Para superarla se exige una reconstrucción de los espacios de encuentro, donde las personas puedan compartir intereses, valores y experiencias, porque solo de este modo podemos volver a rearticular una sociedad fragmentada.
En este sentido, la educación -y de forma particular la educación musical- puede entenderse como un escenario privilegiado para recuperar ese sentido comunitario, al promover la cooperación, la escucha y la expresión compartida.
En medio de esta vorágine de cambios que afectan tanto a los distintos ámbitos de la vida cotidiana como al propio individuo, surge una pregunta esencial: ¿de qué modo podemos reconstruir nuestro tejido social? De acuerdo con Burkholder et al. (2019), ya en la Antigua Grecia -considerada el origen de la música occidental- se utilizaba el término mousiké, el arte de las musas, para referirse a una disciplina que integraba la música, la poesía, la instrumentación y la danza. Es en este contexto donde la música adquirió el mismo reconocimiento que la aritmética o la filosofía por sus múltiples beneficios en la formación del ser humano. A través de pensadores como Aristóteles y Platón, con sus escritos La política y Las leyes, junto con Quintiliano, se empieza a reflexionar sobre la música desde una perspectiva moral, educativa y social, destacando la necesidad de equilibrio entre el cuerpo y el alma mediante disciplinas como la música y la gimnasia.
Por lo tanto, la música constituye en sí misma una necesidad esencial del ser humano y se convierte en un medio idóneo para expresar emociones, fomentar la creatividad y fortalecer los vínculos sociales. En esta línea, Aguilar Gordon et al. (2018) destacan que la música tiene un papel fundamental en el desarrollo integral de las personas, ya que estimula sus capacidades cognitivas, emocionales y sociales al mismo tiempo que contribuye al bienestar emocional y a la formación de valores como la colaboración. Asimismo, esta disciplina también posee el potencial de estimular las funciones de ambos hemisferios cerebrales, contribuyendo al desarrollo de capacidades como la memoria, la abstracción, el pensamiento matemático, la comunicación, así como los sentidos y el orden. Pero más allá de los beneficios cognitivos, cabe destacar que la música tiene beneficios emocionales y sociales que fomentan la cooperación e interacción entre personas, ya que actividades como cantar en un coro o formar parte de una banda requieren coordinación, escucha activa y respeto mutuo. De acuerdo con Campbell et al. (2007), estos son valores clave para conseguir un desarrollo efectivo de las habilidades sociales.
Del mismo modo, Kokotsaki y Hallam (2007) señalan que la práctica musical refuerza el sentimiento de pertenencia e identidad colectiva, generando experiencias compartidas y significativas. En el ámbito emocional, la música actúa como un medio de expresión que permite a las personas exteriorizar sentimientos y gestionar emociones. De este modo, Díaz (2010) afirma que la educación musical crea espacios seguros donde experimentar y reconocer las emociones contribuyend al bienestar emocional.
Desde una perspectiva educativa más amplia, diversos organismos internacionales también subrayan la importancia de la educación artística. De acuerdo con UNICEF (2019), las autoridades educativas deben fomentar metodologías de aprendizaje que promuevan habilidades clave para el futuro académico y profesional de los niños. Por lo que, de acuerdo con Aguilar Gordon et al. (2018, p. 4): “es importante valorar la educación musical como parte fundamental en la formación integral, íntegra y globalizadora de la persona”. Del mismo modo, la cultura y las artes son esenciales para la vida de los seres humanos, porque permiten la construcción de identidades y la comprensión del mundo desde múltiples perspectivas.
Finalmente, en este contexto resulta interesante analizar cómo estos valores educativos y sociales se materializan en prácticas musicales colectivas concretas. Un ejemplo significativo lo encontramos en las bandas de música valencianas, comunidades de aprendizaje y participación donde la música es un vehículo de identidad, cohesión y desarrollo.
En la Comunidad Valenciana, las bandas de música constituyen uno de los fenómenos culturales y sociales más característicos, no solo por su relevancia en el plano artístico, sino también por su importante labor educativa y comunitaria. A lo largo del tiempo, estas agrupaciones han mantenido un modelo participativo que combina la formación musical junto con la construcción de identidad colectiva y cohesión social. Almeria (2014) señala que entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX ya se documentan actuaciones de agrupaciones musicales en las fiestas de algunos pueblos de las comarcas centrales de Alicante y Valencia.
Además, Astruells (2023) explica que en 2023 se encontró un protocolo notarial que aporta información relevante sobre la creación de una pequeña banda en la ciudad de Alcoi. Según este documento, el 19 de marzo de 1798 un grupo de diez músicos acudieron a un notario de esta misma ciudad para formalizar la creación de una “música de ayre” con platillos, bombo y ferrillos. En el mismo texto se detallaban las normas que regían su funcionamiento, entre ellas la elección de un director encargado de liderar la banda y de instruir a los músicos. También se han encontrado actas fundacionales de la Banda de Música de Muro (1805) y de la Banda de Música de Ayre (1832) -primera banda de Montroi-, en las que se establecen reglamentos internos sobre la asistencia a ensayos, el pago de sanciones por no asistir o la imposibilidad de abandonar la banda sin un motivo grave. Aunque también se indica que, si en alguna actuación algún miembro estuviera enfermo, sin poder asistir, cobraría igualmente su parte como si hubiera estado presente.
Algunas de estas normas quedaron registradas ante notario en el Archivo Municipal de Ontinyent (1817-1818), donde la “música de ayre” de La Aurora en 1817 expone:
Si alguno se saliera de esta Música, se le impone una obligación desde ahora, para en tal caso que suceda esto, la multa de una onza de oro debe pagar en dinero metálico; y caso de no tenerla, haya facultad de que los bienes que tenga, ya fuesen muebles u otros, se le haga cumplir, y quando no, sean vendido sin que para ello tenga obs[es]ión, mediante a que así están convenidos y acordados. […] es condición que las Multas que acaso ocurriesen por defecto de no cumplir las condiciones expresadas, hayan de ser depositadas estas en poder de los precitados Asnar y Falcó, para que estos las repartan entre los demás otorgantes en aquella parte que les quepa.
Como podemos observar, estos acuerdos demuestran el deseo de establecer una estabilidad y continuidad, promoviendo el compromiso y el sentido de pertenencia al grupo, ya que cada músico debía asumir responsabilidades concretas y compartía la obligación moral de mantener la cohesión de la formación. Con el paso del tiempo, esa fuerza colectiva y el compromiso que caracterizaban a estas agrupaciones hicieron que su función trascendiera lo puramente artístico. Por lo tanto, la banda de música entendida como agrupación instrumental formada por músicos -profesionales o amateurs- que interpretan repertorio para banda, solo representa el núcleo artístico de un fenómeno mucho más amplio. De esta práctica comunitaria surgieron las sociedades musicales, entidades que no solo organizan y gestionan la actividad de la banda, sino que integran también la escuela de música, los socios, los directivos, el profesorado, el alumnado y todas las iniciativas culturales que se desarrollan en torno a ella.
De acuerdo con Almeria (2014) estas sociedades constituyen una auténtica estructura social e institucional que da continuidad al proyecto musical, educativo y cultural de la comunidad. A través de estas sociedades, la música se convierte en un eje vertebrador del tejido social valenciano, un espacio de aprendizaje intergeneracional y de participación ciudadana que refuerza la identidad colectiva y el sentido de pertenencia. Como señala el sociólogo Howard Becker (1998), la colaboración musical se produce entre personas que realizan tareas distintas pero orientadas a un mismo fin. Cada actor aporta una contribución específica -interpretar, dirigir, organizar o enseñar- y es en esa interdependencia donde surge la verdadera cooperación. En definitiva, las bandas y sociedades musicales valencianas son el claro ejemplo de cooperación y práctica colectiva.
El carácter comunitario de las bandas de música hizo que estas participaran habitualmente en los actos festivos, religiosos, lúdicos y cívicos de sus pueblos de origen. Además, realizaban otras actividades artísticas, como conciertos y audiciones. De acuerdo con Almeria (2014), en este contexto las actuaciones de la banda se convirtieron en la única oportunidad que tenía la ciudadanía de a pie de escuchar música clásica en directo, contribuyendo así a universalizar y democratizar el acceso a la cultura, especialmente en los entornos rurales. De este modo, las sociedades musicales evolucionaron hasta convertirse en verdaderos puntos de encuentro social y cultural, espacios donde compartir ideas, fortalecer lazos comunitarios, haciendo de la música el elemento integrador entre personas de distintas clases sociales. En muchas localidades, esta convivencia se materializaba en El Musical, el casino o sede donde se reunían para ensayar, conversar y participar en actividades culturales (Almeria, 2014). Un ejemplo significativo lo encontramos en la Societat Escola Musical Santa Cecília de l’Olleria, que aún conserva el nombre El Musical para referirse a su sede, el edificio que acoge tanto la escuela de música como el lugar de ensayo de la banda. Un espacio que ha acompañado a generaciones de músicos, vecinos y vecinas, símbolo de identidad local y punto de encuentro donde la educación, la cultura y la vida comunitaria se fusionan.
En cuanto a la vertiente educativa, fueron las propias bandas de música las que crearon estructuras educativas simples con el objetivo de preparar a sus miembros y garantizar la continuidad de la agrupación, asegurando la transmisión intergeneracional del legado musical. Además, cabe destacar que no solo contribuyeron a expandir la cultura musical, sino que también ofrecieron a los habitantes de los pueblos -los cuales no podían acceder a una educación musical- la posibilidad de iniciarse en el estudio de la música. A su vez, tal como señala Morant (2017), las escuelas de música vinculadas a las agrupaciones competían con los conservatorios de las ciudades y las clases particulares que recibían los hijos de la burguesía.
De acuerdo con Oriola et al. (2018), el verdadero reconocimiento institucional de la labor educativa no llegó hasta el 1990, con la implantación de la Ley Orgánica de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE), suponiendo la generalización de la educación musical en el sistema educativo reglado y el reconocimiento de la enseñanza no reglada impartida en las escuelas de las bandas. Previamente, en 1968, las propias bandas impulsaron la creación de la Federación de Sociedades Musicales de la Comunidad Valenciana (FSMCV) con objetivo de defender sus intereses y lograr un mayor reconocimiento social y educativo. A su vez, en 1994, las escuelas de música fueron reconocidas oficialmente como centros de enseñanza no reglada y, con la aprobación de la Llei Valenciana de la Música en 1998 se impulsó la expansión y consolidación de las sociedades musicales y sus escuelas (Almeria, 2014).
Actualmente, y según los datos de la FSMCV (2025) la Comunidad Valenciana concentra la mayor densidad de músicos y estudiantes de música del mundo en relación con su territorio. La red educativa de la FSMCV está formada por alrededor de 600 centros educativos que imparten enseñanzas musicales formales y no formales, con más de 60.000 alumnos y 5.300 docentes. Asimismo, la federación está compuesta por 546 sociedades musicales, que reúnen un total de unos 47.000 músicos, 60.000 estudiantes y más de 200.000 socios, lo que representa más del 50% de las bandas de música de toda España.
Con estos datos, podemos afirmar que las sociedades musicales valencianas han sido y continúan siendo un pilar fundamental en la vida cultural y educativa de la Comunidad Valenciana, donde la música es la principal herramienta de cohesión social, formación y transmisión de valores compartidos.
Una vez analizado el papel educativo y social de las sociedades musicales valencianas, conviene dar un paso más y preguntarnos: ¿cómo puede la práctica musical colectiva trascender el ámbito local para convertirse en una herramienta de transformación social capaz de contrarrestar el individualismo predominante?
Según la Fundación Simón Bolívar (s. f.): en el año 1975, el maestro y músico venezolano José Antonio Abreu fundó el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, conocido internacionalmente como El Sistema. Su propósito era estructurar la enseñanza musical a través de la práctica orquestal y coral, concebida como un espacio de desarrollo humano, integración social y construcción de la ciudadanía. De este modo, la música se convirtió en una herramienta educativa totalmente transformadora y capaz de generar inclusión, disciplina, cooperación y sentido de pertenencia entre los jóvenes, especialmente aquellos que provenían de contextos vulnerables. Además, este proyecto -desarrollado con apoyo público- evolucionó hasta convertirse en una extensa red de orquestas infantiles y juveniles en todo el país, implicando a niños, niñas, jóvenes y sus familias. Sin embargo, El Sistema es mucho más que una red de orquestas, ya que incluye módulos, programas especiales, núcleos, escuelas de música y centros de lutería dedicados a la fabricación y mantenimiento de instrumentos. Se trata, por tanto, de una estructura económica, social y cultural que sostiene un proyecto colectivo de gran impacto.
Bajo el lema “Tocar y luchar”, El Sistema ha conseguido alcanzar más de un millón de niños, niñas y adolescentes -en su mayoría de sectores socialmente desfavorecidos- ofreciéndoles una formación musical y personal que, de otro modo, difícilmente hubieran podido recibir. Su éxito ha sido reconocido internacionalmente con galardones como el Premio Príncipe de Asturias de las artes y el Premio Internacional de música Unesco, además de haber inspirado proyectos en más de sesenta países (D’Alexander & Ilari, 2016).
Piscazzi (2015) pone como ejemplo en Europa al núcleo MusicaInGioco, fundado en 2010 en Adelfia (provincia de Bari, Italia). Inspirado en la filosofía de El Sistema, este proyecto ofreció formación musical gratuita, instrumentos y la experiencia de tocar en una orquesta, con el objetivo de prevenir el abandono escolar, fomentar la integración y recuperar espacios vinculados a la marginalidad. Los resultados mostraron que la participación generó un impacto muy positivo en los niños, las niñas, y sus familias: los participantes desarrollaron mayor autoconfianza, responsabilidad y habilidades sociales, fortaleciendo la cooperación y el sentido de comunidad. Asimismo, la práctica musical mejoró la comunicación familiar, estimuló el liderazgo y la motivación personal y permitió acceder a una educación musical inclusiva y transformadora.
Finalmente, el caso de El Sistema, así como otros muchos que han seguido su filosofía, nos demuestra que la educación musical es capaz de superar barreras y de integrar en su propio entramado social y educativo a quienes, de otro modo, quedarían excluidos.
El presente artículo se enmarca dentro de un enfoque cualitativo de carácter interpretativo, descriptivo y reflexivo, orientado a comprender la dimensión educativa, cultural y social de las bandas de música valencianas en el contexto contemporáneo. Este paradigma resulta pertinente cuando el objetivo de la investigación no es cuantificar realidades, sino interpretar significados, prácticas y valores que nacen en entornos comunitarios complejos. De este modo, la música se concibe no solo como una manifestación artística, sino también como un fenómeno social cargado de simbolismo y carácter formador.
El diseño metodológico se basa en una revisión teórica y documental con enfoque hermenéutico, mediante una búsqueda, selección y análisis críticos de fuentes académicas e históricas. Para ello, se realizó una exploración bibliográfica en las principales bases de datos y repositorios académicos especializados en educación, sociología, música y humanidades: Scopus, Dialnet, Google Scholar, SciElo y RedALyC, así como documentos institucionales procedentes de organizaciones como, por ejemplo: Unesco, Unicef y la FSMCV.
Se han priorizado aquellas obras publicadas entre los años 2010 y 2025 que aportan una mirada actual sobre la educación musical y sus beneficios, la cooperación comunitaria y el impacto del individualismo social. A su vez, las fuentes seleccionadas han sido organizadas en torno a tres ejes conceptuales principales: (1) el individualismo social contemporáneo y sus repercusiones educativas y sociales; (2) la educación musical como herramienta de reconstrucción del tejido social; y (3) las bandas y sociedades musicales valencianas como comunidades de aprendizaje y agentes de cohesión cultural. Posteriormente, se ha aplicado un análisis de contenido interpretativo mediante un proceso de categorización inductiva que permitió identificar núcleos de significado recurrentes en torno a la cooperación, la identidad colectiva y la educación musical. Por lo tanto, este procedimiento facilitó la triangulación teórica entre las diferentes perspectivas disciplinares, garantizando la coherencia interna del discurso y la validez interpretativa de los resultados.
Así pues, la investigación adopta una posición reflexiva y situada, en la que la experiencia contextual en el entorno de las sociedades musicales valencianas ofrece una comprensión cercana del fenómeno educativo analizado. Este posicionamiento no introduce sesgo, sino que aporta una mirada comprensiva desde dentro del fenómeno, coherente con los principios hermenéuticos de la investigación cualitativa. En cuanto a su naturaleza teórica, el estudio no busca generalizaciones empíricas, sino generar conocimiento transferible que sirva de base para el diseño de futuras investigaciones aplicadas y programas educativos. En este sentido, la metodología cualitativa adoptada permite construir un marco de reflexión útil para la innovación pedagógica y para el fortalecimiento del valor comunitario de la educación musical.
Los resultados de la revisión teórica nos muestran que las bandas y sociedades musicales valencianas representan un modelo comunitario sólido frente al individualismo social contemporáneo. Tal como plantea Bauman (2025) y Durkheim (2017), la pérdida de referentes colectivos y la anomia generan un vacío en la construcción del sentido de pertenencia. En este contexto, las prácticas musicales colectivas analizadas se presentan como auténticos espacios de resistencia cultural, con la capacidad de mantener y regenerar el tejido social. Además, a partir de estudios como el de Almeria (2014) y Oriola et al. (2018), podemos observar cómo las sociedades musicales no solo cumplen una función artística, sino también una función educativa, formativa y socializadora. En esta misma línea, Oriola-Requena et al. (2021) destacan la importancia de la participación juvenil en las bandas valencianas, señalando su papel en la construcción de la identidad, la cohesión social y el compromiso comunitario. Con su estructura intergeneracional se transmiten valores como la cooperación, la responsabilidad y la solidaridad, en oposición al individualismo derivado de la globalización (Steger & James, 2019). En consecuencia, las bandas actúan como comunidades de aprendizaje en las que el vínculo emocional y la participación compartida se convierten en herramientas de educación cívica y afectiva.
Del mismo modo, las experiencias llevadas a cabo con El Sistema refuerzan la idea de que la práctica musical colectiva posee un alto potencial inclusivo y transformador. Tanto en el contexto venezolano como en el valenciano, la música se concibe como un instrumento de integración social, capaz de fomentar la equidad y la participación. Y, por estos motivos, en ambos casos la práctica grupal ofrece oportunidades de desarrollo personal y comunitario mediante la cooperación y la disciplina compartida, evidenciando que los modelos basados en la participación activa trascienden las fronteras culturales y pueden adaptarse a diferentes realidades educativas.
En relación con la educación musical escolar, debemos trasladar los principios comunitarios de las sociedades musicales valencianas al ámbito educativo, ya que podrían contribuir a reconstruir el sentido de comunidad en las aulas. Como señalan Kokotsaki y Hallam (2007); Díaz (2010), la práctica musical en grupo fomenta la empatía, la escucha activa y la convivencia, elementos esenciales para promover un aprendizaje significativo y cooperativo. Además, como expone Unicef (2019), la educación artística favorece el desarrollo de competencias socioemocionales clave para la formación integral del alumnado. De este modo, los resultados de Jeremić et al. (2025) ponen de manifiesto que la música tradicional contribuye de manera significativa al desarrollo de competencias socioemocionales en la infancia, reforzando la dimensión educativa y formativa de la práctica musical colectiva desde edades tempranas. Este enfoque encuentra respaldo normativo en la LOMLOE (2020), que reconoce la educación artística, y en particular la educación musical, como un ámbito fundamental para el desarrollo integral del alumnado, destacando su aportación a la competencia cultural, personal, social y emocional.
Pero, para que esta transferencia sea efectiva, resulta imprescindible articular estrategias institucionales y políticas públicas que faciliten la conexión entre las sociedades musicales y el sistema educativo. De este modo, se propone avanzar en programas de colaboración entre escuelas de música y centros educativos con la finalidad de integrar la práctica musical de las bandas de música en el currículo a través de talleres conjuntos, agrupaciones escolares vinculadas a las sociedades locales o proyectos de aprendizaje-servicio basados en la música. Del mismo modo, es vital reconocer el valor educativo de las escuelas de las sociedades musicales y garantizar su sostenibilidad mediante financiación estable y suficiente, recursos humanos cualificados y mejoras en infraestructuras y equipamientos. Muchas de estas escuelas desarrollan una labor formativa esencial en contextos locales y rurales, pero lo hacen en condiciones limitadas. Por ello, es necesario implementar planes de apoyo institucional que aseguren su continuidad y potencien su papel como agentes educativos complementarios del sistema formal.
En resumen, las bandas de música valencianas constituyen un ejemplo de cómo la cultura puede ser una herramienta de reconstrucción social frente al individualismo actual. Su potencial educativo, su estructura participativa y su capacidad para generar identidad colectiva demuestran que la música, más allá del arte, es una forma de educación no formal en comunidad.
El presente estudio ha permitido comprender de qué manera las características cooperativas y comunitarias de las bandas de música valencianas pueden incorporarse en la educación musical escolar como una estrategia eficaz frente al individualismo social contemporáneo. A partir de la revisión teórica y del análisis interpretativo realizados, se constata que el modelo organizativo, educativo y cultural de las sociedades musicales valencianas constituye un referente valioso para repensar la educación musical escolar desde una perspectiva más humana, participativa y comprometida con su entorno. Además, los resultados muestran que las bandas de música son mucho más que agrupaciones artísticas, porque actúan como comunidades de aprendizaje intergeneracionales donde se promueven valores de cooperación, corresponsabilidad y pertenencia colectiva. Su papel en la democratización del acceso a la cultura y en el fortalecimiento del tejido social es incuestionable. Estas entidades, sostenidas por la práctica colectiva y la implicación de sus miembros, encarnan una forma de hacer comunidad que se opone al aislamiento y la fragmentación propios de la sociedad actual.
El análisis también ha permitido constatar cómo el individualismo social, intensificado por la globalización y las dinámicas digitales, ha provocado una pérdida progresiva del sentido comunitario. Frente a ello, las bandas de música se consolidan como espacios de resistencia cultural que preservan el valor de lo compartido, la convivencia y la cooperación, ofreciendo un modelo educativo que pone en el centro la relación humana y el aprendizaje mutuo.
De este modo, se considera posible trasladar los valores cooperativos y comunitarios de las sociedades musicales valencianas al ámbito escolar mediante la creación de programas de colaboración entre escuelas de música y centros educativos, la formación de agrupaciones instrumentales a nivel escolar o el desarrollo de proyectos de aprendizaje-servicio basados en la música, porque pueden favorecer la convivencia, la participación y el trabajo en equipo del alumnado. Del mismo modo, resulta esencial fortalecer el apoyo institucional y económico tanto a las escuelas de música como a los centros educativos que colaboran con ellas y disponer de recursos humanos cualificados, materiales adecuados y una financiación estable, imprescindible para garantizar la continuidad de estas experiencias y reconocerlas como agentes educativos complementarios al sistema formal.
Por último, se considera necesario seguir avanzando en esta línea mediante futuras investigaciones que profundicen en la aplicación práctica de estos valores en contextos escolares concretos, analizando su impacto en la convivencia, la participación y la formación del profesorado. Asimismo, sería pertinente explorar el papel de las políticas públicas en el fortalecimiento del vínculo entre educación y comunidades desde la perspectiva de la educación musical.
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1 Escuela de Doctorado. Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir. Email: lm.gonzalez@mail.ucv.es.